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Gratis · elegí una vozGabriella era una niña curiosa, con el pelo como rayos de sol y ojos del color del cielo después de la lluvia. Un día, mientras exploraba el ático polvoriento de su abuela, encontró un extraño libro. No tenía título ni dibujos, solo páginas y páginas llenas de palabras que parecían moverse y cambiar. Al abrirlo, sintió un cosquilleo en la nariz y un remolino en el estómago. ¡De pronto, se encontró en un lugar completamente diferente!
Era un mundo donde los días no tenían fin. El sol siempre brillaba, los pájaros cantaban la misma melodía una y otra vez, y las flores nunca se marchitaban. Al principio, Gabriella se sintió maravillada. ¡Podía jugar para siempre, comer helado sin parar y leer todos los libros que quisiera! Conoció a niños que nunca crecían y animales que nunca envejecían. Jugaban al escondite en bosques eternos y construían castillos de arena en playas infinitas.
Pero pronto, la novedad empezó a desvanecerse. Los juegos se volvieron repetitivos, el helado empalagoso y los libros… bueno, ya los había leído todos. Los niños reían, pero sus risas sonaban huecas. Los animales jugaban, pero sus juegos parecían forzados. Gabriella sintió un vacío en el pecho. Extrañaba el cambio, la sorpresa, la emoción de lo nuevo. Extrañaba ver las hojas cambiar de color en otoño, sentir el frío del invierno y esperar la primavera.
Un día, sentada junto a un río que fluía sin cesar, conoció a un anciano con una barba larga y blanca. Se llamaba Tiempo. “Veo que estás triste, pequeña Gabriella,” dijo Tiempo con una voz suave como el susurro del viento. “Este es el mundo de la Eternidad, donde nada cambia. Pero la verdadera belleza reside en el cambio, en el fluir constante de la vida.”
Gabriella le contó sobre su anhelo por las estaciones, por las sorpresas, por el sabor agridulce de la despedida. Tiempo sonrió. “Para regresar a tu mundo, debes encontrar la Semilla del Cambio. Está escondida en el lugar más preciado de este mundo, pero solo la encontrarás si dejas atrás algo que valoras.”
Gabriella pensó. ¿Qué valoraba ella en ese mundo sin fin? Al principio, pensó en los amigos que había hecho, en los juegos que había jugado. Pero se dio cuenta de que lo que más valoraba era la ilusión de que todo podría ser nuevo para siempre. Decidió abandonar esa ilusión.
Recordó un pequeño colibrí azul que siempre la seguía, ofreciéndole las flores más hermosas. Se acercó al colibrí y le dijo: “Pequeño amigo, ya no necesito que me ofrezcas flores. Necesito que encuentres tu propio camino, que experimentes el cambio y la transformación. Vuela, pequeño amigo, y vive tu propia aventura.”
Al instante, el colibrí se transformó en una pequeña semilla brillante. ¡Era la Semilla del Cambio! Tiempo tomó la semilla y la colocó en la mano de Gabriella. “Ahora, cierra los ojos y piensa en el lugar al que deseas regresar. Piensa en todo lo que amas de tu mundo, en las personas que extrañas y en las aventuras que te esperan.”
Gabriella cerró los ojos con fuerza y pensó en su familia, en su perro Max, en su jardín lleno de flores que cambiaban con las estaciones. Pensó en el sabor de las galletas recién horneadas de su abuela y en el sonido de la lluvia golpeando el tejado.
Cuando abrió los ojos, estaba de vuelta en el ático polvoriento. El libro extraño seguía en sus manos, pero ahora tenía una pequeña semilla pegada a una de las páginas. La plantó en una maceta y la regó con cuidado. Al día siguiente, un pequeño brote verde asomó de la tierra.
Gabriella aprendió que la verdadera felicidad no reside en la eternidad, sino en el cambio, en el crecimiento y en la aceptación del fluir constante de la vida. Y cada vez que veía la planta crecer, recordaba su aventura en el mundo de los días sin fin y agradecía el regalo del cambio.
Un día, la planta floreció. Era una flor nunca antes vista, con pétalos de todos los colores del arcoíris. Gabriella la llamó "La Flor del Tiempo", y su abuela, al verla, sonrió con una sabiduría ancestral, como si supiera todo sobre las aventuras de su nieta. Gabriella siguió explorando el mundo, siempre abierta a nuevas experiencias y consciente de que el cambio, aunque a veces asustara, era el ingrediente secreto de la felicidad. Y cada vez que se sentía un poco perdida, miraba la Flor del Tiempo y recordaba que la aventura, la verdadera aventura, siempre está por comenzar.
La flor, con el tiempo, esparció sus semillas por todo el jardín, llenándolo de colores vibrantes y de la promesa constante de un nuevo amanecer. Gabriella, al ver su jardín florecer, entendió que la eternidad no es la ausencia de cambio, sino la capacidad de encontrar belleza y alegría en cada nueva etapa de la vida.
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