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Gratis · elegí una vozIan tenía cinco años y vivía en una colonia donde las calles eran de tierra. Le encantaba corretear por ahí, sintiendo la tierra suave entre los dedos de sus pies. Su mejor amiga, aunque muy diferente a él, era Alessandrita. Ella también tenía cinco años y era su vecina, además de compañera de kínder.
Alessandrita era como una princesita. Siempre andaba con vestidos floreados, zapatitos brillantes y un lazo enorme en el pelo. Era dulce, tierna y nunca se ensuciaba. Ian, por otro lado, era el rey del polvo. Le gustaba andar descalzo, a veces hasta en calzoncillos, con los pies llenos de tierra y la camisa manchada de quién sabe qué.
Tenía una bicicleta roja, vieja y un poco oxidada, pero era su tesoro. Se pasaba el día pedaleando por las calles polvorientas, a veces demasiado rápido. ¡Pum! Casi siempre terminaba en el suelo, con las rodillas raspadas y un buen chichón en la frente. A Ian no le importaba. Se levantaba, se sacudía la tierra y volvía a subirse a su bicicleta, riendo a carcajadas.
Christopher, su hermano mayor de doce años, era un experto en molestarlo. “¡Miren al Tarzán de la colonia!” gritaba Christopher, señalando a Ian con el dedo. Pero Ian no se quedaba callado. Se defendía con patadas, mordiscos y gritos, hasta que Christopher se aburría y lo dejaba en paz.
Ian tenía dos amigos muy especiales: Rachel y Jorge. Ellos ya estaban casados y vivían en una casita con un patio lleno de flores. A Ian le encantaba visitarlos. Rachel siempre le daba galletas recién horneadas y Jorge lo dejaba ayudarlo a regar las plantas.
El papá de Ian, Tito, trabajaba en la fábrica. Barria los pisos y también llevaba fresco a las muchachas que trabajaban ahí. Jorge trabajaba con él. Tito llegaba a casa cansado, pero siempre tenía una sonrisa para Ian. La mamá de Ian, en cambio, pasaba todo el día en la casa. Nadie la ayudaba a hacer nada. Además de las labores del hogar, vendía topogigios, pequeños dulces con forma de ratón, para ayudar con los gastos.
Un día, Ian estaba jugando con su bicicleta cuando vio a Alessandrita sentada en la banqueta, llorando. Se había caído y raspado la rodilla. Ian, a pesar de ser el rey del polvo y los raspones, sintió pena por Alessandrita. Se acercó a ella con cuidado.
“¿Te duele mucho?” le preguntó Ian, señalando su rodilla raspada.
Alessandrita asintió con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
Ian pensó un momento. Luego, con una sonrisa, dijo: “¡Yo sé cómo curar eso! Ven conmigo.”
Ian llevó a Alessandrita a su casa. Su mamá estaba en la cocina, preparando topogigios. Al ver a Alessandrita llorando, se preocupó.
“¿Qué le pasó a la princesita?” preguntó la mamá de Ian.
“Se cayó y se raspó la rodilla,” explicó Ian.
La mamá de Ian limpió la rodilla de Alessandrita con agua y jabón. Luego, le puso una curita con un dibujo de un oso panda. Alessandrita dejó de llorar.
Ian sonrió. “¡Ya ves! Ahora te toca una recompensa,” dijo Ian.
Llevó a Alessandrita al patio trasero, donde tenía su tesoro más preciado: un bote lleno de tierra y piedras brillantes que había recogido en sus aventuras. Le ofreció una piedra brillante a Alessandrita.
“Toma, esto te hará sentir mejor,” dijo Ian.
Alessandrita sonrió y tomó la piedra brillante. Nunca antes había tenido una piedra tan bonita. Se dio cuenta de que, aunque Ian fuera el rey del polvo, tenía un corazón de oro.
Desde ese día, Ian y Alessandrita se hicieron aún más amigos. A veces, Alessandrita se animaba a ensuciarse un poco jugando con Ian en la calle. Y Ian, a veces, se ponía un poco de agua en el pelo para verse más presentable para Alessandrita. Aprendieron que, aunque fueran diferentes, podían ser grandes amigos y cuidarse mutuamente. Ian siguió siendo el rey del polvo, y Alessandrita siguió siendo la princesita, pero ahora ambos sabían que la verdadera amistad no se trataba de cómo te ves, sino de lo que tienes en el corazón.
Christopher seguía molestando a Ian, pero ahora Alessandrita lo defendía. Rachel y Jorge siempre les daban galletas a los dos amigos. Y Tito, el papá de Ian, seguía barriendo la fábrica, llevando fresco y sonriendo al ver a su hijo feliz, aunque estuviera cubierto de polvo. La mamá de Ian, seguía vendiendo topogigios y observando a Ian y Alessandrita jugar desde la ventana, sonriendo también. La colonia con calles de tierra era su reino, y Ian y Alessandrita eran los reyes de la amistad.
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