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Gratis · elegí una vozGabri era un niño afortunado. Tenía una abuela llamada Isabelmari que lo adoraba. Isabelmari era experta en abrazos suaves, besos ruidosos y, sobre todo, en consentir a Gabri con todo lo que su pequeño corazón deseara. Sus padres, aunque cariñosos, eran más estrictos, especialmente con las chuches.
Un día, sus padres le dieron una gran sorpresa: ¡un caballo! Lo llamaron Matusalén, un nombre largo y divertido que a Gabri le encantaba. A Gabri le encantaba montar a Matusalén por los campos verdes cerca de su casa. Sentía el viento en su pelo y la fuerza del caballo bajo él. Era una sensación maravillosa.
Pero, a pesar de la emoción de Matusalén, había otra cosa que a Gabri le gustaba aún más: las chuches. Gabri sabía que sus padres no eran muy partidarios de que comiera muchas. Decían que le saldrían caries y que no era bueno para su salud. Pero el abuelo Juan era otra historia. Cada vez que el abuelo Juan aparecía, una bolsa llena de caramelos y gominolas le seguía de cerca. Gabri decía que cuando el abuelo Juan le compraba chuches, se relajaba y sentía una alegría inmensa.
Su hermana Isa era su mejor amiga y protectora. Isa siempre cuidaba de Gabri, asegurándose de que no se metiera en demasiados problemas (especialmente con las chuches). Juntos, esperaban con ansias el verano, cuando se iban a pasar las vacaciones a casa de sus abuelos. La casa de la abuela Isabelmari y el abuelo Juan era un paraíso de juegos, risas y, por supuesto, ¡un poco de indulgencia!
En casa de los abuelos, las mañanas comenzaban con el canto de los pájaros y el olor a tortitas recién hechas por la abuela Isabelmari. Después del desayuno, los abuelos los llevaban al parque, donde se columpiaban, se deslizaban por el tobogán y jugaban al escondite hasta que se cansaban. Por la tarde, después de una buena merienda (a veces con alguna chuche escondida), tocaba hacer los deberes. La abuela Isabelmari siempre se sentaba con ellos, ayudándolos con las tareas y asegurándose de que entendieran todo.
Un día, mientras estaban en casa de los abuelos, Gabri encontró un mapa viejo y arrugado en el ático. El mapa parecía indicar la ubicación de un tesoro escondido en el jardín. Gabri e Isa se emocionaron mucho y decidieron seguir el mapa para encontrar el tesoro. Pasaron horas cavando y buscando por todo el jardín, siguiendo las pistas del mapa. Finalmente, llegaron al lugar indicado: debajo de un gran roble.
Con mucho cuidado, comenzaron a cavar. Después de un rato, encontraron una pequeña caja de madera. Con las manos temblorosas, abrieron la caja. ¡Dentro había un montón de monedas de chocolate! Gabri e Isa gritaron de alegría. Habían encontrado el tesoro. La abuela Isabelmari y el abuelo Juan salieron al jardín al oír los gritos y se rieron al ver a los niños cubiertos de tierra y con las monedas de chocolate en las manos.
"¡Lo encontramos, abuela! ¡Encontramos el tesoro!" gritó Gabri, con la cara llena de chocolate.
La abuela Isabelmari sonrió. "Sabía que lo encontrarían. Siempre he sabido que son unos aventureros."
Esa noche, después de cenar, Gabri e Isa se sentaron en el porche con sus abuelos. Contaron la historia de su aventura y compartieron sus monedas de chocolate con ellos. Gabri, recordando las palabras de sus padres sobre las caries, decidió compartir solo una moneda y guardar las demás para otro día.
"Abuela Isabelmari," dijo Gabri, "¿por qué siempre nos consientes tanto?"
La abuela Isabelmari lo abrazó fuerte. "Porque los quiero mucho, mis niños. Y quiero que sean felices. Pero también quiero que sean responsables y cuiden de su salud."
Gabri sonrió. Sabía que su abuela lo quería mucho y que siempre estaría ahí para él. Y aunque le encantaban las chuches, también sabía que sus padres tenían razón y que debía cuidarse los dientes.
El verano pasó volando. Pronto llegó el momento de volver a casa. Gabri e Isa se despidieron de sus abuelos con un abrazo apretado. Prometieron volver el próximo verano para vivir más aventuras y, por supuesto, comer algunas chuches (con moderación).
De vuelta en casa, Gabri siguió montando a Matusalén y jugando con Isa. Aprendió a disfrutar de las cosas buenas de la vida, sin olvidar la importancia de cuidarse y ser responsable. Y aunque a veces echaba de menos las chuches de la abuela Isabelmari, sabía que siempre las tendría en su corazón, junto con el amor y el cariño de su familia. Aprendió el secreto de las chuches de la Abuela Isabelmari: que el amor y la felicidad son los verdaderos tesoros, y que se pueden disfrutar con moderación, al igual que un dulce delicioso.
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