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Gratis · elegí una vozPepito y Pepita eran mellizos, casi idénticos, con el pelo como el sol y ojos chispeantes como las estrellas. Su mejor amigo era Federico, un perro salchicha con las patas cortitas y un temperamento... bueno, digamos que a Federico le encantaba explorar. Un sábado por la mañana, los mellizos llevaron a Federico a la Plaza Mayor. La plaza estaba llena de vida: niños jugando, palomas revoloteando, un señor vendiendo globos de colores y una banda tocando música alegre.
"¡Mira, Federico! ¡Globos!", exclamó Pepito, señalando al vendedor. Federico, sin embargo, parecía más interesado en el olor a churros que provenía de un puesto cercano. Pepita ató la correa de Federico a un banco mientras compraban dos churros calientes y azucarados. "Quédate quieto, Federico. Volvemos enseguida", le dijo Pepita.
Pero Federico no tenía ninguna intención de quedarse quieto. El olor a churros era demasiado tentador. Con un tirón decidido, la correa se soltó del banco. ¡Federico era libre! Los mellizos, demasiado absortos en disfrutar sus churros, no se dieron cuenta de que su amigo peludo había escapado.
Cuando finalmente levantaron la vista, el banco estaba vacío. "¿Federico?", llamaron al unísono. El pánico comenzó a apoderarse de ellos. ¿Dónde estaría Federico? Empezaron a buscarlo desesperadamente, corriendo entre la multitud. "¡Federico! ¡Federico!", gritaban, pero solo escuchaban el eco de sus propias voces.
La Plaza Mayor era un laberinto de gente y puestos de mercado. Pepito y Pepita se separaron para cubrir más terreno. Pepito buscó cerca de la fuente, preguntando a los niños si habían visto un perro salchicha con las patas cortitas. Pepita, por su parte, recorrió los puestos de comida, preguntando a los vendedores si habían visto a un perro merodeando por la zona.
"¿Un perro salchicha?", preguntó la señora que vendía flores. "Sí, lo vi hace un rato. Estaba persiguiendo a una paloma cerca del quiosco de música". Pepita corrió hacia el quiosco, con la esperanza de encontrar a Federico allí. Pero cuando llegó, solo encontró palomas, pero ni rastro de Federico.
Mientras tanto, Pepito había preguntado al vendedor de globos. "¿Un perro salchicha? Ah, sí, lo vi corriendo detrás de un niño con un helado", respondió el vendedor. Pepito corrió en la dirección que le indicó el vendedor, con el corazón latiendo con fuerza.
Los mellizos se encontraron de nuevo, frustrados y preocupados. "No lo encuentro por ningún lado", dijo Pepito, con lágrimas en los ojos. "Yo tampoco", respondió Pepita, con la voz temblorosa. Justo cuando estaban a punto de darse por vencidos, escucharon un ladrido familiar.
"¡Guau! ¡Guau!" El ladrido venía de la dirección del puesto de churros. Corrieron hacia allí, y allí estaba Federico, sentado pacientemente frente al puesto, mirando con ojos suplicantes al vendedor. El vendedor se reía a carcajadas. "Este pequeño bribón ha estado aquí todo el tiempo, esperando que le dé un churro", dijo el vendedor, acariciando la cabeza de Federico.
Pepito y Pepita corrieron hacia Federico y lo abrazaron con fuerza. "¡Federico, travieso! ¡Nos has dado un buen susto!", exclamó Pepita. Federico, feliz de verlos, les lamió las caras con entusiasmo. El vendedor de churros, conmovido por la escena, les regaló un churro extra para Federico.
Esa noche, de vuelta en casa, Pepito y Pepita abrazaron a Federico con más fuerza que nunca. Habían aprendido una valiosa lección: siempre debían tener cuidado con Federico y sus aventuras. Y Federico, aunque le encantaba explorar, sabía que no había nada mejor que estar con sus amigos, incluso si eso significaba renunciar a un churro. Desde ese día, siempre ataron la correa de Federico a algo más resistente que un banco, y siempre, siempre, lo vigilaban de cerca en la Plaza Mayor. La Plaza Mayor, después de todo, era mucho más divertida cuando estaban juntos, los tres amigos inseparables.
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