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Gratis · elegí una vozJoel era un niño especial. No era especial porque supiera volar o porque tuviera una capa mágica. Era especial porque se cansaba muy, muy rápido. Subir dos escalones era como escalar una montaña para él. Correr detrás de una mariposa lo dejaba sin aliento como si hubiera corrido una maratón. Y, lo peor de todo, se le caía la raja… ¡pero de risa! Sí, Joel era un niño que se cansaba rápido, pero también era un niño muy divertido.
Un día, Joel estaba jugando en el parque. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y el tobogán lo llamaba a gritos. Joel, con su energía limitada, decidió que hoy era un día de tobogán. Subió los escalones, uno a la vez, tomando pequeñas pausas entre cada uno. Llegó a la cima, jadeando, pero con una sonrisa triunfal. Se deslizó por el tobogán, y ¡zas!, llegó al final con una explosión de risa. Se le cayó la raja de tanto reír.
De repente, Joel notó algo extraño. Su raja… ¡no estaba! Normalmente, después de reírse mucho, sentía un cosquilleo en la barriga y la raja volvía a su lugar. Pero esta vez, nada. Joel se preocupó. ¿Dónde estaba su raja? Sin su raja, ¿cómo iba a reírse? Sin reírse, ¿cómo iba a divertirse?
Joel decidió que tenía que encontrar su raja. Empezó a buscar por todo el parque. Miró debajo del tobogán, detrás de los árboles, incluso dentro de la papelera (¡puaj!). Pero nada. Su raja no estaba por ninguna parte.
Estaba a punto de rendirse cuando vio a una ardilla correteando con algo brillante en sus patitas. Joel se acercó con cautela. ¡Era su raja! La ardilla parecía estar usándola como un espejo, admirando su propio reflejo.
"¡Oye, ardilla!", dijo Joel con voz suave, "Esa es mi raja. ¿Me la podrías devolver, por favor?".
La ardilla lo miró con sus ojitos brillantes y luego sacudió la cabeza. Parecía que no tenía ninguna intención de devolver la raja de Joel. Joel pensó un momento. ¿Qué podía hacer para convencer a la ardilla?
Recordó que su mamá siempre le decía que la mejor manera de hacer amigos era compartiendo. Así que Joel rebuscó en su bolsillo y encontró una pequeña galleta de avena que su abuela le había preparado. Se la ofreció a la ardilla.
"Mira, ardilla", dijo Joel, "Te doy esta galleta si me devuelves mi raja".
La ardilla miró la galleta, luego miró a Joel, y luego volvió a mirar la galleta. Parecía estar sopesando la situación. Finalmente, soltó la raja y agarró la galleta con sus patitas. Empezó a comérsela con entusiasmo.
Joel recogió su raja. Estaba un poco sucia, pero no importaba. Estaba feliz de tenerla de vuelta. Se la puso en su lugar, sintió el cosquilleo familiar en su barriga, y soltó una gran carcajada. Se le cayó la raja de nuevo, pero esta vez, ¡era porque estaba feliz!
Joel aprendió una lección importante ese día. A veces, las cosas más importantes de la vida, como la risa y la felicidad, pueden perderse. Pero con un poco de esfuerzo, ingenio y una galleta de avena, siempre se pueden encontrar. Y aunque se cansara rápido, nunca se cansaría de reír. Porque reír, para Joel, era la mejor aventura de todas.
Después de recuperar su raja, Joel decidió que necesitaba descansar. Se sentó debajo de un árbol y cerró los ojos. El sol le calentaba la cara y el sonido de los pájaros lo arrullaba. Estaba tan relajado que se quedó dormido.
Mientras dormía, soñó que volaba. No necesitaba alas ni una capa mágica. Simplemente volaba, impulsado por su propia risa. Volaba por encima de las montañas, por encima de los océanos, por encima de las nubes. Y en cada lugar que visitaba, dejaba una raja de risa para que todos pudieran disfrutarla.
Cuando despertó, Joel se sentía renovado. Ya no se sentía tan cansado. Tal vez el sueño le había dado un poco de energía extra. Se levantó, sonrió, y corrió hacia el tobogán. Esta vez, subió los escalones con más facilidad. Se deslizó por el tobogán, y ¡zas!, llegó al final con una explosión aún mayor de risa. Porque ahora sabía que, aunque se cansara rápido, siempre tendría la risa para impulsarlo adelante.
Y así, Joel siguió siendo un niño especial. Un niño que se cansaba rápido, pero que siempre encontraba la manera de reír y de disfrutar de la vida. Un niño con una raja muy especial… ¡una raja que siempre estaba lista para caerse de risa!
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