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Hachet era un monstruo... bueno, un monstruo adolescente. Tenía escamas verde musgo, un ojo que cambiaba de color según su humor, y una afición por las bromas pegajosas. Y estaba perdidamente enamorado de Laikai. Laikai, la chica más popular de Monstruo-Ville, era todo lo que Hachet no era: elegante, con colmillos brillantes, una risa melodiosa y un séquito de amigas que la seguían a todas partes.
El problema era que Laikai, bueno, no era precisamente amable con Hachet. De hecho, se podría decir que era bastante… bully. Lo molestaba por sus escamas, se reía de su ojo camaleónico, y una vez incluso le puso chicle en su casillero.
"¡Ay, Hachet! ¿Intentas combinar con el musgo del cementerio?" se burlaba Laikai, haciendo que sus amigas soltaran risitas agudas. Hachet se encogía de hombros, sintiendo que sus escamas se ponían aún más verdes (señal de vergüenza, por supuesto).
Pero Hachet no podía evitarlo. Le encantaba su risa, su confianza, incluso su… crueldad. Para él, era una crueldad adorable. Un día, la clase de Pociones Avanzadas organizó una excursión al Bosque Encantado para recolectar ingredientes raros. Hachet, tratando de impresionar a Laikai (una vez más), se ofreció a llevar su pesada canasta de setas luminosas.
"¡Ja! ¿De verdad crees que voy a dejar que TÚ cargues mi canasta? Podrías tropezarte y arruinar mis setas brillantes, ¡idiota!" dijo Laikai, arrebatándole la canasta. Hachet sintió que su ojo se ponía de un color marrón fangoso.
Pero entonces, un gruñido resonó entre los árboles. Un Growl-Bear, una criatura peluda y malhumorada con dientes afilados, apareció de entre la maleza. Las amigas de Laikai gritaron y corrieron, pero Laikai, paralizada por el miedo, se quedó plantada como una estatua. Sin pensarlo dos veces, Hachet se interpuso entre Laikai y el Growl-Bear.
"¡Vete, oso apestoso!" rugió Hachet, su ojo brillando con un rojo furioso. El Growl-Bear gruñó y se abalanzó sobre Hachet. En un movimiento rápido, Hachet sacó un puñado de bayas apestosas de su bolsillo (siempre las llevaba consigo, por si acaso) y las arrojó al Growl-Bear. El oso, asqueado por el olor, se detuvo en seco, estornudó ruidosamente y huyó hacia el bosque.
Laikai miró a Hachet con asombro. "Tú… me salvaste," murmuró. Hachet se encogió de hombros, su ojo volviendo a un verde tímido. "Bueno, no iba a dejar que un oso te comiera," dijo, sintiendo que sus escamas se calentaban.
Esa noche, mientras todos dormían en sus cabañas, Laikai se acercó sigilosamente a la cabaña de Hachet. Lo encontró sentado junto a la fogata, mirando las estrellas. "Gracias, Hachet," dijo, su voz suave. "Nunca nadie había hecho algo así por mí."
Hachet la miró, sorprendido. "No fue nada," dijo. "En serio, ten cuidado con los Growl-Bears."
Laikai se sentó junto a él. "Hachet," dijo, "he sido… mala contigo. Lo siento."
Hachet la miró con incredulidad. "¿De verdad?"
Laikai asintió. "Creo que… quizás, en el fondo, me gustas un poco."
El ojo de Hachet se iluminó con un brillo arcoíris. "¡A mí también me gustas! ¡Mucho!" exclamó.
Así comenzó su romance secreto. Se encontraban en la biblioteca a escondidas, se pasaban notas en clase (encriptadas, por supuesto) y se daban la mano en la oscuridad del cine de monstruos. Laikai seguía manteniendo su fachada de chica popular en público, pero en secreto, era dulce y considerada con Hachet.
Un día, la mejor amiga de Laikai, Glenda, los vio tomados de la mano en el jardín de calabazas. "¡Laikai! ¿Qué estás haciendo con Hachet? ¡Es un monstruo raro!" exclamó Glenda.
Laikai se puso roja. "No es asunto tuyo, Glenda," dijo, tomando la mano de Hachet con más fuerza. "Y Hachet no es raro. Es… especial."
Glenda se fue, murmurando cosas sobre reputaciones arruinadas. Laikai miró a Hachet, con lágrimas en los ojos. "¿Qué vamos a hacer?" preguntó.
Hachet tomó su mano. "Vamos a ser nosotros mismos," dijo. "Si a la gente no le gusta, es su problema."
Al día siguiente, Laikai caminó a la escuela de la mano de Hachet. Sus amigas la miraron con incredulidad, pero Laikai mantuvo la cabeza alta. Hachet sintió que su ojo brillaba con orgullo. Sabía que no sería fácil, pero juntos, podrían superar cualquier cosa. Porque su amor era un secreto... monstruosamente hermoso. Al final, la popularidad no importaba tanto como el amor verdadero, incluso si era un poco escamoso y tenía un ojo cambiante.
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