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Jesús era un niño de ocho años muy curioso que amaba los barcos. Aquella mañana, se encontraba en la cubierta de un enorme crucero que cruzaba el Canal de Panamá. Mientras su familia tomaba fotos, Jesús notó algo extraño en el agua. Cerca del Corte Culebra, una neblina dorada y espesa comenzó a rodear la proa del barco. De repente, el sonido de los motores modernos desapareció, reemplazado por el estruendo de máquinas de vapor y gritos de hombres trabajando.
Cuando la niebla se disipó, Jesús ya no estaba en un crucero de lujo. Se encontraba sobre una barcaza de madera cargada de rocas. A su alrededor, el paisaje era drásticamente diferente. No había selva virgen a los lados, sino una herida gigante en la tierra roja. Miles de hombres con sombreros de tela y chalecos sudorosos trabajaban sin descanso. Jesús se dio cuenta de que había viajado al pasado: estaba en plena construcción del canal, a principios del siglo XX.
—¡Cuidado, muchacho! —gritó un hombre joven de piel morena y sonrisa amable que cargaba un pico—. No es lugar para que un niño ande distraído. Me llamo Carlos, ¿de dónde vienes con esa ropa tan brillante?
Jesús, asombrado por el color amarillo vibrante de su propia camiseta frente al sepia del pasado, respondió con timidez: —Vengo de muy lejos, Carlos. ¿Es esto el Canal de Panamá?

Carlos se secó el sudor de la frente. —Así es. Estamos moviendo montañas, literalmente. Es un trabajo duro, hace mucho calor y a veces el ánimo flaquea, pero sabemos que esto cambiará el mundo.
Jesús acompañó a Carlos durante lo que pareció toda una tarde. Vio cómo las enormes palas de vapor excavaban toneladas de tierra bajo un sol implacable. Observó a los trabajadores compartir su escasa comida con alegría y cómo se daban ánimos unos a otros a pesar del cansancio extremo. No había aire acondicionado, ni teléfonos, ni las comodidades que Jesús tenía en su hogar. Sin embargo, Carlos y sus compañeros hablaban con orgullo de su labor.
—¿Por qué sonríen si están tan cansados? —preguntó Jesús.
—Porque tenemos la oportunidad de construir algo que durará para siempre —respondió Carlos—. Estamos agradecidos de tener este trabajo y de que nuestras manos sean las que unan dos océanos. La gratitud nos da fuerzas cuando el cuerpo ya no puede más.

Jesús recordó cuántas veces se había quejado por pequeñas cosas: porque el Wi-Fi era lento o porque su comida no era su favorita. Al ver el esfuerzo monumental de aquellos hombres, sintió una punzada en el corazón. Todo lo que él disfrutaba en el futuro existía gracias al sudor y la valentía de personas como Carlos.
De repente, la neblina dorada volvió a aparecer. Jesús sintió un tirón en el pecho. —¡Gracias, Carlos! ¡Gracias por todo lo que están haciendo! —gritó mientras el mundo de 1910 se desvanecía.
Cuando abrió los ojos, Jesús estaba de nuevo en la barandilla del crucero moderno. El barco se deslizaba suavemente por las esclusas de Miraflores, que ahora lucían limpias y majestuosas. Miró a su alrededor y vio a los empleados del canal operando las locomotoras con precisión. Se acercó a un trabajador de la cubierta y, con una gran sonrisa, le dijo: —Muchas gracias por cuidar este canal y por su trabajo diario.
Sus padres lo miraron sorprendidos, pero Jesús simplemente abrazó a su mamá. Había aprendido que cada puente, cada camino y cada gran obra es un regalo del pasado que debemos valorar cada día con el corazón lleno de reconocimiento.
La gratitud es la memoria del corazón que reconoce el esfuerzo de quienes construyeron nuestro presente.
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