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Gratis · elegí una vozAsí era como mis días se volvieron tristes, después de haber perdido a mi amigo, aquel de cuatro patas. Mi amigo de aventuras, el que siempre estaba conmigo en mis días de tristeza y de alegría.
Antes de perder a mi gran amigo, nadie quería acercarse a mí; no lograba hacer amigos ni en la escuela, ni en mi barrio. Yo estaba acostumbrado a estar siempre solo, hasta que coincidí con Gus justo cerca a mi casa.
Cuando lo encontré, ya era grande, pero estaba mal alimentado y se notaba algo cansado. Me acerqué a verlo; aún recuerdo esa mirada tierna que significaba que necesitaba que lo ayudara. Fue entonces cuando lo llevé a casa. Mi mamá, al principio, no estaba muy convencida, pero al ver lo flaco y triste que estaba Gus, accedió a que se quedara con nosotros. ¡Fue el mejor día de mi vida!
Le dimos de comer, lo bañamos y le preparamos una camita en el patio. Gus se adaptó muy rápido a nuestra familia. Siempre me esperaba en la puerta cuando regresaba de la escuela y me recibía con saltos y lametazos. Era mi mejor amigo, mi confidente, mi compañero de juegos.
Al terminar los deberes de mi casa y también las tareas de la escuela, mi mamá me daba permiso para que fuéramos al parque todos los días. Allí jugábamos a la pelota, corríamos entre los árboles y nos revolcábamos en el pasto. Gus era feliz, y yo también. Él me enseñó a reír, a confiar y a amar sin condiciones. Con Gus, ya no me sentía solo. Otros niños se acercaban a nosotros en el parque, y pronto tuve nuevos amigos. Gus era el mejor embajador que podía tener.
Un domingo debía ir con mi mamá al hospital y no lo podía llevar porque no me dejaban ingresar con él. Con mucha pena lo dejé en casa. Le expliqué que volvería pronto y le di un abrazo muy fuerte. Él me miró con sus ojos tristes, como si supiera que algo malo iba a pasar.
Al regresar a casa, empecé a llamarlo ¡Gus! ¿dónde estás?, era raro que no atendiera a mi llamado. Seguí insistiendo y lo empecé a buscar por toda la casa. Revisé debajo de las camas, detrás del sofá, en el armario de la cocina. Nada. Gus no estaba por ningún lado.
Jamás lo encontré. Solo estaba la reja del patio abierta, la cual también daba a la calle. Corrí al parque pensando encontrarlo, porque siempre le gustaba estar ahí conmigo. No lo encontré. Pregunté a mis amigos, a los vecinos, a los dueños de los otros perros que siempre estaban en el parque. Nadie lo había visto.
Desde entonces, cada día extrañaba un ladrido suyo; con eso yo entendía que quería ir al parque. Extrañaba sus lametazos, sus saltos, sus juegos. La casa se sentía vacía, silenciosa, triste. Volví a sentirme solo, como antes de conocerlo. Lloraba todas las noches antes de dormir, abrazando su collar que guardaba como un tesoro.
Después de eso, un día, antes de ir a la escuela, mi mamá me dijo: “Daniel, prepárate. Hoy tendremos una visita, no llegues tarde”. Yo no entendía, ya que nunca recibíamos visitas. ¿Quién vendría a nuestra casa? ¿Sería alguien importante? Mi cabeza estaba llena de preguntas.
Al salir de la escuela fui de prisa a casa porque quería saber de quién se trataba la visita, sin imaginar si quiera la sorpresa que me llevaría. Corrí por las calles, salté charcos y evité tropezar con las piedras. La curiosidad me carcomía por dentro.
Fue en ese momento, al llegar a casa y alguien me recibió una hermosa sonrisa, moviendo la cola. Era un perro, pero no era Gus. Era más pequeño, más peludo y con los ojos más brillantes. No sabía si llorar o sentirme feliz por un nuevo amigo. Estaba confundido, emocionado, agradecido.
Es verdad, no era mi Gus, pero, agradecí a mi mamá porque me devolvió la felicidad que había perdido cuando Gus se fue. Así fue como empecé nuevas aventuras con mi Gus - Gus, así lo llamé para no olvidarme de mi amigo fiel. Él nunca podrá reemplazar a mi primer Gus, pero me enseñó que el amor puede encontrarse en los lugares más inesperados y que siempre hay esperanza, incluso después de la pérdida.
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