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Gratis · elegí una vozLa pandemia llegó como un gigante silencioso, llenando el mundo de un extraño silencio. Las escuelas cerraron, los parques se vaciaron, y mi hermano mayor, Mateo, mi hermana pequeña, Sofía, y yo, nos quedamos en casa. Al principio, era como unas largas vacaciones, pero pronto empezamos a sentirnos un poco tristes y aburridos. Echábamos de menos a nuestros amigos, a la abuela que nos contaba cuentos increíbles, y hasta las clases de matemáticas (bueno, quizás no tanto las matemáticas, ¡pero sí a la señorita Elena!).
Un día, mis padres nos dieron una sorpresa. “Tenemos una noticia”, dijo mi mamá con una sonrisa misteriosa. “Hemos estado pensando en algo que nos traiga alegría a todos”. Mi papá asintió. “Y creemos que hemos encontrado la solución”. Mateo, Sofía y yo intercambiamos miradas emocionadas. ¿Sería un viaje a la luna? ¿Una piscina inflable gigante? ¿Un robot que hiciera la tarea por nosotros? (¡Ese sería el sueño de Mateo!).
Entonces, mi papá abrió la puerta y… ¡allí estaba! Una pequeña bola de pelo marrón y blanco, con orejas caídas y una cola que no paraba de moverse. Era una cachorrita, la más adorable que habíamos visto en nuestra vida. “Se llama Estrella”, anunció mi mamá. “Y es parte de nuestra familia ahora”.
Estrella llegó en la pandemia, y con mis hermanos, ¡fuimos inmensamente felices! Desde el primer momento, Estrella llenó nuestra casa de alegría. Sus patitas torpes tropezaban por el pasillo, su ladrido suave nos saludaba cada mañana, y sus lametazos eran el mejor remedio para el aburrimiento. Mateo era el encargado de sacarla a pasear por el jardín (siempre con la supervisión de un adulto, claro), Sofía le enseñaba trucos (sentarse, dar la pata, hacerse la muerta… ¡Estrella era una alumna muy aplicada!), y yo me encargaba de peinar su suave pelaje y contarle secretos al oído.
La pandemia ya no parecía tan terrible. Jugábamos con Estrella en el jardín, inventábamos juegos nuevos cada día, y hasta aprendimos a hacerle juguetes caseros con calcetines viejos y botellas de plástico. Mateo descubrió que Estrella era una excelente jugadora de fútbol (aunque sus dribles eran un poco… impredecibles), Sofía le leía cuentos a Estrella (quien, para ser sincera, parecía preferir mordisquear las páginas), y yo le cantaba canciones (a Estrella le gustaba especialmente una que inventé sobre una ardilla que robaba nueces).
Un día, mientras jugábamos al escondite en el jardín, Estrella desapareció. La buscamos por todas partes, llamándola a gritos. Mateo revisó debajo de los arbustos, Sofía buscó detrás de la casita de juegos, y yo recorrí el huerto. El pánico empezó a apoderarse de nosotros. ¿Se habría escapado? ¿Le habría pasado algo malo?
Finalmente, la encontramos. Estaba acurrucada debajo de un rosal, dormida plácidamente. Al parecer, se había cansado de jugar y se había tomado una siesta. Al verla sana y salva, sentimos un gran alivio. La abrazamos con fuerza, prometiéndole que nunca más la perderíamos de vista.
La pandemia empezó a ceder. Las escuelas volvieron a abrir, los parques se llenaron de gente, y pudimos volver a ver a nuestros amigos y a la abuela. Pero una cosa no cambió: el amor que sentíamos por Estrella. Ella seguía siendo nuestra cachorrita pandémica, la que nos había acompañado en los momentos más difíciles y nos había llenado de alegría el corazón.
Incluso cuando volvimos a la escuela, Estrella nos esperaba ansiosamente en la puerta cada tarde, moviendo la cola con entusiasmo. Sus lametazos de bienvenida eran el mejor final para un largo día de clases. Y por la noche, antes de dormir, siempre nos asegurábamos de darle un abrazo y un beso. Sabíamos que Estrella era más que una mascota; era parte de nuestra familia, nuestra amiga incondicional, nuestra cachorrita pandémica.
Un día, la abuela vino a visitarnos. Llevaba un regalo especial para Estrella: un collar nuevo con una pequeña estrella brillante. “Este collar es para recordarte siempre que Estrella llegó a vuestras vidas en un momento oscuro, pero trajo luz y alegría”, dijo la abuela con una sonrisa. “Ella es vuestra pequeña estrella”.
Y tenía razón. Estrella era nuestra estrella. La cachorrita que llegó en la pandemia y nos enseñó que incluso en los momentos más difíciles, siempre hay espacio para la alegría, el amor y la compañía incondicional. Y aunque la pandemia quedó atrás, el recuerdo de Estrella como nuestra cachorrita pandémica siempre permanecerá en nuestros corazones. Juntos, Mateo, Sofía, yo y Estrella, crecimos y aprendimos a valorar la importancia de la familia, la amistad y el amor incondicional. Y eso, es un regalo que la pandemia, inesperadamente, nos brindó.
Ahora, Estrella ya no es una cachorrita. Es una perra adulta, llena de energía y vitalidad. Sigue jugando con nosotros en el jardín, sigue mordisqueando las páginas de los libros de Sofía (aunque ahora lo hace con más cuidado), y sigue cantando canciones conmigo (bueno, en realidad, ladra al ritmo de la música). Y aunque el mundo ha cambiado mucho desde que llegó la pandemia, una cosa sigue siendo cierta: Estrella sigue siendo nuestra estrella, la que ilumina nuestras vidas con su amor incondicional.
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