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Gratis · elegí una vozGirasolito era un girasol muy pequeño, el más pequeño del campo. Todos los demás girasoles eran altos y fuertes, con sus cabezas amarillas siguiendo al sol con elegancia. Girasolito, sin embargo, apenas alcanzaba a ver las puntas de las hojas de sus vecinos. Se sentía un poco triste y solo.
"¡Ojalá pudiera ser tan alto como ustedes!", suspiraba Girasolito, mirando hacia arriba a los gigantes amarillos.
Un día, el sol desapareció. ¡Puf! Simplemente se fue. El cielo se cubrió de nubes grises y densas. Los girasoles más grandes, acostumbrados a la luz brillante, se inclinaron con tristeza, sus cabezas pesadas y sin energía. El campo entero se sumió en un silencio melancólico.
Girasolito, aunque pequeño, sentía una gran preocupación. El sol era su amigo, su guía, su alegría. ¿Dónde se habría ido? Decidió que tenía que hacer algo. A pesar de su tamaño, Girasolito tenía un corazón valiente.
"¡Voy a buscar al sol!", anunció Girasolito a una mariquita que pasaba por allí.
La mariquita, llamada Carmencita, lo miró con incredulidad. "¿Tú? ¡Pero si eres muy pequeño! ¿Cómo vas a encontrar al sol? Está muy lejos, detrás de esas nubes enormes."
"No importa", dijo Girasolito con determinación. "Tengo que intentarlo. El sol nos necesita, y nosotros lo necesitamos a él".
Y así, Girasolito comenzó su aventura. Primero, caminó (bueno, más bien se arrastró) entre las altas plantas de trigo. El camino era largo y oscuro, y las gotas de lluvia que caían de las hojas eran como grandes cubos de agua para él.
Pronto, se encontró con un grupo de caracoles que se refugiaban bajo una hoja de col. "¿A dónde vas, pequeño girasol?", preguntó el caracol más anciano.
"Voy a buscar al sol", respondió Girasolito. "Se ha escondido detrás de las nubes".
Los caracoles se rieron. "¡Qué tontería! El sol siempre vuelve. No tienes que ir a buscarlo".
Pero Girasolito no se rindió. Siguió adelante, con su pequeño tallo temblando por el esfuerzo. Después de un rato, llegó a un pequeño río. El agua corría rápida y parecía muy profunda para un girasol tan pequeño.
"¡Oh, no! ¿Cómo voy a cruzar esto?", se lamentó Girasolito.
Justo entonces, una libélula de alas brillantes se posó cerca de él. "¿Qué te pasa, pequeño?", preguntó la libélula.
Girasolito le contó su problema. La libélula, cuyo nombre era Lila, se ofreció a ayudarlo. "Súbete a mi espalda", dijo Lila. "Te llevaré al otro lado".
Girasolito se aferró con fuerza a la espalda de Lila, y juntos cruzaron el río. Al llegar al otro lado, Girasolito le dio las gracias a Lila.
"De nada", dijo Lila. "Es importante ayudar a los demás. ¡Buena suerte en tu búsqueda!"
Girasolito siguió su camino, sintiéndose más animado. Caminó y caminó hasta que llegó a una colina alta. Desde la cima, podía ver las nubes grises que cubrían el cielo. Decidió que tenía que subir aún más alto.
Comenzó a trepar por la colina, agarrándose a las raíces y a las rocas. Era una tarea difícil, pero Girasolito no se rindió. Pensaba en el sol, en su luz y en su calor, y eso le daba fuerzas para seguir adelante.
Finalmente, llegó a la cima de la colina. Desde allí, podía ver las nubes más de cerca. Eran enormes y oscuras, y parecían estar muy enfadadas.
"¡Hola, nubes!", gritó Girasolito. "¿Dónde está el sol? Lo estamos echando de menos".
Las nubes, sorprendidas de oír una voz tan pequeña, se detuvieron un momento. Una de las nubes, la más grande y oscura, respondió con un gruñido. "El sol está descansando. Está cansado de brillar todo el tiempo".
"Pero nosotros lo necesitamos", dijo Girasolito. "Nos da luz y calor. Sin él, estamos tristes".
Girasolito les explicó a las nubes lo importante que era el sol para todos los seres vivos. Les habló de las flores, de los animales, y de las personas que disfrutaban de su luz.
Las nubes, al escuchar las palabras de Girasolito, comenzaron a sentirse un poco culpables. Tal vez, pensaron, estaban siendo un poco egoístas.
La nube más grande, después de pensarlo un momento, dijo: "Está bien, pequeño girasol. Dejaremos que el sol brille un poco".
Y así, las nubes comenzaron a moverse lentamente, dejando un pequeño espacio en el cielo. Un rayo de sol brillante se filtró a través de la abertura, iluminando el campo.
El rayo de sol cayó justo sobre Girasolito, calentándolo y llenándolo de alegría. Girasolito se sintió lleno de energía y fuerza.
"¡Gracias, nubes!", gritó Girasolito.
Las nubes se movieron aún más, dejando que el sol brillara con toda su fuerza. El campo se iluminó de nuevo, y los girasoles más grandes levantaron sus cabezas con alegría.
Girasolito, aunque seguía siendo el girasol más pequeño, se sentía orgulloso. Había logrado encontrar al sol y traerlo de vuelta al campo. Había demostrado que, aunque pequeño, podía hacer grandes cosas.
Desde ese día, Girasolito se convirtió en un héroe en el campo. Todos lo admiraban por su valentía y su determinación. Y Girasolito, aunque seguía siendo humilde, sabía que había hecho algo importante. Había aprendido que, no importa el tamaño, lo importante es tener un corazón valiente y la voluntad de ayudar a los demás. Y el sol, por supuesto, brilló con más intensidad que nunca, agradecido por tener un amigo tan especial como Girasolito.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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