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Gratis · elegí una vozRufo era un perro salchicha muy, muy feliz. Le encantaba perseguir ardillas en el parque, ladrarle al cartero (aunque siempre se arrepentía un poco después), y, sobre todo, recibir mimos en la barriga de su dueña, Sofía. Un día, mientras jugaba en el jardín, Rufo encontró una botella extraña enterrada debajo de un rosal. Era de un color verde brillante y tenía una etiqueta que decía: "¡Poción Mágica! ¡No beber!".
Rufo, siendo un perro curioso, ignoró la advertencia. Pensó: "Si dice que no beba, ¡seguro que es deliciosa!" Dio un lametazo rápido a la botella. ¡Qué error! La poción sabía a pescado rancio mezclado con calcetines sudados. Rufo hizo una mueca horrible y escupió la poción. Inmediatamente, sintió un cosquilleo extraño por todo el cuerpo. Su pelaje marrón comenzó a cambiar de color, volviéndose naranja y blanco. Sus orejas largas y caídas se encogieron y se volvieron puntiagudas. ¡Sus patas se hicieron más pequeñas y suaves!
Rufo se miró en un charco de agua. ¡Ya no era un perro salchicha! ¡Era un… gato! Un gato naranja y blanco, con ojos verdes brillantes y una cola larga y peluda. "¡Miau!" Intentó ladrar, pero solo salió un débil maullido. Estaba aterrorizado. ¿Qué le iba a decir a Sofía? ¿Lo reconocería?
Corrió a casa lo más rápido que pudo, aunque ahora correr era diferente. Sus movimientos eran más ágiles y sigilosos. Llegó a la puerta y la arañó tímidamente. Sofía abrió la puerta y lo miró con sorpresa. "¡Oh, qué gatito tan bonito! ¿De dónde saliste?" dijo, agachándose para acariciarlo. Rufo ronroneó instintivamente. ¡Ronroneaba! Era una sensación extraña pero agradable.
Sofía lo levantó y lo llevó adentro. Le dio leche en un plato y Rufo, o mejor dicho, el gato-Rufo, la bebió con gusto. Después, Sofía lo puso en su regazo y comenzó a acariciarlo. Rufo se acurrucó y cerró los ojos. ¡Era tan agradable como los mimos en la barriga que recibía antes! Pero aún así, extrañaba ser un perro.
Al día siguiente, Rufo, ahora gato, decidió investigar la botella de la poción. Tal vez había una forma de deshacer el hechizo. Buscó y buscó en el jardín hasta que encontró la etiqueta que se había desprendido de la botella. En la parte de atrás, con letras diminutas, decía: "Para revertir el hechizo, encontrar la flor de la risa y beber su néctar antes del amanecer".
Rufo no tenía ni idea de dónde encontrar la "flor de la risa". Preguntó a las ardillas, pero solo lo miraron con burla. Preguntó a los pájaros, pero solo le respondieron con cantos incomprensibles. Finalmente, decidió preguntar al gato viejo y sabio que vivía en la casa de al lado, un gato siamés llamado Don Gato.
Don Gato escuchó atentamente la historia de Rufo y luego dijo: "La flor de la risa es rara y solo florece en el Jardín Escondido, detrás de la panadería. Pero ten cuidado, ese jardín está custodiado por un perro muy gruñón llamado Brutus".
Rufo, a pesar de ser un gato, todavía tenía miedo de los perros grandes. Pero estaba decidido a volver a ser él mismo. Así que, valientemente, se dirigió hacia la panadería. Sigilosamente, se coló por un agujero en la cerca y entró en el Jardín Escondido. Allí, en medio de rosas y jazmines, vio una flor radiante, con pétalos que parecían sonreír. Era la flor de la risa.
Justo cuando Rufo estaba a punto de beber el néctar, escuchó un gruñido. Brutus, un enorme bulldog, apareció ladrando furiosamente. Rufo, usando su agilidad felina, saltó a un árbol y escapó de Brutus. Pero en la confusión, la flor de la risa se cayó al suelo.
Rufo se sintió desesperado. Estaba a punto de rendirse cuando vio algo brillante en el suelo. Era una pequeña abeja, atrapada debajo de un pétalo de la flor. Con cuidado, Rufo liberó a la abeja. La abeja, agradecida, voló hasta la flor y recogió una gota de néctar. Luego, voló hacia Rufo y le ofreció la gota de néctar.
Rufo bebió el néctar. ¡Era dulce y delicioso! Inmediatamente, sintió el mismo cosquilleo extraño que había sentido antes. Su pelaje naranja y blanco volvió a ser marrón. Sus orejas puntiagudas se alargaron y cayeron. ¡Sus patas volvieron a ser las de un perro salchicha! Rufo era de nuevo Rufo.
Corrió a casa y saltó a los brazos de Sofía. Ella lo abrazó con fuerza y le dijo: "¡Rufo! ¿Dónde te habías metido? ¡Estaba tan preocupada!" Rufo lamió su cara y movió la cola con alegría. Nunca más volvería a beber una poción extraña. Y aunque había disfrutado siendo un gato por un día, estaba muy feliz de ser un perro de nuevo.
Y de vez en cuando, cuando veía a Don Gato, le guiñaba un ojo en señal de agradecimiento.
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