Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozEra la tarde un lienzo marchito, y el palacio de viejas memorias
erguíase como un anciano de mármol, testigo de los siglos, donde el
tiempo, cual espectro inasible, danzaba entre las columnas arrastradas
por la melancolía. Carlos Cato, un joven de alma aún intacta por el
desengaño, sumergía su vista en los pliegues amarillentos de un libro
cuyas letras parecían susurrar secretos de otra era.
Mas, ¡oh, misterio sin igual! Aquellas palabras, antes dóciles
prisioneras del pergamino, comenzaron a retorcerse, a convertirse en
símbolos indescifrables. Las páginas, poseídas, adquirieron vida
propia y, en un parpadeo, un infante de inusual apariencia emergió de
las entrañas del códice.
—¡Por fin alguien me escucha! —exclamó con voz semejante al eco de
la lejanía.
Carlos Cato sintió el peso de lo irreal sobre su pecho. El niño, no
hecho de carne ni hueso, parecía forjado en esquemas y números, con
ojos fulgurantes donde yacían ríos de sabiduría encerrada.
—¿Quién eres, criatura? —dijo el joven, cuya razón luchaba por no
extraviarse en lo imposible.
—Soy Inovo , la señal de un porvenir que se diluye entre las sombras
del olvido —musitó el niño, y su voz tenía la cadencia de un reloj
descompuesto—. El mundo me ha dado la espalda, y con mi ocaso, se
apagan la ciencia.
Carlos Cato rió, mas su risa fue amarga, nacida de la incredulidad. ¿No
era aquella la misma Innovación de la que sus maestros hablaban con
tonos elocuentes? ¿Cómo podía, pues, presentarse ante él como un
moribundo espíritu?
—¡Oh, frágil juventud, ciega ante la tempestad que se sacude! —
lamentó el niño—. Sin la chispa que enciende el genio, la industria se
convierte en ruinas y la infraestructura en sepulcros de piedra. ¡Necio
es aquel que no ve el nido de oportunidades en la llama de la
invención!
Carlos Cato, hasta entonces mero espectador del drama de su entorno,
sintió abrirse en su pecho una duda desconocida: la duda del
entendimiento. Recordó el aire que envenenaba sus calles, los
carruajes humeantes que atestaban los caminos, la falta de ganas de
quienes, cegados por la costumbre, permitían la decadencia sin alzar
la voz.
—Tal vez… —balbuceó, como si sus labios temieran pronunciar lo
impensado—, tal vez podríamos hallar en las energías limpias la
respuesta a este caos.
Los ojos del niño brillaron cual astros renacidos.
—¡He ahí la semilla de la transformación! —exclamó—. Pero no basta
con soñar, pues los sueños son nubes si no se llevan a cabo.
Llamemos, pues, a quienes forjan la materia con sus manos.
Al instante, del polvo de los tomos emergieron dos figuras: un joven
de semblante serio, cuyos dedos parecían haber moldeado las
entrañas mismas de la tierra, y otro, ceñido con planos y herramientas,
cya mirada calculadora trazaba senderos en el aire.
—Soy el pionero astuto —dijo el primero, con voz de grave —. El
mundo avanza al ritmo de nuestras manos, más sin mentes osadas que
nos guíen, nos convertimos en autómatas de la repetición.
—Y yo, el picaro de la infraestructura —añadió el otro, con el
juramento de quien levanta templos—. No hay progreso sin puentes
bien cimentados, sin caminos que conduzcan a horizontes fértiles.
Carlos Cato sintió el peso de su propia existencia inclinarse hacia un
destino inesperado. ¿No era él, acaso, una pieza más de ese engranaje
llamado mundo?
—Si el ingenio forja la industria, y la industria erige la estructura del
porvenir… —murmuró—, entonces cada mente despierta es un alba, y
cada idea, una piedra sobre la cual se edifica el mañana.
Los tres espectros sonrieron con la satisfacción de quien entrega un
legado a manos dignas. Su esencia, cual neblina matinal, comenzó a
desvanecerse entre los jirones de la luz mortecina que se filtraba por
los vitrales de la biblioteca.
—Recuerda, joven soñador: la voluntad es el cincel del destino. —
fueron las últimas palabras del picaro antes de disolverse en el aire.
Carlos Cato quedó solo, mas no en soledad. Frente a él, los libros ya
no eran simples portadores de letras muertas: eran oráculos, puertas
entreabiertas a mundos posibles. Tomó su pluma con manos firmes y
comenzó a escribir, pues había comprendido, al fin, que el
pensamiento sin acción es humo, pero la acción nacida del
pensamiento es inmortal.
Y así, bajo la bóveda de la noche que testificaba su propósito, Carlos
Cato supo que su historia apenas comenzaba.
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