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Gratis · elegí una vozMi mascota se llama Fulgencio, y no es un perro o un gato cualquiera. ¡Es un dragón! Un dragón volador, para ser exactos. Tiene escamas verde esmeralda que brillan bajo el sol y unas alas enormes que hacen "¡woosh!" cuando las bate. Y sí, también sopla fuego por la boca. Al principio, eso era un poco...problemático. Imagínate intentar hornear galletas y que, de repente, ¡POOF! La cocina se llena de humo y las galletas se convierten en carbón. Pero aprendimos a controlarlo. Ahora, Fulgencio solo usa su aliento de fuego para encender la chimenea en invierno (y para asar malvaviscos, ¡claro!).
Cuando Fulgencio era un bebé, era del tamaño de un gatito. ¡Era adorable! Tenía unos ojitos grandes y redondos, y un pequeño cuerno que apenas se notaba. En esa época, jugábamos mucho al fútbol. El era portero. ¡Y era el mejor portero del mundo! Su gran cola era como un muro impenetrable. Intentaba marcarle goles, pero era casi imposible. La cola de Fulgencio se movía rapidísimo, bloqueando cada balón con un "¡plof!" satisfactorio.
Un día, los niños del barrio nos vieron jugando. Al principio, estaban asustados. Gritaban y corrían en todas direcciones. Pero Fulgencio, que es un dragón muy simpático, les sonrió (bueno, sonrió a su manera, mostrando todos sus dientes) y les ofreció jugar. Al principio, nadie se atrevió a acercarse. Pero luego, un niño llamado Tomás, que siempre ha sido muy valiente, se acercó tímidamente y le pateó el balón. Fulgencio, con su reflejo de campeón, lo paró con la cola. ¡Los niños estallaron en risas!
A partir de ese día, Fulgencio se convirtió en la estrella del barrio. Todos los días, después de la escuela, los niños se reunían en el parque para jugar al fútbol con el dragón. Fulgencio era un portero increíble. No solo paraba los balones con la cola, sino que también los atrapaba con las garras (con mucho cuidado, por supuesto, para no pincharlos). A veces, cuando el partido se ponía muy emocionante, Fulgencio echaba una pequeña bocanada de humo (¡no fuego, solo humo!) para animar a su equipo. Los niños gritaban y reían, y el parque se llenaba de alegría.
Pero un día, llegó un equipo de fútbol muy famoso a nuestro barrio. Se llamaban "Los Relámpagos". Eran muy buenos, y siempre ganaban todos los partidos. Cuando vieron a Fulgencio jugando al fútbol, se burlaron de él. "¡Ja, ja, ja! ¡Un dragón jugando al fútbol! ¡Qué ridículo!" dijeron. Fulgencio se puso muy triste. Sus escamas perdieron un poco de brillo, y su cola se arrastró por el suelo.
Los niños del barrio se enfadaron mucho. "¡Fulgencio es el mejor portero del mundo!" gritó Tomás. "¡Os vamos a demostrar lo bueno que es!" retó Sofía. Así que decidieron organizar un partido entre el equipo de Fulgencio y "Los Relámpagos".
El día del partido, todo el barrio estaba allí para animar a Fulgencio. Había pancartas, banderas y un montón de gente gritando "¡Fulgencio! ¡Fulgencio!". Los Relámpagos, por supuesto, estaban muy seguros de sí mismos. Se reían y hacían bromas. Pero cuando empezó el partido, se dieron cuenta de que Fulgencio era mucho mejor de lo que pensaban.
Fulgencio paraba todos los balones. Era como un muro impenetrable. Su cola se movía rapidísimo, bloqueando cada tiro con precisión. Los Relámpagos estaban frustrados. Intentaban marcarle goles de todas las formas posibles, pero era inútil. Fulgencio era invencible.
En el último minuto del partido, el marcador estaba empatado a cero. Los Relámpagos tuvieron una última oportunidad. Su mejor jugador, un chico llamado Carlos, se preparó para tirar un penalti. Carlos era famoso por sus tiros potentes e imparables. Todos contenían la respiración.
Carlos corrió hacia el balón y le dio una patada con todas sus fuerzas. El balón salió disparado hacia la portería de Fulgencio. Parecía que iba a ser un gol seguro. Pero Fulgencio, con una velocidad increíble, extendió su cola y... ¡PLOF! Paró el balón. ¡El barrio entero estalló en júbilo! ¡Fulgencio había salvado el partido!
Los Relámpagos se quedaron boquiabiertos. No podían creer lo que acababa de pasar. Se acercaron a Fulgencio y le dieron la mano. "Eres un portero increíble," dijo Carlos. "Nunca habíamos visto nada igual." Fulgencio sonrió (mostrando todos sus dientes, por supuesto) y les dio las gracias.
A partir de ese día, Los Relámpagos se convirtieron en grandes amigos de Fulgencio. Aprendieron que no hay que juzgar a nadie por su apariencia, y que incluso un dragón puede ser un gran jugador de fútbol. Y Fulgencio, bueno, Fulgencio siguió siendo la estrella del barrio, el dragón futbolista que sopla fuego (solo un poquito) y que tiene una cola que es como un muro impenetrable.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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