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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes, una niña llamada Hannah. A Hannah le encantaba dibujar. No importaba si era con crayones, pinturas, lápices de colores o incluso con palitos en la arena, ella siempre estaba creando. Su imaginación era un torbellino de formas y colores, y sus dibujos cobraban vida en cada trazo.
Un día, Hannah estaba sentada en su jardín, dibujando un arcoíris. El sol brillaba y los pájaros cantaban, pero algo no estaba bien. Los colores del jardín, las rosas rojas, las margaritas amarillas, la hierba verde, parecían apagados, casi grises. Hannah frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando?
De repente, un pequeño colibrí, con plumas que parecían hechas de polvo de estrellas, se posó en su mano. "¡Ayuda!", pió el colibrí con una vocecita temblorosa. "¡Los colores del mundo se están desvaneciendo! Un mago malvado, el Señor Gris, ha robado todos los colores brillantes y los ha encerrado en su castillo en la Montaña Nublada."
Hannah, con su corazón lleno de valentía y su mochila llena de lápices de colores, decidió ayudar. "No te preocupes, pequeño colibrí", dijo Hannah. "¡Encontraré al Señor Gris y devolveré los colores al mundo!"
Así comenzó la aventura de Hannah. Primero, siguió al colibrí a través del bosque. Los árboles, que normalmente eran de un verde vibrante, parecían cubiertos de polvo. Las flores, que solían ser un festival de colores, eran pálidas y sin vida.
Después de caminar durante horas, llegaron a la Montaña Nublada. La montaña estaba envuelta en una niebla espesa y gris, y un castillo oscuro y amenazante se alzaba en la cima. "Ese es el castillo del Señor Gris", susurró el colibrí, temblando.
Hannah respiró hondo y comenzó a subir la montaña. El camino era empinado y lleno de obstáculos, pero Hannah no se rindió. Sabía que todo el mundo dependía de ella.
Finalmente, llegó a la puerta del castillo. La puerta era enorme y de hierro, con una cerradura que parecía una boca gruñona. Hannah sacó su caja de lápices de colores y comenzó a dibujar una llave. Dibujó una llave dorada, brillante y mágica. Al terminar, la llave saltó del papel y se convirtió en una llave real. Hannah la insertó en la cerradura y la puerta se abrió con un chirrido espeluznante.
Dentro del castillo, todo era gris y oscuro. Hannah caminó por pasillos largos y silenciosos, escuchando solo el eco de sus propios pasos. De repente, escuchó un llanto. Siguió el sonido hasta llegar a una habitación grande y redonda. En el centro de la habitación, había jaulas. Y dentro de las jaulas… ¡estaban los colores! El rojo, el amarillo, el azul, el verde, el naranja, el morado… todos estaban encerrados y tristes.
En una esquina de la habitación, sentado en un trono de piedra, estaba el Señor Gris. Era un hombre alto y delgado, con una barba gris y un traje gris. "¿Quién se atreve a entrar en mi castillo?", gruñó el Señor Gris al ver a Hannah.
"Soy Hannah, y he venido a liberar los colores", respondió Hannah con valentía.
El Señor Gris se rió. "¡Tú, una simple niña? ¡No tienes ninguna posibilidad contra mí!"
"Puede que sea pequeña, pero tengo algo que tú no tienes: ¡imaginación!", dijo Hannah. Sacó su lápiz de colores y comenzó a dibujar. Dibujó un sol brillante que iluminó toda la habitación. Dibujó flores de todos los colores que llenaron el aire con su perfume. Dibujó pájaros cantores que alegraron el corazón de los colores encerrados.
El Señor Gris se tapó los ojos. Los colores brillantes lo estaban debilitando. Hannah siguió dibujando, llenando el castillo con alegría y luz. Los colores encarcelados comenzaron a brillar con fuerza, y las jaulas se abrieron de golpe.
Los colores, libres, se abalanzaron sobre el Señor Gris y lo envolvieron en un torbellino de alegría. El Señor Gris gritó y se encogió hasta convertirse en una pequeña mota de polvo gris que desapareció con el viento.
Hannah y los colores, junto con el colibrí, regresaron al pueblo. Al instante, el mundo se llenó de nuevo de color. Los árboles volvieron a ser verdes, las flores volvieron a florecer con todos sus colores vibrantes, y el sol brilló con más intensidad que nunca.
Hannah fue recibida como una heroína. Pero ella simplemente sonrió y sacó sus lápices de colores. Sabía que mientras tuviera su imaginación, el mundo siempre estaría lleno de color.
Y así, Hannah, la niña que amaba dibujar, salvó el mundo de la tristeza y le devolvió su alegría, un color a la vez.
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