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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en una casa pintada de color pastel con un jardín lleno de rosas, un pequeño ratón llamado Jerry. Jerry vivía en las paredes de esta hermosa casa, construyendo su hogar entre las vigas y el suave relleno. La casa era habitada por una niña de ojos brillantes llamada Dorothy, quien siempre reía mientras jugaba con sus muñecas. Pero Dorothy no era la única habitante. También vivía el Señor Bigotes, un gato siamés de pelaje sedoso y ojos azules penetrantes.
Jerry, aunque pequeño, era un ratón valiente y curioso. Le encantaba explorar los rincones ocultos de la casa, siempre con cuidado de no cruzarse en el camino del Señor Bigotes. Sabía que el gato, aunque elegante y aparentemente dormilón, era un cazador nato. La vida de Jerry era una constante danza entre la aventura y la precaución.
Un día, Jerry descubrió algo inusual. Mientras correteaba por detrás de un zócalo en el salón, escuchó una melodía suave y tintineante. Era una música extraña, como si la propia casa estuviera cantando. Intrigado, Jerry siguió el sonido, moviéndose con cautela entre el entramado de madera. La música se hacía más fuerte a medida que se acercaba a una pared en particular.
La pared estaba cubierta por un tapiz bordado con flores y pájaros. Jerry, con sus pequeños dientes afilados, royó un agujero diminuto en el tapiz. Lo que vio al otro lado lo dejó boquiabierto. Allí, en un pequeño hueco oculto, había una caja de música antigua. La caja estaba hecha de madera oscura y adornada con incrustaciones de nácar.
La caja de música era la fuente de la melodía. Jerry se acercó y observó cómo un pequeño bailarín de porcelana giraba lentamente al compás de la música. La melodía era hipnótica, llena de alegría y tristeza a la vez. Jerry sintió una conexión instantánea con la caja de música y su melodía.
Pero Jerry no era el único que había escuchado la música. El Señor Bigotes, despertado de su siesta por el sonido, se acercó sigilosamente al salón. Sus ojos azules se entrecerraron mientras escudriñaba la habitación. Olfateó el aire y detectó un aroma familiar: el olor a ratón.
El Señor Bigotes siguió el rastro del olor hasta el zócalo detrás del tapiz. Con un salto ágil, se subió a un mueble cercano y comenzó a arañar el tapiz. Jerry, al oír el ruido, supo que estaba en peligro. Rápidamente, se escondió detrás de la caja de música, esperando lo peor.
El Señor Bigotes logró arrancar un pedazo del tapiz, revelando el agujero que Jerry había hecho. Asomó la cabeza y vio a Jerry acurrucado detrás de la caja de música. Sus ojos brillaron con anticipación. Estaba a punto de abalanzarse sobre Jerry cuando escuchó la voz de Dorothy.
"¡Señor Bigotes! ¿Qué estás haciendo?" gritó Dorothy, entrando al salón. El Señor Bigotes, sorprendido por la repentina aparición de Dorothy, se detuvo en seco. Dorothy se acercó y vio el tapiz dañado. "¡Oh, no! ¿Qué has hecho?", exclamó, frunciendo el ceño.
Dorothy se acercó al tapiz y descubrió el agujero. Miró a través del agujero y vio la caja de música. Nunca antes había visto esa caja de música en la casa. Intrigada, tiró del tapiz y descubrió el hueco oculto.
"¡Qué maravilla!", exclamó Dorothy, tomando la caja de música en sus manos. La caja de música era fría y suave al tacto. Dorothy le dio cuerda y el pequeño bailarín de porcelana comenzó a girar, llenando la habitación con la melodía encantadora. Dorothy cerró los ojos y escuchó la música, sintiendo una paz profunda.
Mientras Dorothy disfrutaba de la música, Jerry aprovechó la oportunidad para escapar. Corrió rápidamente por el agujero y se escondió de nuevo en las paredes de la casa. El Señor Bigotes, frustrado por haber perdido a su presa, se acurrucó a los pies de Dorothy, ronroneando suavemente.
Dorothy, después de un rato, colocó la caja de música en un estante especial en el salón. Decidió que la caja de música era un tesoro que debía ser apreciado. A partir de ese día, Dorothy a menudo tocaba la caja de música, llenando la casa con su melodía mágica.
Jerry, desde su escondite en las paredes, también disfrutaba de la música. Se dio cuenta de que la caja de música no solo era hermosa, sino que también había traído paz y armonía a la casa. Incluso el Señor Bigotes parecía estar más tranquilo cuando la música sonaba.
Un día, Jerry decidió hacerle un regalo a Dorothy. Trabajó diligentemente durante varios días, recogiendo pequeñas flores y hojas secas del jardín. Con cuidado, tejió una pequeña corona para Dorothy, adornándola con los pétalos más coloridos.
Cuando terminó la corona, Jerry esperó a que Dorothy estuviera sola en el salón. Cuando llegó el momento, Jerry salió de su escondite y colocó la corona en el suelo, cerca de los pies de Dorothy. Luego, se escondió de nuevo, esperando su reacción.
Dorothy vio la corona y se sorprendió. No sabía quién la había puesto allí, pero sintió un agradecimiento profundo. Recogió la corona y la colocó en su cabeza. Se sintió como una princesa, coronada con un regalo de la naturaleza.
Dorothy nunca supo que Jerry era el responsable de la corona, pero sintió que la casa tenía un espíritu mágico. A partir de ese día, Dorothy cuidó aún más de la casa y de sus habitantes, incluyendo al Señor Bigotes y, sin saberlo, al pequeño Jerry.
Y así, Jerry el ratón, Dorothy la niña y el Señor Bigotes el gato vivieron juntos en la casa cantarina, cada uno contribuyendo a la magia y la armonía del hogar. Jerry aprendió que incluso los seres más pequeños pueden hacer grandes cosas, y que la bondad y la música pueden unir a todos, incluso a un ratón, una niña y un gato.
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