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Gratis · elegí una vozHabía una vez, un gato llamado Gabriel. Él era un gato malvado y despiadado, que hacía lo que sea por conseguir lo que él quisiera. Su pelaje era negro como la noche, y sus ojos brillaban con una malicia que asustaba a las palomas del tejado. En la casa en la que él vivía, había un grupo de ratoncitos, que salían por la noche en busca de comida. Eran una familia numerosa, con colas largas y bigotes curiosos. Siempre andaban con cuidado, pero el olor a queso era demasiado tentador para resistirse. Gabriel sabía que ellos hacían esto, así que se quedaba despierto con el fin de cazarlos y comerlos, pero nunca lo lograba. Los ratones eran rápidos y ágiles, y siempre encontraban la manera de escabullirse entre las sombras. Gabriel, frustrado, terminaba la noche con el estómago vacío y un humor de perros.
Un día, Gabriel, mientras rascaba su barriga en la comodidad de su cama, pensó en cambiar de plan para cazar a los ratones. "¡Basta de persecuciones inútiles!", pensó. "Necesito ser más astuto". Después de pensar durante mucho tiempo, decidió hacerse amigo de los ratones y luego irlos comiendo uno por uno. Era un plan maquiavélico, pero Gabriel estaba convencido de que funcionaría. Se imaginaba a los ratones confiados, compartiendo secretos y luego... ¡zas! El almuerzo perfecto.
Cuando llegó la noche, Gabriel esperó a los ratones, pero esta vez no los atacó, sino que empezó a hablar con ellos. "¡Hola, pequeños amigos!", saludó con una voz suave y melosa, muy diferente a su habitual gruñido. Los ratones se asombraron y decidieron también hablar con él. El ratón más valiente, un joven llamado Remigio, se acercó con cautela. "¿Quién eres tú?", preguntó Remigio, con los ojos entrecerrados por la sospecha. "Soy Gabriel, su nuevo amigo", respondió el gato, con una sonrisa que parecía un poco forzada. El plan de Gabriel había funcionado a la perfección y los ratones empezaron a tener confianza con él, le revelaron su escondite y cuántos eran. Le contaron que vivían en un agujero detrás de la despensa y que eran doce hermanos, cada uno con su propia personalidad. Gabriel escuchaba atentamente, memorizando cada detalle.
Los días siguientes, Gabriel se dedicó a ganarse la confianza de los ratones. Les contaba historias divertidas, les ofrecía migas de pan y hasta les dejaba jugar con su cola. Los ratones, cada vez más confiados, lo veían como un amigo verdadero. Remigio, el ratón más inteligente, empezó a dudar un poco, pero los demás lo convencieron de que Gabriel había cambiado. "¡Ya no es un gato malvado!", decían. "¡Ahora es nuestro amigo!"
Un día, Gabriel estaba muy hambriento y sus amigos los ratones estaban durmiendo. La tentación era demasiado grande. Sin pensarlo dos veces, Gabriel los guardó a todos en una caja y empezó a comerlos uno por uno hasta quedar saciado. No sintió ni un poco de remordimiento. Después de todo, él era un gato malvado y despiadado, y los ratones habían sido muy ingenuos.
Pero la historia no termina aquí. Uno de los ratones, una ratoncita llamada Rosalía, logró escapar de la caja. Estaba aterrorizada y con el corazón roto. Corrió a esconderse y juró vengarse de Gabriel. Rosalía era pequeña, pero muy inteligente. Pasó días planeando su venganza. Sabía que no podía enfrentarse a Gabriel sola, así que buscó ayuda. Encontró a un grupo de ardillas valientes y astutas que vivían en el jardín. Les contó su historia y les pidió que la ayudaran a derrotar al gato malvado.
Las ardillas aceptaron ayudar a Rosalía. Juntos, idearon un plan ingenioso. Una noche, mientras Gabriel dormía plácidamente, las ardillas y Rosalía entraron sigilosamente a la casa. Las ardillas comenzaron a roer los muebles y a hacer mucho ruido para despertar a Gabriel. El gato, enfurecido, salió corriendo para atraparlas. Rosalía, aprovechando la distracción, roció la comida de Gabriel con un polvo picante que había preparado con chiles de la huerta.
Cuando Gabriel regresó, hambriento después de perseguir a las ardillas, se comió su comida sin sospechar nada. ¡Ay! ¡Qué terrible ardor! Gabriel sintió que su boca se incendiaba. Corrió desesperado a buscar agua, pero no encontraba nada. El ardor era insoportable. Finalmente, aprendió su lección. Un buen susto se llevó Gabriel.
Desde ese día, Gabriel nunca más intentó engañar a nadie. Aprendió que la maldad no conduce a nada bueno y que la amistad verdadera es mucho más valiosa que cualquier comida. Se convirtió en un gato más amable y respetuoso, y hasta se hizo amigo de las ardillas y de Rosalía, la ratoncita valiente. Y así, Gabriel, el gato embustero, aprendió una valiosa lección sobre la amistad y la honestidad.
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