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Fernandog era un perro muy especial. No le gustaban los huesos ni correr tras las ardillas. A Fernandog le encantaba cuidar ovejas. Vivía en una granja verde con muchas, muchas ovejas lanudas. Cada mañana, Fernandog salía corriendo con su collar rojo brillante y las ovejas lo seguían, balando contentas. Fernandog las llevaba al prado más verde, donde la hierba era dulce y el sol calentaba sus lanas.
Un día, algo inusual ocurrió. Mientras Fernandog pastoreaba a sus ovejas, una sombra enorme cubrió el prado. Las ovejas se asustaron y se escondieron detrás de Fernandog, temblando como hojitas. Fernandog ladró valientemente, listo para proteger a su rebaño. De entre los árboles, salió una oveja… ¡pero no era una oveja normal! Era una oveja gigante, ¡mucho más grande que Fernandog e incluso más grande que la casa del granjero!
La oveja gigante tenía una lana aún más blanca y esponjosa que las demás, pero también tenía una mirada triste en sus grandes ojos marrones. Fernandog, a pesar de su valentía inicial, sintió un poco de miedo. Pensó: "¡Esta oveja gigante debe ser mala! ¡Seguro que quiere robarse a mis ovejas!".
La oveja gigante se acercó lentamente, sin decir una palabra. Fernandog ladró de nuevo, con más fuerza esta vez, intentando ahuyentarla. Pero la oveja gigante simplemente se detuvo y bajó la cabeza. Fernandog pudo ver una lágrima rodando por su lanuda mejilla.
Fernandog, que era un perro muy inteligente, se dio cuenta de que algo no estaba bien. Dejó de ladrar y se acercó con cautela a la oveja gigante. La oveja gigante no se movió. Fernandog olió su suave lana. No olía a maldad, olía a… ¡soledad!
"¿Qué te pasa, oveja gigante?", le preguntó Fernandog con voz suave.
La oveja gigante suspiró, un suspiro tan grande que movió la hierba a su alrededor. "Estoy perdida", dijo con una voz muy suave, casi un murmullo. "Me he separado de mi familia y no sé cómo volver a casa".
Fernandog sintió pena por la oveja gigante. Ya no pensaba que era mala, solo que estaba triste y sola. "No te preocupes", le dijo Fernandog. "Te ayudaré a encontrar a tu familia".
Fernandog reunió a sus ovejas y les explicó la situación. Las ovejas, que al principio estaban asustadas, se sintieron conmovidas por la historia de la oveja gigante. Decidieron ayudar.
Fernandog, con la oveja gigante siguiéndolo de cerca, guio a las ovejas a través del prado, hacia el bosque. Buscaron pistas, huellas en la tierra, cualquier cosa que pudiera indicar el camino a casa de la oveja gigante. Las ovejas pequeñas balaban animándola.
Después de caminar durante mucho tiempo, Fernandog olfateó el aire. "¡Huelo ovejas!", exclamó. "¡Creo que estamos cerca!". Corrieron hacia la dirección de donde venía el olor y, de repente, ¡llegaron a un valle escondido!
En el valle, había un rebaño enorme de ovejas gigantes, todas iguales a la oveja gigante perdida. Cuando vieron a la oveja gigante, corrieron a abrazarla, balando de alegría. La oveja gigante también baló con alegría y corrió a reunirse con su familia.
La oveja gigante, ahora feliz y rodeada de su familia, se acercó a Fernandog. "Gracias, Fernandog", le dijo. "Me has salvado. Nunca olvidaré tu amabilidad".
Fernandog movió la cola, contento de haber ayudado. "No hay de qué", dijo. "Siempre estoy feliz de ayudar a un amigo".
La oveja gigante invitó a Fernandog y a sus ovejas a quedarse a jugar en el valle. Pasaron el resto del día corriendo, saltando y comiendo hierba deliciosa. Fernandog hizo muchos nuevos amigos y aprendió que no se puede juzgar a nadie por su tamaño o apariencia. Lo importante es la amabilidad y la amistad.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Fernandog y sus ovejas se despidieron de la familia de ovejas gigantes y regresaron a la granja. Las ovejas estaban cansadas pero felices. Fernandog también estaba cansado, pero sabía que había hecho algo bueno. Había ayudado a una oveja gigante a encontrar su hogar y había aprendido una valiosa lección sobre la amistad.
Esa noche, Fernandog durmió profundamente, soñando con ovejas gigantes, prados verdes y la importancia de ser amable con todos, sin importar su tamaño. Y a partir de ese día, Fernandog siguió cuidando a sus ovejas, pero siempre con un ojo abierto a cualquier oveja gigante que pudiera necesitar su ayuda.
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