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Gratis · elegí una vozGuille era un perrito muy, muy dormilón. Le encantaba dormir más que cualquier otra cosa en el mundo. Su cama era un cojín gigante, suave como una nube, y allí pasaba la mayor parte del día soñando con huesos de pollo gigantes y carreras interminables por el parque. Cada vez que alguien intentaba despertarlo, Guille solo gruñía suavemente y se acurrucaba aún más en su cojín.
En la casa de Guille vivía también un gato llamado Bigotes. Bigotes era un gato muy peculiar. No le gustaba jugar con ovillos de lana ni perseguir ratones de juguete. A Bigotes le gustaba... ¡comer! Comía todo lo que encontraba a su paso: croquetas, sobras de pizza, ¡incluso una vez intentó comerse el calcetín de la abuela! Era un gato comelón de verdad.
Un día, la abuela preparó un pastel de manzanas delicioso. El aroma llenó toda la casa, despertando incluso a Guille, que normalmente dormía a prueba de bombas. Guille se levantó, estirándose y bostezando, y siguió el olor hasta la cocina. Allí, sobre la mesa, reposaba el pastel, con su cubierta dorada y su aroma embriagador.
Pero… ¡oh, no! Parte del pastel había desaparecido. ¡Alguien se lo había comido! La abuela, con las manos en la cintura, miraba el pastel con expresión de asombro y enfado. "¿Quién ha sido?", preguntó la abuela, con una voz que temblaba un poco.
Guille, todavía medio dormido, miró a Bigotes, que estaba sentado cerca de la mesa, con la cara llena de migas de pastel. Bigotes, al verse descubierto, intentó disimular lamiéndose las patas con aire inocente.
"¡Bigotes! ¿Has sido tú?", exclamó la abuela. Bigotes, por toda respuesta, ronroneó suavemente y se frotó contra la pierna de la abuela.
Guille, aunque dormilón, era muy listo. Sabía que Bigotes era el culpable. Pero también sabía que Bigotes era un gato muy listo, y que si se le acusaba directamente, negaría todo hasta el final. Así que Guille tuvo una idea.
Se acercó al pastel y, con su nariz, empezó a olfatear alrededor. Luego, mirando a la abuela con ojos inocentes, ladró suavemente hacia la ventana. La abuela, intrigada, se acercó a la ventana y miró hacia afuera.
"¿Qué pasa, Guille? ¿Has visto algo?", preguntó la abuela.
Guille, entonces, salió corriendo hacia el jardín y empezó a ladrar a un árbol. La abuela, confundida, lo siguió. En el árbol, escondido entre las ramas, había un pequeño pájaro con una miga de pastel en el pico.
"¡Un pájaro! ¡El pájaro se ha comido el pastel!", exclamó la abuela, sorprendida.
Bigotes, al escuchar esto, aprovechó la confusión para escapar hacia el salón, donde se acurrucó en su sillón favorito y fingió estar durmiendo.
Guille, aunque sabía que el pájaro no era el verdadero culpable, decidió no delatar a Bigotes. Sabía que Bigotes tenía un problema con la comida, y que necesitaba ayuda. En lugar de acusarlo, decidió ayudarlo.
Al día siguiente, Guille preparó un plato especial para Bigotes. Era un plato lleno de croquetas deliciosas, pero también de verduras y frutas. Bigotes, al principio, puso mala cara al ver las verduras, pero Guille lo animó a probarlas.
"Vamos, Bigotes, prueba esto. Es bueno para ti", le dijo Guille, con una sonrisa.
Bigotes, al final, probó las verduras. Y… ¡le gustaron! Descubrió que las verduras eran crujientes y jugosas, y que le daban energía para jugar.
Desde ese día, Bigotes empezó a comer más verduras y menos pastel. Guille lo acompañaba a jugar en el jardín y lo mantenía ocupado para que no pensara tanto en comer. Poco a poco, Bigotes dejó de ser el gato comelón y se convirtió en un gato sano y feliz.
La abuela, al ver el cambio en Bigotes, se puso muy contenta. Ya no tenía que preocuparse por si Bigotes se comía el pastel. Y Guille, el perrito dormilón, se convirtió en el héroe de la casa, no solo por su inteligencia, sino también por su bondad y su capacidad para ayudar a los demás. Y aunque seguía durmiendo mucho, ahora también tenía tiempo para jugar con Bigotes y disfrutar de la vida. Y Bigotes, aunque a veces todavía sentía la tentación de comerse un pastel, recordaba las palabras de Guille y prefería comerse una zanahoria crujiente. Y así, Guille y Bigotes vivieron felices para siempre, aprendiendo juntos a ser mejores amigos.
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