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Gratis · elegí una vozMi nombre es Gina. Vivo en la provincia de Mendoza, República Argentina. Tengo 11 años, mido un metro cincuenta y cinco, uso lentes, soy blanca, tengo ojos marrones y el pelo castaño. Voy a la escuela San Vicente Ferrer que está al frente de la plaza Godoy Cruz. Todos los días, al salir de la escuela, cruzo la plaza para tomar el colectivo que me lleva a casa. Me encanta observar a la gente: los ancianos jugando al ajedrez, los niños corriendo alrededor de la fuente, las parejas tomadas de la mano bajo los árboles frondosos. La plaza es como un pequeño mundo dentro de mi ciudad.
Hoy, sin embargo, algo era diferente. Al salir de la escuela, noté que la plaza estaba extrañamente silenciosa. Los niños no corrían, los ancianos no jugaban al ajedrez y las parejas parecían haberse escondido del sol. Un vendedor de helados, Don Alberto, que siempre está sonriendo y contando chistes, estaba sentado en su carrito con una expresión preocupada. Me acerqué a él, curiosa. "¿Qué pasa, Don Alberto? ¿Por qué está todo tan callado hoy?" le pregunté. Él suspiró y señaló con la cabeza hacia el centro de la plaza. "Se ha perdido el gato del señor Gómez, Gina. Ese gato es su mejor amigo, su compañero. El pobre hombre está desconsolado." El señor Gómez, el zapatero que tiene su taller a la vuelta de la plaza, es un hombre muy amable y siempre tiene una sonrisa para todos. No podía imaginarlo triste. Sentí una punzada de empatía. Tenía que hacer algo.
"¡Lo encontraremos, Don Alberto!" exclamé, llena de determinación. "Voy a buscarlo ahora mismo." Don Alberto me miró con incredulidad. "Gina, eres muy amable, pero ese gato es muy escurridizo. Nadie lo ha visto desde esta mañana." Pero yo ya estaba decidida. Con mis lentes bien puestos y mi mochila colgando de un hombro, me adentré en la plaza. Empecé a buscar debajo de los bancos, detrás de los árboles, alrededor de la fuente. Llamé al gato por su nombre, que había escuchado varias veces: "¡Bigotes! ¡Bigotes! ¿Dónde estás?" Pero solo el viento me respondía. La plaza parecía enorme y llena de escondites. Empecé a sentirme un poco desanimada. Quizás Don Alberto tenía razón, quizás era imposible encontrar a Bigotes. Pero entonces, escuché un pequeño maullido proveniente de un lugar inesperado: ¡el interior de la estatua del General Godoy Cruz!
Me acerqué a la estatua con cautela. "¿Bigotes? ¿Eres tú?" Pregunté suavemente. El maullido se repitió, esta vez más fuerte. Me agaché y miré por la base de la estatua. Ahí estaba él, un gato atigrado con unos enormes bigotes blancos, acurrucado en un rincón. Parecía asustado y hambriento. "¡Bigotes! ¡Te encontré!" Exclamé, sintiendo una gran alegría. Intenté sacarlo, pero Bigotes estaba demasiado asustado para moverse. Entonces, recordé que siempre llevaba conmigo un pequeño paquete de galletas de leche en mi mochila, por si me daba hambre después de la escuela. Abrí el paquete y le ofrecí una galleta al gato. Bigotes la olisqueó con cautela y luego, con timidez, comenzó a comer. Mientras comía, lo acaricié suavemente. Poco a poco, Bigotes se fue relajando y pude sacarlo de su escondite.
Lo llevé corriendo al taller del señor Gómez. Al verme con Bigotes en brazos, el señor Gómez abrió los ojos con sorpresa y luego corrió hacia nosotros, con lágrimas en los ojos. "¡Bigotes! ¡Mi pequeño Bigotes!" Exclamó, abrazando al gato con fuerza. Me dio las gracias una y otra vez, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Don Alberto también vino corriendo, aliviado y feliz. La plaza volvió a la normalidad. Los niños volvieron a correr, los ancianos volvieron a jugar al ajedrez y las parejas volvieron a pasear tomadas de la mano. Yo me sentí feliz y orgullosa. Había ayudado a alguien y había devuelto la alegría a la plaza Godoy Cruz. Esa tarde, al tomar el colectivo para ir a casa, supe que había hecho algo importante. No era una superheroína, pero era Gina, la niña de lentes que vivía en Mendoza y que había rescatado a un gato de la estatua de un general. Y eso era suficiente. Desde ese día, Bigotes siempre me esperaba a la salida de la escuela, para darme las gracias con un suave ronroneo. La plaza Godoy Cruz, para mí, siempre sería el lugar donde aprendí que incluso el acto más pequeño de bondad puede hacer una gran diferencia.
Al día siguiente, en la escuela, le conté a mis amigas sobre mi aventura. Estaban muy impresionadas. "¡Eres una heroína, Gina!" dijo Sofía. Yo me reí. "No soy una heroína, solo ayudé a un amigo." Pero en el fondo, sabía que había hecho algo especial. Y eso me hacía sentir muy bien. La plaza Godoy Cruz seguía siendo mi lugar favorito en el mundo. Un lugar lleno de vida, de historias y ahora, también, de un pequeño gato atigrado que siempre me recordaría que la bondad es la mejor aventura de todas.
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