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Gratis · elegí una vozA Mateo le decían "Güero" por su pelo casi blanco como el sol. Un día, la casa de los Güero se quedó vacía. Papá, Mamá y su hermana mayor, Sofía, habían salido. Mateo, sintiéndose el rey del castillo, decidió que era el momento perfecto para... ¡quitarse toda la ropa! "¡Libertad!" gritó, saltando sobre la cama con una sonrisa.
Bajo el sol que entraba por la ventana, Güero bailó, hizo piruetas y hasta intentó imitar a un mono. Se sentía ligero como una pluma. De repente, una mariposa aleteó cerca de la ventana. Güero, curioso, se acercó para observarla mejor. Se inclinó tanto que… ¡zas! Perdió el equilibrio y cayó fuera, aterrizando suavemente sobre el césped.
Antes de que pudiera levantarse, ¡la ventana se cerró con un golpe seco! Güero estaba fuera, ¡y completamente desnudo! Sintió un escalofrío, no solo por el aire fresco, sino también por el pánico que empezaba a crecer en su estómago.
"¡Mamá! ¡Papá! ¡Sofía!" gritó, pero nadie lo escuchó. Recordó que su mejor amigo, Tomás, tenía una llave de repuesto de su casa. ¡Esa era la solución! Pero... ¿cómo iba a llegar hasta la casa de Tomás en ese estado?
Respiró hondo y decidió que la misión "Operación Llave de Repuesto" comenzaba ahora. Se agachó y avanzó sigilosamente, escondiéndose detrás de los arbustos y los árboles. Se sentía como un ninja… un ninja muy, muy rubio y… bueno, ya saben.
En la esquina de su casa, vio a un grupo de niñas jugando a la rayuela. Eran sus vecinas: Ana, Sofía (otra Sofía, no su hermana), Carmen y la pequeña Lucía. Güero se escondió detrás de un gran roble, esperando que se fueran. Pero las niñas, con la agudeza visual de un lince, ¡lo vieron!
Ana fue la primera en reaccionar. "¡Güero! ¡¿Qué estás haciendo ahí?!" gritó, con una mezcla de sorpresa y risa. Las otras niñas corrieron hacia donde estaba ella.
Güero, rojo como un tomate, se cubrió con las manos. "¡No me miren! ¡No me miren!" suplicó.
Sofía (la vecina) se acercó con cautela. "Güero, ¿por qué estás... así?" preguntó, intentando no reírse.
Carmen, siempre la más sensata, le ofreció su chaqueta. "Toma, Güero, cúbrete."
Güero aceptó la chaqueta agradecido, aunque le quedaba enorme. "Me quedé encerrado afuera," explicó, con la voz temblorosa. "Necesito ir a la casa de Tomás a buscar la llave de repuesto."
Lucía, la más pequeña, soltó una carcajada. "¡Güero en cueros! ¡Güero en cueros!" canturreó.
Las otras niñas se unieron a la risa, pero no era una risa maliciosa. Era una risa divertida, una risa de complicidad.
"Ya no te vamos a llamar Güero," dijo Ana, con una sonrisa traviesa. "De ahora en adelante, te llamaremos... ¡En Cueros!"
Güero (o En Cueros, como ahora lo llamaban) suspiró. Sabía que no tenía escapatoria. Al menos, tenía la chaqueta de Carmen. Las niñas decidieron acompañarlo hasta la casa de Tomás, asegurándose de que no lo viera nadie más.
Caminaron en fila india, con Güero/En Cueros en el medio, cubierto con la chaqueta demasiado grande. Cada vez que veían a alguien acercarse, las niñas formaban un círculo alrededor de él para protegerlo.
Finalmente, llegaron a la casa de Tomás. Güero/En Cueros tocó el timbre con el corazón latiendo a mil por hora. Tomás abrió la puerta, con cara de sueño.
"Güero, ¿qué...? ¿Y por qué estás vestido con la chaqueta de Carmen?" preguntó, confundido.
Antes de que Güero/En Cueros pudiera explicar, Ana intervino. "¡Necesitamos la llave de repuesto! Güero… En Cueros… se quedó encerrado afuera."
Tomás, al escuchar la historia, no pudo evitar reírse. Buscó la llave y se la entregó a Güero/En Cueros.
De vuelta en su casa, ya vestido y seguro, Mateo reflexionó sobre su aventura. Aprendió que la libertad sin ropa es divertida… hasta que te encierras afuera. Y también aprendió que, a veces, los apodos cambian de la manera más inesperada. Y que, aunque un poco vergonzoso, tener buenas amigas es lo mejor del mundo. Desde ese día, Mateo dejó de quedarse desnudo en casa. Y, aunque las niñas a veces lo llamaban "En Cueros" en tono de broma, él sabía que era un apodo cariñoso, un recordatorio de una aventura divertida y un símbolo de su amistad incondicional.
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