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En el corazón de un reino bañado por el sol, donde las dunas de arena cantaban con el viento, vivía la princesa Jazmín. A sus diez años, Jazmín no era una princesa común; prefería los mapas antiguos a las joyas y las historias de horizontes lejanos al rígido protocolo del palacio. Poseía una melena negra azabache, siempre recogida con una cinta turquesa, y unos ojos que buscaban constantemente algo que el desierto no podía darle: lo inesperado.
Una tarde, mientras exploraba un oasis secreto tras los muros de la ciudad, Jazmín vio algo que desafiaba toda lógica. Un conejo blanco, vestido con un chaleco de brocado y consultando un reloj de bolsillo, corría frenéticamente entre las palmeras. «¡Llego tarde, por las barbas de un dromedario, llego tarde!», exclamaba el animal. Sin dudarlo, Jazmín lo siguió hasta que el conejo desapareció dentro de una madriguera oculta bajo las raíces de un viejo sicomoro. Al asomarse, la tierra pareció desvanecerse y la princesa comenzó a caer.
Pero no fue una caída aterradora. El aire era denso y dulce, y a su alrededor flotaban objetos imposibles: alfombras que tomaban el té, lámparas que daban luz de colores neón y espejos que reflejaban mundos invertidos. Al aterrizar, se encontró en un bosque donde las flores cantaban ópera en un idioma olvidado. Allí, sobre la rama de un árbol de cristal, apareció una sonrisa flotante que luego reveló a un felino de rayas púrpuras.
—Bienvenida, Jazmín de las Arenas —ronroneó el Gato de Cheshire—. Aquí, el sentido es un invitado poco frecuente y el sinsentido es el rey.
Jazmín, manteniendo la compostura real, preguntó por el conejo. El gato señaló con su cola hacia un camino que cambiaba de dirección cada vez que se le miraba fijamente. Siguiendo sus indicaciones, Jazmín llegó a un claro donde se celebraba una merienda eterna. El Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo discutían acaloradamente sobre si el tiempo era un caballero o una ilusión persistente.
—¡No hay sitio! —gritaron al verla, aunque la mesa era kilométrica.

—Hay sitio de sobra para quien sabe observar —respondió Jazmín con elegancia, sentándose entre teteras que silbaban melodías de jazz.
La princesa aprendió que en este mundo, las reglas del palacio no servían de nada. El Sombrerero le explicó que para avanzar debía dejar de intentar comprender y empezar a imaginar. Tras un té que sabía a recuerdos de infancia, Jazmín continuó su viaje hasta el jardín de la Reina de Corazones. El paisaje era un tablero de ajedrez gigante donde los soldados eran naipes vivientes pintando rosas blancas de color rojo.
La Reina, una mujer de temperamento volcánico, desafió a Jazmín a un partido de croquet utilizando flamencos como mazos. Sin embargo, el juego era un caos absoluto. La Reina, furiosa porque las pelotas no obedecían, gritó su famosa sentencia: «¡Que le corten la cabeza!». Los naipes rodearon a Jazmín, pero ella, recordando las palabras del Sombrerero, no sintió miedo.
—Su Majestad —dijo Jazmín con voz firme y melodiosa—, su reino es vasto, pero carece de la simetría del desierto. En mi hogar, el viento moldea las dunas con paciencia, no con gritos. Si desea que las rosas sean rojas, pídales que le cuenten sus sueños de fuego, no las amenace con el olvido.
La Reina, desconcertada por tal despliegue de diplomacia y metáfora, bajó su cetro. Nadie le había hablado nunca con tanta sabiduría y serenidad. El mundo de las maravillas comenzó a vibrar, los colores se mezclaron como una pintura al óleo bajo la lluvia. Jazmín sintió que el aroma del jazmín de su jardín volvía a envolverla.
Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo bajo el sicomoro. El conejo blanco ya no estaba, pero en su mano Jazmín sostenía un pequeño pétalo de rosa que cambiaba de color, del blanco al rojo y de vuelta al blanco. Comprendió que la verdadera aventura no consistía en gobernar un reino de leyes estrictas, sino en gobernar su propia imaginación en un universo donde todo es posible. Desde aquel día, la princesa Jazmín fue conocida como la soberana más sabia, pues sabía que, a veces, para encontrar el camino correcto, primero hay que perderse en un mundo de maravillas.
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