Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozFelipe amaba el básquetbol más que a los caramelos de fresa. Cada día, después de la escuela, corría a la cancha. No era una cancha cualquiera, ¡era la Cancha Mágica! Le llamaban así porque, según los niños del barrio, si cerrabas los ojos y deseabas algo con todas tus fuerzas mientras botabas el balón, ¡ese deseo se hacía realidad! Felipe, por supuesto, no creía mucho en esas historias, pero le gustaba imaginar que era verdad.
Un día, Felipe llegó a la Cancha Mágica y encontró a sus amigos, Sofía y Tomás, jugando. "¡Felipe! ¡Llegas justo!", gritó Sofía, con el balón en sus manos. "Estamos practicando para el torneo del barrio", añadió Tomás, secándose el sudor de la frente.
Felipe se unió al juego de inmediato. Botaba el balón con fuerza, intentando imitar los movimientos que veía en la televisión. Pero hoy, parecía que el balón tenía vida propia. ¡Se le escapaba a cada rato! Primero, rebotó contra su pie y salió rodando hacia la calle. Por suerte, no venía ningún coche. Luego, al intentar un lanzamiento, el balón golpeó el aro y cayó... ¡en la cabeza de Doña Elena, que pasaba por allí con su carrito de flores!
"¡Ay! ¡Mi cabeza!", exclamó Doña Elena, frotándose la coronilla. Felipe se sintió terrible. Corrió a ayudarla a recoger las flores que se habían caído. "Lo siento mucho, Doña Elena. No fue mi intención", dijo Felipe, con la cara roja de vergüenza.
Doña Elena, a pesar del golpe, sonrió. "No te preocupes, Felipe. A todos nos pasa. Pero ten cuidado, ¡ese balón parece estar travieso hoy!", dijo, mientras Felipe la ayudaba a colocar las flores de nuevo en el carrito.
Después de ayudar a Doña Elena, Felipe volvió a la cancha, sintiéndose un poco desanimado. El balón seguía siendo difícil de controlar. Cada vez que intentaba un tiro, fallaba. Cada vez que intentaba un pase, el balón se le escapaba. "¡Qué día!", pensó Felipe, suspirando.
De repente, al intentar un bote, el balón salió disparado hacia arriba, ¡más alto de lo normal! Felipe estiró la mano para alcanzarlo, pero fue inútil. El balón siguió subiendo, subiendo, ¡hasta que desapareció de su vista!
"¡Oh, no! ¡Mi balón!", gritó Felipe, sintiendo un nudo en el estómago. Era su balón favorito, el que le había regalado su abuelo. Lo buscó por todas partes: debajo de los bancos, detrás de los árboles, incluso miró en el techo de la Cancha Mágica, por si acaso. Pero el balón no estaba por ninguna parte.
Felipe se sentó en el banco, con la cabeza gacha. Sofía y Tomás se acercaron para consolarlo. "Lo siento, Felipe. Seguro que aparece", dijo Sofía, dándole una palmada en la espalda. "Sí, a lo mejor alguien lo encontró y te lo devolverá", añadió Tomás.
Pero Felipe no estaba muy convencido. Sabía que era poco probable que recuperara su balón. Estaba a punto de echarse a llorar cuando, de repente, escuchó un ruido extraño. ¡Era un suave golpeteo que venía del cielo!
Felipe levantó la vista y vio algo increíble. ¡Su balón estaba cayendo del cielo! Pero no caía solo. ¡Estaba envuelto en una nube de pequeñas plumas de colores! El balón aterrizó suavemente en sus manos, como si estuviera hecho de algodón.
Felipe miró el balón con asombro. Las plumas se desvanecieron en el aire, dejando tras de sí un suave brillo dorado. Y entonces, Felipe se dio cuenta de algo: ¡el balón era diferente! Tenía una textura suave y cálida, y parecía emitir una pequeña luz.
En ese momento, Felipe recordó la leyenda de la Cancha Mágica. ¿Sería posible que su deseo se hubiera hecho realidad? Él siempre había deseado ser un mejor jugador de básquetbol, pero nunca lo había dicho en voz alta. ¿Podría ser que la Cancha Mágica hubiera escuchado su deseo?
Felipe botó el balón. ¡Era increíble! Se sentía ligero y fácil de controlar. Intentó un lanzamiento y... ¡encestó! Intentó un pase y... ¡llegó perfecto a las manos de Sofía! Felipe sintió una alegría inmensa. ¡Era como si el balón lo entendiera, como si supiera exactamente lo que él quería hacer!
Desde ese día, Felipe se convirtió en un jugador excepcional. Practicaba todos los días en la Cancha Mágica, y cada vez se sorprendía más de las habilidades que había adquirido. Pero lo más importante es que nunca olvidó la lección que había aprendido: que la magia, a veces, se encuentra en los lugares más inesperados, y que los deseos, aunque no se digan en voz alta, pueden hacerse realidad... especialmente si tienes un balón travieso y una Cancha Mágica a tu lado. Y Doña Elena, cada vez que lo veía jugar, sonreía y le guiñaba un ojo, como si supiera el secreto del balón mágico. Felipe ahora siempre tenía mucho cuidado con el balón, pero también sabía que a veces, una pequeña caída puede llevarnos a algo maravilloso.
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