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Gratis · elegí una vozGladys era una gardenia blanca, radiante y con un perfume dulce que atraía a todas las abejas del jardín. Le encantaba conversar con las mariquitas y cantar canciones con los grillos. Un día, mientras tomaba el sol en una piedra cálida, vio algo peculiar asomando entre las hojas de un helecho. Era un hongo, un hongo champiñón con un sombrero marrón y una sonrisa tímida.
"¡Hola!" saludó Gladys, con su voz suave como el terciopelo. "Nunca te había visto por aquí."
El hongo se sonrojó, bueno, su sombrero se puso un poco más oscuro. "Hola," respondió. "Me llamo Horacio. Acabo de mudarme al jardín. Soy un... un aventurero del bosque."
Gladys, fascinada por la idea de un aventurero, invitó a Horacio a sentarse a su lado. Le contó historias sobre el sol, el viento y las traviesas ardillas que intentaban robar sus pétalos. Horacio, a su vez, le habló de los misterios del bosque, de los árboles gigantes que tocaban el cielo y de los duendes que bailaban a la luz de la luna.
Pronto, Gladys y Horacio se hicieron inseparables. Compartían el rocío de la mañana, se contaban secretos bajo las estrellas y se reían juntos de las bromas de los gorriones. Gladys se sentía feliz, más feliz de lo que jamás se había imaginado. Horacio era diferente a cualquier otra flor o insecto que hubiera conocido. Era divertido, inteligente y, a pesar de su timidez, muy valiente.
Horacio le regalaba a Gladys pequeñas piedras brillantes que encontraba en el jardín. Le decía que eran diamantes del bosque, traídos por los gnomos. Gladys las guardaba en una concha de caracol, como si fueran el tesoro más valioso del mundo.
Un día, mientras paseaban por el jardín, Gladys notó que Horacio actuaba de manera extraña. Estaba nervioso, miraba a todas partes y evitaba su mirada.
"¿Qué te pasa, Horacio?" preguntó Gladys, preocupada.
"Nada," respondió Horacio, demasiado rápido. "Solo... estoy un poco cansado."
Gladys no le creyó. Sabía que algo andaba mal. Decidió seguirlo en secreto. Al día siguiente, cuando Horacio se despidió de ella con una excusa vaga, Gladys lo siguió, escondiéndose detrás de las plantas y las rocas.
Lo siguió hasta un rincón del jardín que Gladys nunca había explorado. Allí, bajo la sombra de un rosal, vio a Horacio hablando con otra hongo. Esta hongo era diferente a Gladys. Era de un color rojo brillante y tenía un sombrero con lunares blancos. Era Valentina, una hongo muy presumida que siempre había envidiado la belleza de Gladys.
Gladys escuchó, con el corazón latiéndole con fuerza, como Horacio le decía a Valentina lo hermosa que era y cómo le encantaban sus lunares brillantes. Le regalaba una piedra brillante, idéntica a las que le había dado a Gladys.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Gladys. Se sintió traicionada, engañada y muy, muy triste. Salió de su escondite, con la cabeza gacha.
"Horacio," dijo, con la voz temblorosa.
Horacio se sobresaltó al verla. Su sombrero se puso aún más oscuro que antes.
"Gladys... yo..." balbuceó.
"Lo vi todo," dijo Gladys, con lágrimas rodando por sus mejillas. "Me mentiste. Me engañaste."
Valentina se rió, una risa aguda y desagradable. "¿Pensabas que un hongo aventurero como Horacio se quedaría con una simple gardenia como tú?" dijo con desprecio.
Gladys no dijo nada. Se dio la vuelta y se fue, con el corazón roto. Regresó a su piedra cálida, donde había conocido a Horacio. Se sentó allí, sola, y lloró hasta que se quedó dormida.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza, pero Gladys no sentía su calor. Se sentía vacía y triste. Las mariquitas intentaron animarla, los grillos cantaron sus mejores canciones, pero nada funcionaba.
Entonces, una abejita sabia y anciana se acercó a ella. Había visto todo lo que había sucedido.
"Gladys," dijo la abejita, con su voz suave y sabia. "No dejes que un hongo deshonesto te robe tu alegría. Eres una gardenia hermosa y valiosa. No necesitas a nadie que te haga sentir menos."
Las palabras de la abejita resonaron en el corazón de Gladys. Se dio cuenta de que la abejita tenía razón. No necesitaba a Horacio. Era fuerte y hermosa por sí misma.
Gladys se secó las lágrimas y respiró hondo. Decidió que no iba a dejar que la traición de Horacio la definiera. Iba a seguir siendo la gardenia radiante y feliz que siempre había sido.
Así, Gladys continuó floreciendo en el jardín. Aprendió a ser más cautelosa, pero nunca perdió su amabilidad y su alegría. Y aunque nunca olvidó a Horacio, aprendió a vivir feliz sin él. Y Valentina y Horacio? Bueno, su relación no duró mucho. Valentina resultó ser tan presumida y mandona que Horacio pronto se aburrió de ella y se marchó a otro jardín. Pero Gladys ya no le importaba.
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