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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo escondido entre montañas de caramelo y ríos de chocolate, un niño llamado Gordito. No era un niño malo, pero era… grande. Muy grande. Y su padre, Don Rufino, tenía una idea fija en la cabeza: hacerse rico. No precisamente para comprarle juguetes a Gordito, sino para… bueno, digamos que para comprarle regalos a ciertas señoras con mucho brillo y, si sobraba, ¡un inodoro con chorrito! Un inodoro que, según Don Rufino, era la cúspide de la civilización.
"Gordito," dijo Don Rufino una mañana, mientras desayunaba una montaña de buñuelos, "tú eres fuerte. ¡Como un oso! Vas a ir a la Mina de los Sueños Brillantes. Allí, el Tío Eusebio te enseñará a picar piedras preciosas. ¡Con esas piedras, me compraré un… coche nuevo!" (Guiñó un ojo, pensando en las señoras y el inodoro). Gordito, que prefería dibujar dragones con helado en lugar de picar piedras, suspiró. No quería ir a la mina. Le daban miedo los topos gigantes y las arañas con sombreros de copa (al menos, así se los imaginaba él).
Pero Don Rufino era insistente, como una mosca en un pastel de fresa. Así que, al día siguiente, Gordito, con una mochila llena de sándwiches de mermelada y un mapa dibujado por el Tío Eusebio (que parecía más un garabato de pollo que un mapa), se encaminó hacia la mina. El camino era largo y empinado. Gordito sudaba como un helado al sol. Encontró un conejo con gafas de sol que le indicó el camino correcto después de que Gordito le compartiera un pedazo de su sándwich.
Finalmente, llegó a la Mina de los Sueños Brillantes. Era un agujero oscuro y húmedo, con un letrero que decía: "¡Cuidado! ¡Peligro de Topos Traviesos!". Gordito tragó saliva. Allí estaba el Tío Eusebio, un hombre pequeño y delgado con un bigote que parecía una escoba. "¡Ah, Gordito! ¡Llegas tarde! ¡A picar se ha dicho!", gritó el Tío Eusebio, entregándole un pico enorme.
Gordito picó y picó. Al principio, fue difícil. El pico era pesado y las piedras duras. Pero poco a poco, fue encontrando el ritmo. Descubrió que le gustaba el sonido del pico contra la piedra, un sonido como una canción. Y de repente… ¡BAM! El pico chocó con algo brillante. Era una piedra preciosa, la más hermosa que Gordito había visto en su vida. Era grande y redonda, como una canica gigante, y brillaba con todos los colores del arcoíris.
"¡Tío Eusebio! ¡Mire!", exclamó Gordito, mostrando la piedra. El Tío Eusebio se quedó boquiabierto. "¡Es una Esmeralda Arcoíris! ¡Dicen que trae buena suerte!", dijo. Gordito sintió una oleada de alegría. Tal vez, después de todo, la mina no era tan mala. Siguió picando, encontrando más piedras preciosas, aunque ninguna tan espectacular como la Esmeralda Arcoíris.
Cuando regresó a casa, Don Rufino casi se desmaya al ver las piedras. "¡Oro! ¡Riquezas! ¡Ahora sí que me compraré ese inodoro con chorrito!", gritó, agarrando las piedras con avidez. Pero Gordito, abrazando la Esmeralda Arcoíris, le dijo: "Papá, creo que deberíamos usar estas piedras para algo más importante. Tal vez… para arreglar el techo de la escuela, que se está cayendo a pedazos. O para comprar comida para los ancianos del pueblo."
Don Rufino se quedó mirando a Gordito, sorprendido. Nunca lo había visto tan decidido. Y luego, algo extraño sucedió. Don Rufino sonrió. Una sonrisa genuina, no la sonrisa de "voy a comprarme un inodoro con chorrito". "Tienes razón, Gordito," dijo. "El inodoro con chorrito puede esperar. Lo importante es ayudar a los demás."
Y así fue. Con las piedras preciosas, arreglaron el techo de la escuela, compraron comida para los ancianos y hasta construyeron un pequeño parque para que los niños jugaran. Don Rufino, aunque nunca tuvo su inodoro con chorrito, se dio cuenta de que la verdadera riqueza no está en el dinero, sino en la felicidad de los demás. Y Gordito, bueno, Gordito siguió dibujando dragones con helado, sabiendo que, incluso un niño grande y gordo, puede cambiar el mundo con un poco de bondad y una Esmeralda Arcoíris.
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