Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMateo llevaba meses oyendo decir a su mamá y a su papá la suerte que iba a tener de ser el hermano mayor. Pero cuando el bebé llegó a casa Mateo más que sentirse contento por ya ser el hermano mayor, se sintió muy triste.
Su nuevo hermanito, que se llamaba Hugo, apenas le dejaba dormir con tanto lloro y, además, ahora tenía que ponerse el solito en su habitación el pijama por la noche mientras su mamá bañaba al pequeñín. Eso no le gustaba. Y es que, ahora, la frase que más escuchaba Mateo en casa era:
- Hazlo tu solito que ya eres mayor.
Antes de que llegara Hugo a casa, a Mateo le gustaba decir que ya era grande, que era mayor. Había cumplido tres años e iba a empezar en el colegio de los mayores y le gustaba presumir de ello. Se había sentido muy orgulloso cuando aprendió a montar en el patinete porque oyó a su papá decir:
- ¡Qué grande es mi niño!
También su mamá le había felicitado por saber los números y ya poder contar hasta 20:
- ¡Pero cómo ha crecido mi niño!, le había dicho su mamá.
Sin embargo, Mateo ahora dudaba de que ser mayor o grande fuera algo bueno. Y aunque su mamá y su papá seguían jugando mucho con él y le decían que tenía que querer y cuidar a su hermanito, a Mateo Hugo no le caía bien. El pequeñín no hacía nada, sólo lloraba, comía y dormía. Y eso, no era divertido.
Una tarde, mientras Mateo jugaba con sus coches en el salón, escuchó a Hugo llorar con más fuerza de lo habitual. Su mamá estaba ocupada terminando de preparar la cena y su papá estaba en el jardín regando las plantas. Mateo suspiró. ¡Otro lloro! Se levantó de mala gana y se acercó a la cuna de Hugo. Allí estaba, con la carita roja y los ojitos llenos de lágrimas.
Mateo, sin saber muy bien qué hacer, le tendió un dedo. Hugo, sorprendentemente, lo agarró con fuerza con su manita diminuta. Y entonces, algo mágico sucedió. Hugo dejó de llorar. Sus ojitos se abrieron y, por primera vez, una sonrisa iluminó su carita. Era una sonrisa pequeña y tímida, pero una sonrisa al fin y al cabo.
Mateo se quedó asombrado. Nunca había visto a Hugo sonreír. Sintió una cosquilla extraña en el estómago, una sensación que no había experimentado antes. Era algo parecido a la alegría, pero más grande, más fuerte. Era la alegría de haber hecho feliz a su hermanito.
- ¡Mamá, papá!, gritó Mateo emocionado. - ¡Hugo me ha sonreído!
Sus padres corrieron al salón. Al ver la escena, se les iluminaron los ojos. Sabían que ese era el principio de algo muy especial.
Desde ese día, todo cambió. Mateo empezó a acercarse a Hugo con más frecuencia. Le contaba historias, le cantaba canciones y le hacía cosquillas en la barriguita. Hugo, a su vez, le respondía con sonrisas y balbuceos. Mateo descubrió que Hugo no era tan aburrido como pensaba. Descubrió que, aunque todavía no podía jugar a los coches o montar en patinete, era un compañero de risas perfecto.
Un día, mientras Mateo intentaba construir una torre de bloques, Hugo empezó a llorar desconsoladamente. Mateo, recordando la sonrisa que le había regalado la primera vez, se acercó a él y le cantó una canción de cuna que su mamá le cantaba cuando era pequeño. Hugo, poco a poco, se fue calmando hasta quedarse dormido plácidamente.
Mateo se sintió orgulloso de sí mismo. Había conseguido calmar a su hermanito. Se dio cuenta de que ser mayor no era sólo ponerse el pijama solo o ir al colegio de los mayores. Ser mayor también significaba cuidar de los demás, proteger a los que son más pequeños y compartir el amor con la familia.
Con el tiempo, Mateo y Hugo se convirtieron en inseparables. Jugaban juntos, se reían juntos y se consolaban mutuamente cuando estaban tristes. Mateo aprendió a tener paciencia con Hugo, a entender sus necesidades y a disfrutar de su compañía. Y Hugo, a su vez, aprendió a querer y admirar a su hermano mayor.
Mateo al fin había aprendido a querer a Hugo. Ya no le importaba tener que ponerse el pijama solo o que su mamá le prestara más atención al bebé. Sabía que tenía algo mucho más valioso: un hermano pequeño al que cuidar y amar. Y eso, era la mejor suerte del mundo.
Fue entonces cuando Mateo descubrió y supo que iba a jugar y a divertirse mucho con su hermano, solo tenía que tener paciencia y que día a día, ambos, juntos, crearían más sonrisas.
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