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Gratis · elegí una vozEn un reino muy, muy lejano, donde los árboles susurraban secretos y los ríos cantaban melodías, vivía un gublin llamado Gublin. No era el gublin más apuesto, ni el más fuerte, ni siquiera el más valiente. De hecho, Gublin era bastante pequeño, con grandes orejas puntiagudas, una nariz que parecía una pequeña patata y una sonrisa que mostraba un par de dientes torcidos. Pero Gublin tenía un corazón enorme, lleno de bondad y un deseo secreto de hacer algo importante.
En lo alto de una torre altísima, con paredes de piedra gris y una única ventana redonda, vivía la Princesa Sonriente. La llamaban así porque, a pesar de estar encerrada, siempre tenía una sonrisa en sus labios. La princesa había sido encerrada por el malvado brujo Zargón, quien quería robar la alegría del reino. Zargón creía que la sonrisa de la princesa era la fuente de toda la felicidad en la tierra, y si la apagaba, podría gobernar con puño de hierro.
Un día, mientras Gublin recolectaba bayas silvestres cerca del bosque que rodeaba la torre, escuchó un suave canto. Siguió el sonido hasta que llegó a la base de la torre. Miró hacia arriba, muy arriba, y vio una pequeña figura en la ventana. Era la Princesa Sonriente.
"¿Quién anda ahí?" preguntó la princesa con su voz dulce como el néctar.
"Soy Gublin," respondió, tímidamente. "¿Estás bien?"
"Estoy bien, Gublin," dijo la princesa. "Pero estoy atrapada. El brujo Zargón me encerró aquí."
Gublin sintió un vuelco en el corazón. Nunca había hecho nada valiente en su vida, pero ver a la princesa atrapada le dio un coraje que no sabía que poseía. "¡Te voy a rescatar!" exclamó.
La princesa sonrió. "¿Tú? ¿Un gublin tan pequeño?"
"¡Soy más valiente de lo que parezco!" insistió Gublin.
Así que Gublin comenzó a planear. Primero, intentó escalar la torre, pero las paredes eran demasiado lisas y resbaladizas. Luego, intentó cavar un túnel, pero la tierra era demasiado dura. Estaba a punto de rendirse cuando tuvo una idea.
"¡Las enredaderas!" exclamó.
Alrededor de la torre crecían enredaderas gruesas y fuertes. Gublin comenzó a trepar, usando sus pequeñas manos y pies para agarrarse a las ramas. Subió y subió, cada vez más alto, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Le tomó mucho tiempo, y sus brazos y piernas le dolían, pero finalmente llegó a la ventana de la princesa.
"¡Lo lograste!" exclamó la princesa, radiante de alegría.
"Ahora, ¿cómo salimos de aquí?" preguntó Gublin.
La princesa señaló una vieja cuerda gruesa que colgaba de la ventana. "Podemos usar esta cuerda para bajar."
Juntos, la princesa y Gublin se deslizaron por la cuerda, con Gublin asegurándose de que la princesa estuviera a salvo. Cuando llegaron al suelo, corrieron lo más rápido que pudieron hacia el bosque, lejos de la torre de Zargón.
Pero Zargón no se había quedado de brazos cruzados. En cuanto se dio cuenta de que la princesa había escapado, envió a sus malvados secuaces, los murciélagos sombríos, tras ellos. Los murciélagos volaban por el cielo, graznando y chillando, buscando a la princesa.
Gublin y la princesa se escondieron detrás de un gran árbol, temblando de miedo. Entonces, Gublin tuvo otra idea. Tomó un puñado de bayas silvestres que había recolectado antes y las arrojó al aire. Los murciélagos, distraídos por las bayas, comenzaron a perseguirlas, olvidándose de la princesa.
Gublin y la princesa aprovecharon la oportunidad para escapar. Corrieron hasta llegar al río que cantaba melodías. Sabían que Zargón no podía cruzar el río, ya que le tenía miedo al agua.
Una vez al otro lado del río, la princesa y Gublin estaban a salvo. La princesa abrazó a Gublin con fuerza. "¡Me salvaste! ¡Eres el gublin más valiente que he conocido!"
"Solo quería ayudarte," dijo Gublin, sonrojándose.
La princesa regresó a su reino, y el pueblo la recibió con alegría y celebraciones. La sonrisa de la princesa iluminó todo el reino, y Zargón, enfurecido, tuvo que huir para siempre.
La princesa no olvidó a Gublin. Lo nombró caballero, y desde entonces, Sir Gublin el Valiente se dedicó a proteger el reino y ayudar a los demás. Y aunque era pequeño y tenía orejas puntiagudas y una nariz de patata, demostró que incluso el más pequeño puede ser valiente y hacer grandes cosas si tiene un corazón lleno de bondad. Y la Princesa Sonriente siempre recordaba que la valentía puede encontrarse en los lugares más inesperados y en los corazones más pequeños. Y todos vivieron felices para siempre, gracias a un pequeño gublin con un gran corazón.
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