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Iván era una papa muy especial. No era una papa cualquiera que esperaba ser horneada o convertida en puré. ¡No, señor! Iván era una papa servicial, la más servicial de todo el huerto de Don Eusebio. Todos los días, Iván se despertaba con el sol y decía, "¡Hola, mundo! ¡Hoy es un día para ayudar!"
Un día, Don Eusebio, un hombre mayor con una barba blanca como la nieve y un sombrero de paja, se acercó al huerto con el ceño fruncido. "¡Ay, ay, ay!" exclamó. "¡Mis herramientas están todas desordenadas! ¡Necesito encontrar mi pala para plantar los nuevos tomates!"
Iván, que estaba escuchando atentamente, rodó hasta estar justo al lado de Don Eusebio. "¡Hola, Don Eusebio!", exclamó Iván. "¡Está la sirve?" (¿Puedo ayudar?)
Don Eusebio se sorprendió al ver una papa parlante. Nunca había visto algo así. Pero Don Eusebio era un hombre de mente abierta, así que respondió, "¡Vaya, una papa que habla! Bueno, Iván, ¡sí que me vendría bien una mano! Necesito encontrar mi pala. Está perdida entre todas estas herramientas."
Iván, aunque era una papa pequeña, era muy observador. Había notado que la pala tenía un mango rojo brillante. "¡Creo que puedo ayudar!", dijo Iván. Rodó y rodó entre las herramientas, esquivando rastrillos y azadas, hasta que... ¡allí estaba! La pala, escondida debajo de una carretilla.
"¡Aquí está, Don Eusebio!", gritó Iván, señalando con una de sus pequeñas protuberancias (porque, claro, las papas no tienen dedos). Don Eusebio, con una sonrisa en su rostro, recogió la pala. "¡Muchas gracias, Iván! ¡Eres una papa muy servicial!", dijo Don Eusebio. "Te recompensaré con el mejor lugar en el huerto, justo al lado de los tomates que voy a plantar."
Iván se sintió muy feliz. Le encantaba ayudar a los demás. Y estar al lado de los tomates significaba tener sol y agua fresca todos los días. ¡Era el mejor lugar para una papa servicial!
Al día siguiente, llegó la Señora Hortensia, la vecina de Don Eusebio, con una cesta llena de fresas. "¡Ay, Dios mío!", exclamó la Señora Hortensia. "¡No puedo alcanzar las moras más altas! ¡Necesito hacer una tarta de moras para el festival del pueblo!"
Iván, siempre atento, rodó hasta estar cerca de la Señora Hortensia. "¡Hola, Señora Hortensia! ¡Está la sirve?", preguntó Iván.
La Señora Hortensia se sorprendió aún más que Don Eusebio al ver una papa parlante. Pero, al igual que Don Eusebio, era una persona amable. "¡Hola, Iván! ¡Una papa que habla! Bueno, sí, me vendría bien ayuda. ¿Crees que puedes alcanzar las moras más altas?"
Iván pensó por un momento. Él solo era una papa pequeña. No podía alcanzar las moras por sí solo. Entonces, tuvo una idea. "¡Necesito ayuda!", dijo Iván. Rodó hasta donde estaban las zanahorias, altas y delgadas. "¡Hola, zanahorias! ¿Podrían ayudarme a alcanzar las moras para la Señora Hortensia?"
Las zanahorias, que siempre estaban dispuestas a ayudar, se estiraron lo más que pudieron. Iván rodó y se apoyó en la zanahoria más alta. Juntos, eran lo suficientemente altos para alcanzar las moras más jugosas.
La Señora Hortensia estaba encantada. Recogió las moras y llenó su cesta. "¡Muchas gracias, Iván y zanahorias! ¡Son unos vecinos maravillosos!", dijo la Señora Hortensia. "Les recompensaré con un poco de mi tarta de moras."
Iván y las zanahorias se sintieron muy orgullosos. Habían trabajado juntos para ayudar a la Señora Hortensia. Y sabían que la tarta de moras sería deliciosa.
Así pasaron los días. Iván siempre estaba dispuesto a ayudar a cualquiera que lo necesitara. Ayudó a las abejas a encontrar flores, a los gusanos a cavar túneles y a los espantapájaros a asustar a los pájaros.
Una tarde, Don Eusebio estaba sentado en su porche, observando el huerto. Vio a Iván rodando de un lado a otro, ayudando a todos. Don Eusebio sonrió. Sabía que tenía la papa más especial del mundo. Y estaba muy agradecido de tener a Iván en su huerto.
"Iván", llamó Don Eusebio. "¡Ven aquí un momento!"
Iván rodó hasta el porche. "¿Sí, Don Eusebio?", preguntó Iván.
"Quería decirte gracias", dijo Don Eusebio. "Gracias por ser una papa tan servicial. Haces que este huerto sea un lugar mejor."
Iván se sonrojó (si las papas pudieran sonrojarse). "De nada, Don Eusebio", dijo Iván. "Me encanta ayudar."
Don Eusebio le dio una palmadita a Iván. "Lo sé", dijo Don Eusebio. "Y eso es lo que te hace tan especial."
Desde ese día en adelante, Iván fue conocido en todo el pueblo como "Iván, la Papa Servicial". Y aunque era solo una papa pequeña, hizo una gran diferencia en el mundo. Porque Iván sabía que incluso la papa más pequeña puede hacer algo grande si tiene un corazón servicial.
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