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Gratis · elegí una vozEstela tenía ocho años y un secreto muy grande: ¡Odiaba a los amigos de Elena! Elena, su hermana mayor, con sus doce años, era la persona que más quería en el mundo, pero sus amigos… ¡ay, sus amigos! Eran como un enjambre de mosquitos zumbando alrededor de su oreja, ¡insoportables!
Se llamaban Marcos, Sofía y Dani, y cada vez que venían a casa, la paz de Estela se esfumaba. Marcos era el rey de las bromas tontas, Sofía hablaba sin parar sobre chicos y maquillaje, y Dani… bueno, Dani simplemente se reía de todo, ¡incluso de las cosas que no eran graciosas!
Un día, mientras Elena y sus amigos jugaban a un juego ruidoso en el salón, Estela se refugió en su habitación. Su habitación era su santuario, llena de libros, dibujos y su colección de piedras brillantes. Se sentó en su alfombra favorita, un círculo suave y peludo, y suspiró. ¡Ojalá Elena se diera cuenta de lo pesados que eran sus amigos!
De repente, una idea brillante iluminó su rostro. ¡Tenía un plan! Un plan para ahuyentar a los “bichos raros”, como los llamaba en secreto. Recordó una vieja leyenda que su abuela le había contado sobre un duende travieso que odiaba el ruido y las bromas. Según la leyenda, el duende se escondía en el jardín y solo salía cuando todo estaba en silencio y paz.
Estela decidió fingir que había visto al duende. Sabía que Elena y sus amigos eran muy curiosos y les encantaban las historias de fantasmas. Con un poco de suerte, se asustarían y dejarían de hacer tanto ruido.
Al día siguiente, cuando Marcos, Sofía y Dani llegaron, Estela esperó el momento oportuno. Mientras jugaban a las cartas, Estela se acercó a Elena con los ojos muy abiertos y una voz temblorosa.
"Elena, Elena… ¡He visto algo en el jardín!" susurró.
Elena, siempre protectora con su hermana, se preocupó al instante. "¿Qué has visto, Estela? ¿Estás bien?"
Estela respiró hondo y continuó su actuación. "Era… era un duende. ¡Un duende muy pequeño y con un sombrero puntiagudo! Estaba escondido detrás del rosal."
Marcos, Sofía y Dani dejaron caer las cartas y miraron a Estela con incredulidad. A pesar de su escepticismo adolescente, la historia de Estela les intrigó. Marcos, siempre el primero en desafiar, se burló.
"¡Un duende! ¡Qué tontería, Estela! Seguro que era una ardilla."
Pero Estela insistió. "¡No, no era una ardilla! Era un duende de verdad. Y mi abuela me dijo que los duendes odian el ruido y las bromas. Si hacemos mucho ruido, se enfadará y nos traerá mala suerte."
La semilla de la duda estaba plantada. Sofía, siempre la más supersticiosa, se puso pálida. "¡Ay, no! No quiero mala suerte. Deberíamos hablar más bajo."
Dani, aunque seguía riéndose, bajó un poco el tono de su voz. Incluso Marcos pareció pensárselo dos veces antes de contar otro chiste tonto.
El plan de Estela estaba funcionando. Los amigos de Elena, temerosos de despertar la ira del duende, se comportaron de manera mucho más tranquila y respetuosa. Incluso se ofrecieron a ayudar a Estela a buscar al duende en el jardín, con la esperanza secreta de no encontrarlo.
Durante el resto de la tarde, Estela disfrutó de un ambiente mucho más tranquilo y agradable. Elena y sus amigos jugaron a juegos de mesa silenciosos y leyeron libros en voz baja. Incluso Sofía le preguntó a Estela sobre su colección de piedras brillantes y le enseñó algunos trucos de magia sencillos.
Al final del día, cuando los amigos de Elena se fueron, Elena abrazó a Estela con cariño. "Gracias por contarnos lo del duende, Estela. Fue muy divertido buscarlo contigo."
Estela sonrió. No le confesaría a Elena que todo había sido una invención. Pero sabía que su pequeño secreto había logrado algo maravilloso: había transformado a los “bichos raros” en personas mucho más agradables. Y quizás, solo quizás, los duendes existían de verdad, escondidos en el jardín, protegiendo la paz y la tranquilidad de los niños que creían en la magia.
Desde ese día, cada vez que los amigos de Elena visitaban, Estela se encargaba de recordarles la leyenda del duende travieso. Y, para su sorpresa, los “bichos raros” siempre se comportaban de la mejor manera. Estela había encontrado la forma perfecta de convivir con ellos, no con magia real, sino con la magia de la imaginación y un poco de astucia.
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