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Gonzalo sintió un pequeño cosquilleo en su pancita. Un cosquilleo que conocía muy bien. Era la señal. ¡Era hora de ir al baño para hacer popó!
“¡Mamá, tengo que ir!” exclamó Gonzalo, agarrándose la barriga con una mano y con la otra, sosteniendo fuertemente a su oso de peluche, Pompón.
“¡Corre, Gonzalo, corre!” le animó su mamá, sonriendo. Sabía que Gonzalo a veces se distraía con sus juguetes y olvidaba las importantes señales de su cuerpo.
Gonzalo corrió lo más rápido que pudo. Pompón, a pesar de ser un oso de peluche algo regordete, parecía disfrutar de la carrera. Llegaron al baño justo a tiempo. ¡Uf!
El baño era un lugar mágico para Gonzalo. No porque hubiera hadas o dragones, sino porque era el único lugar de la casa donde podía estar completamente solo, con sus pensamientos y, por supuesto, con Pompón.
Primero, Gonzalo bajó sus pantalones y calzoncillos, asegurándose de que no se enredaran con sus zapatos. ¡Ese era un problema común!
Luego, con mucho cuidado, se sentó en el trono de porcelana. Así llamaba Gonzalo al inodoro. Le parecía un trono muy importante porque… bueno, porque era donde hacía popó.
“¡Vamos, popó, sal!” susurró Gonzalo, como si el popó fuera una pequeña criatura tímida que necesitaba ser animada.
Pompón, desde el regazo de Gonzalo, lo miraba con sus ojos de botón. Parecía entender la importancia del momento. Él también, a veces, necesitaba ayuda para hacer sus necesidades (aunque, siendo un oso de peluche, su necesidad era más bien de una limpieza general).
Pero… nada. Gonzalo esperó un poco. Miró al techo, contando las baldosas. Uno, dos, tres… ¡hasta cien! Aún nada.
“¡Uf!” suspiró Gonzalo. Hacer popó a veces era un trabajo muy duro. Era como intentar convencer a un caracol de que corriera una maratón.
Entonces, Gonzalo recordó algo que su abuela siempre le decía: “Cuando no puedes hacer algo, piensa en algo divertido”.
Gonzalo cerró los ojos e imaginó que era un astronauta. Estaba en una nave espacial, viajando a la luna. El trono de porcelana era su asiento de piloto. Pompón era su copiloto, un oso astronauta muy valiente.
“¡Atención, Houston!” dijo Gonzalo con voz grave, “¡Estamos a punto de aterrizar en el planeta Popó!”
De repente, sintió algo. Un pequeño empujón en su pancita. ¡Era la señal de nuevo! Esta vez, era más fuerte.
Gonzalo se concentró. Empujó un poquito, como si estuviera ayudando a la nave espacial a aterrizar suavemente. Empujó otro poquito, como si estuviera plantando una bandera en la luna. Y… ¡Splash!
¡Lo había logrado! Gonzalo había conquistado el planeta Popó. El trono de porcelana había cumplido su función. Pompón, desde su regazo, parecía aplaudir con sus pequeñas patas.
“¡Misión cumplida!” exclamó Gonzalo, sonriendo. Se sentía aliviado y orgulloso. Era como si hubiera resuelto un problema muy difícil.
Ahora venía la parte importante: limpiarse. Gonzalo agarró el papel higiénico y lo usó con mucho cuidado. Su mamá siempre le decía que no usara demasiado, porque sino el planeta Tierra se quedaría sin árboles.
Después, tiró del agua. ¡Adiós, planeta Popó! El agua se lo llevó todo, haciendo un divertido ruido de remolino.
Finalmente, Gonzalo se levantó, se subió los pantalones y calzoncillos (esta vez, sin enredarlos con sus zapatos), y se lavó las manos con agua y jabón. Cantó su canción favorita mientras se frotaba las manos: “Lava, lava, lava tus manos, muy bien, muy bien…”.
Salió del baño, sintiéndose mucho mejor. Pompón seguía abrazado a él, contento de haber compartido la aventura en el trono de porcelana.
“¡Mamá, ya terminé!” anunció Gonzalo.
“¡Muy bien, campeón!” respondió su mamá. “¿Y cómo te fue en tu viaje espacial?”
Gonzalo sonrió. “¡Fue un viaje muy exitoso! Conquisté el planeta Popó con la ayuda de mi valiente copiloto, Pompón.”
Su mamá le dio un abrazo. “Estoy muy orgullosa de ti, Gonzalo. Ahora, ¿qué te parece si vamos a jugar?”
Gonzalo asintió con entusiasmo. La aventura en el trono de porcelana había terminado, pero la aventura del día apenas comenzaba. Y sabía que, tarde o temprano, tendría que volver a visitar el planeta Popó. Pero eso, ya sería otra historia.
Y así, Gonzalo, con Pompón a su lado, salió corriendo a jugar, listo para enfrentar cualquier desafío, incluso los que requerían una visita al… ¡trono de porcelana!
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