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Gratis · elegí una vozMi nombre es Frank Rojas Tapia, tengo 11 años. Mi papá se llama Vitaliano Rojas Ramírez y mi mamá se llama Dora Tapia Meza. Vivo en Satipo, en un pueblito chiquito y hermoso que se llama Santa Irene. En Santa Irene, la vida es tranquila y llena de aventuras. Me gusta mucho jugar al fútbol, ¡es mi pasión! Pero lo que más me gusta en el mundo, después del fútbol, es mi perro. Se llama Capibara, aunque no es una capibara de verdad. Es un perro mestizo, con el pelo un poco largo y las orejas caídas. Lo llamé así porque es grande y le gusta nadar en el río que pasa cerca de mi casa.
Un día, mientras jugábamos fútbol en la plaza del pueblo, Capibara encontró algo extraño. Estaba escarbando con sus patas en la tierra, cerca de un viejo árbol de mango. Al principio pensé que estaba buscando un hueso, pero luego vi que había sacado una pequeña caja de madera. La caja estaba vieja y polvorienta, pero se podía ver que había sido decorada con mucho cuidado.
"¡Mira, Frank!" ladró Capibara, moviendo la cola con entusiasmo. Bueno, en realidad no ladró eso, pero así lo entendí yo. Tomé la caja y la abrí con cuidado. Adentro, había un mapa enrollado y una carta.
La carta estaba escrita con una letra elegante y decía:
*A quien encuentre este mapa:*
*He escondido un tesoro en Santa Irene. Este mapa los guiará hasta él. Busquen donde el sol besa la piedra dormida, donde el río canta una melodía secreta, y donde el árbol más viejo cuenta historias al viento. El tesoro no es oro ni joyas, sino algo mucho más valioso.*
*Buena suerte en su búsqueda.*
*Atentamente,
Un Amigo de Santa Irene*
¡Un tesoro! ¡En Santa Irene! Capibara y yo nos miramos con los ojos brillando de emoción. Desenrollamos el mapa. Era un dibujo a mano alzada del pueblo y sus alrededores. Marcaba algunos lugares importantes, como el río, el árbol de mango donde encontramos la caja, y una gran piedra en la cima de una colina.
"¡Vamos, Capibara! ¡Tenemos que encontrar ese tesoro!" exclamé.
Capibara ladró emocionado y corrió hacia la colina. Seguimos el mapa con cuidado. Primero, fuimos al río. Buscamos un lugar donde el río cantara una melodía secreta. Después de un rato, encontramos una pequeña cascada donde el agua caía sobre unas rocas, creando un sonido muy especial. El mapa tenía un dibujo de esa cascada, ¡así que estábamos en el camino correcto!
Luego, fuimos al árbol más viejo del pueblo. Era un ceibo gigante, con ramas gruesas y llenas de hojas. El mapa decía que el árbol contaba historias al viento. Nos sentamos bajo su sombra y escuchamos el viento susurrar entre las hojas. Parecía que el árbol nos estaba contando secretos antiguos.
Finalmente, llegamos a la colina donde estaba la gran piedra. El sol estaba empezando a ponerse, y sus rayos dorados iluminaban la piedra, como si la estuviera besando. ¡Era el lugar que indicaba la carta! Buscamos alrededor de la piedra, pero no encontramos nada. Estábamos un poco decepcionados.
De repente, Capibara empezó a escarbar al pie de la piedra. Cavó y cavó, hasta que sacó algo de la tierra. Era una pequeña caja de madera, igual a la que habíamos encontrado en la plaza.
La abrimos con cuidado. Adentro, no había oro ni joyas. Había un libro. Un libro lleno de historias de Santa Irene. Historias de la gente que había vivido allí antes, historias de sus aventuras, sus sueños y sus esperanzas.
Entendimos entonces lo que quería decir la carta. El tesoro no era algo material, sino la historia de nuestro pueblo. Las historias de nuestros antepasados. Un tesoro que podíamos compartir con todos.
Regresamos a Santa Irene con el libro. Lo llevamos a la biblioteca del pueblo y lo compartimos con todos los niños. Leímos las historias juntos, aprendimos sobre nuestro pasado y nos sentimos aún más orgullosos de ser de Santa Irene.
Capibara y yo seguimos jugando al fútbol y explorando nuestro pueblo. Pero ahora, también nos dedicábamos a buscar más historias de Santa Irene. Porque sabíamos que el verdadero tesoro estaba en el corazón de nuestra gente y en la memoria de nuestro pueblo. Y gracias a Capibara y a un viejo mapa, habíamos encontrado el tesoro más valioso de todos.
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