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Gratis · elegí una vozEra una vez, en una noche tan oscura que las luciérnagas parecían pequeñas joyas voladoras, una estrella llamada Estelita. Estelita era una estrella joven, llena de energía y curiosidad. Todas las noches, veía a sus hermanas estrellas brillar con calma y elegancia, pero ella soñaba con algo más. Quería ver el mundo de abajo, el mundo que las nubes a veces ocultaban.
Una noche, Estelita no pudo resistirse más. Sintió un impulso irresistible de bajar. "¡Voy a ver la Tierra!", exclamó, y antes de que sus hermanas pudieran siquiera parpadear, se lanzó al vacío. Bajó a toda velocidad, sintiendo el viento estelar en su brillante rostro. ¡Era emocionante! Pero Estelita, en su entusiasmo, no prestó mucha atención a dónde iba.
¡Pum! De repente, sintió un golpe fuerte. Estelita abrió sus estrellados ojos y se dio cuenta de que había chocado contra algo grande, muy grande. Era un árbol, un árbol gigante con ramas que llegaban casi hasta el cielo. El árbol se sacudió un poco por el impacto, y algunas hojas cayeron al suelo.
"¡Ay!", exclamó Estelita, sintiéndose un poco mareada. "¡Lo siento mucho, señor Árbol! No quería molestarte."
El árbol, que se llamaba Don Roble, gruñó un poco. Don Roble era un árbol muy viejo, y no le gustaban las interrupciones. "¡Mira por dónde vas, pequeña estrella!", dijo con voz ronca. "¡Casi me haces caer mis bellotas!"
Estelita se sintió muy avergonzada. "Lo siento mucho", repitió. "Es que quería ver la Tierra y no estaba prestando atención."
Don Roble suspiró. A pesar de su gruñido inicial, tenía un corazón de madera suave. "Bueno, ya estás aquí", dijo. "¿Qué es lo que querías ver?"
Estelita, con una sonrisa, le explicó a Don Roble su curiosidad por el mundo terrenal. Le contó sobre su deseo de ver los ríos, las montañas y los animales.
Don Roble, conmovido por la sinceridad de Estelita, le dijo: "Puedo ayudarte. He visto muchas cosas en mis largos años. Sube a mis ramas y te mostraré el mundo."
Estelita, muy emocionada, ascendió por las fuertes ramas de Don Roble. A medida que subía, pudo ver más y más del paisaje. Vio un río plateado que serpenteaba por el valle, montañas cubiertas de nieve en la distancia y un pequeño pueblo con luces cálidas y acogedoras.
"¡Es hermoso!", exclamó Estelita, con los ojos brillantes. "¡Mucho más de lo que imaginaba!"
Don Roble le mostró también los animales: un zorro astuto que cazaba en el bosque, un conejo juguetón que saltaba entre los arbustos y un búho sabio que observaba todo desde una rama alta.
Estelita pasó horas explorando el mundo desde las ramas de Don Roble. Aprendió sobre la naturaleza, la vida y la importancia de prestar atención a dónde vas.
Pero, a medida que pasaba el tiempo, Estelita comenzó a sentirse un poco débil. Estar lejos del cielo le estaba quitando su brillo. Don Roble notó su cansancio.
"Pequeña estrella", dijo Don Roble con suavidad. "Creo que es hora de que regreses a casa. Tu lugar está en el cielo."
Estelita se sintió triste de irse, pero sabía que Don Roble tenía razón. "Gracias, Don Roble", dijo. "Me has enseñado mucho. Nunca olvidaré esta aventura."
Don Roble sonrió con sus hojas. "Yo tampoco te olvidaré, Estelita. Ahora, vuelve a casa y brilla con fuerza."
Estelita se despidió de Don Roble y, con un último impulso, se elevó hacia el cielo. A medida que ascendía, sintió que su energía volvía. Pronto, estaba brillando tan fuerte como antes.
Desde entonces, Estelita nunca olvidó su aventura en la Tierra. Cada noche, brillaba con un poco más de intensidad, recordando a Don Roble y todo lo que había aprendido. Y Don Roble, cada vez que veía una estrella fugaz, sonreía con sus hojas, sabiendo que Estelita lo estaba visitando desde lejos. Y a veces, cuando el viento soplaba fuerte, parecía que Don Roble le susurraba a las estrellas historias de la Tierra, compartiendo su sabiduría con el cielo nocturno. Estelita siguió brillando, aprendiendo y contando la historia de su aventura, recordándole a todos que incluso las estrellas más brillantes a veces necesitan un pequeño choque para encontrar su camino. Nunca más se estrelló con un árbol, pero siempre recordaría a Don Roble con cariño. Aprendió que la curiosidad es buena, pero la precaución es aún mejor. Y aunque su lugar estaba en el cielo, siempre llevaría un pedacito de la Tierra en su corazón estrellado. Y así, Estelita siguió brillando, iluminando el mundo con su luz y recordando a todos la importancia de la amistad, la aventura y el cuidado por la naturaleza.
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