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Gratis · elegí una vozFrancisca amaba la escuela, especialmente la hora de dibujar con crayones. Le encantaba llenar el papel con arcoíris brillantes y soles sonrientes. Pero a veces, la escuela no era tan brillante como sus dibujos. Emiliano, un chico dos años mayor, siempre encontraba una manera de hacerla sentir mal.
"¡Mira, ahí viene la sombra!" gritaba Emiliano, señalando la piel morena de Francisca. Sus amigos se reían, y Francisca sentía que su corazón se encogía. Ella no entendía por qué Emiliano era tan cruel. Su abuela siempre le decía que su piel era del color de la tierra fértil, de donde crecen las flores más hermosas. Pero en la escuela, solo escuchaba comentarios hirientes.
Un día, la maestra, la Señora Elena, anunció un proyecto especial: crear un jardín comunitario en el patio de la escuela. A Francisca se le iluminaron los ojos. ¡Le encantaba la jardinería! Su abuela tenía un jardín lleno de flores de todos los colores, y Francisca siempre la ayudaba a cuidarlas.
Emiliano, al escuchar el anuncio, torció la nariz. "¡Qué aburrido! Prefiero jugar fútbol."
La Señora Elena organizó a los niños en grupos. Francisca quedó en el grupo de Sofía, Carlos y… ¡Emiliano! Francisca sintió un nudo en el estómago. ¿Cómo iba a trabajar con él si siempre la hacía sentir mal?
El primer día, el grupo tuvo que limpiar el terreno. Sofía y Carlos trabajaron duro, removiendo piedras y maleza. Francisca también se esforzó, pero Emiliano solo se sentó a mirar. "¡Apúrate, sombra!" le gritó a Francisca. "A este paso, nunca terminaremos."
Francisca sintió las lágrimas picarle en los ojos. Sofía, notando su tristeza, se acercó a ella. "No le hagas caso, Francisca. Él solo quiere llamar la atención. Trabajemos juntas, ¿sí?"
Juntas, Sofía y Francisca limpiaron una gran parte del terreno. Carlos también las ayudó. Emiliano, al ver que los demás trabajaban duro, finalmente se levantó y comenzó a remover algunas piedras, aunque de mala gana.
Al día siguiente, la Señora Elena les enseñó a plantar semillas. Les explicó que cada semilla necesitaba cuidado y atención para crecer fuerte y saludable. Francisca recordó las palabras de su abuela sobre la tierra fértil y su piel. Pensó que quizás, al cuidar las plantas, Emiliano entendería que la diferencia no es algo malo, sino algo hermoso.
Francisca plantó semillas de girasol, caléndula y amapola. Emiliano, a regañadientes, plantó semillas de zanahoria. No parecía muy interesado, pero Francisca notó que, en secreto, observaba cómo ella cuidaba las plantas.
Durante las siguientes semanas, el grupo trabajó en el jardín. Francisca regaba las plantas con cuidado, Sofía las protegía del sol, y Carlos las desmalezaba. Emiliano, poco a poco, comenzó a participar más. Incluso empezó a preguntarle a Francisca sobre las flores.
Un día, Emiliano le preguntó a Francisca: "¿Por qué te gustan tanto las flores?"
Francisca sonrió. "Porque cada flor es diferente, pero todas son hermosas. Algunas son rojas, otras amarillas, otras azules. Todas tienen su propia belleza especial."
Emiliano se quedó pensando en sus palabras. Miró a Francisca a los ojos y dijo: "Tu piel también es diferente… es como la tierra de la que crecen las flores."
Francisca se sorprendió. No esperaba escuchar eso de Emiliano. Sintió que su corazón se llenaba de alegría. "Gracias, Emiliano," dijo ella.
Con el tiempo, el jardín comunitario floreció. Los girasoles crecieron altos y fuertes, las caléndulas brillaron como el sol, y las amapolas bailaron con el viento. El jardín se convirtió en un lugar de alegría y amistad para todos los niños de la escuela. Incluso Emiliano, que al principio no quería participar, ahora era uno de los más entusiastas.
Un día, mientras Francisca y Emiliano regaban las plantas juntos, Emiliano se disculpó. "Lo siento, Francisca, por ser malo contigo. No debí juzgarte por tu color de piel."
Francisca lo perdonó de inmediato. "Todos cometemos errores, Emiliano. Lo importante es aprender de ellos."
Desde ese día, Francisca y Emiliano se convirtieron en buenos amigos. Aprendieron a valorar sus diferencias y a celebrar la belleza de la diversidad, como en el jardín de los colores, donde cada flor era única y especial. Y Francisca, la niña de la piel color tierra fértil, finalmente encontró su lugar brillante en la escuela, rodeada de amigos y flores de todos los colores.
La Señora Elena, observando el jardín floreciente y la amistad entre Francisca y Emiliano, sonrió. Sabía que el jardín no solo había cultivado flores, sino también corazones llenos de bondad y respeto.
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