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Había una vez un niño de ocho años llamado Jorge, que vivía en un pueblo donde las tardes siempre olían a jazmín y a tierra mojada. Jorge era un niño curioso, con el cabello castaño siempre despeinado y una camiseta amarilla que era su favorita porque decía que le daba la energía del sol. Todos los días, después de terminar sus deberes escolares, Jorge corría hacia la Plaza de los Sauces, un lugar mágico lleno de árboles antiguos cuyas ramas tocaban casi el suelo, creando escondites perfectos para un explorador.
Aquella tarde de martes era diferente. El sol brillaba con un tono dorado especial mientras Jorge se sentaba en su banco de madera preferido para leer un libro de aventuras. De repente, un sonido suave rompió el silencio del parque. No era el viento moviendo las hojas, ni el canto de los pájaros. Era un pequeño gemido que provenía de debajo del banco. Jorge, con el corazón latiendo un poco más rápido, se inclinó con cuidado. Allí, entre las sombras y algunas hojas secas, encontró dos ojos brillantes que lo observaban con timidez. Era un perro, un cruce de golden retriever con el pelo algo alborotado y una oreja izquierda que siempre parecía estar doblada hacia adelante, dándole un aire de constante confusión y ternura.
—Hola, amiguito —susurró Jorge, extendiendo su mano lentamente para no asustarlo—. ¿Qué haces aquí solito?
El perro dudó un momento, pero el tono dulce de Jorge lo convenció. Salió de su escondite moviendo la cola con timidez. Estaba un poco flaco, pero su mirada rebosaba de una inteligencia que Jorge nunca había visto en otro animal. Jorge recordó que en su mochila llevaba la mitad de su merienda: un sándwich de jamón y queso. Sin pensarlo dos veces, lo sacó y lo compartió con su nuevo conocido. El perro aceptó la comida con delicadeza y, tras terminar, le dio un gran lengüetazo en la mano a Jorge en señal de agradecimiento.

—Te llamaré Fredy —decidió Jorge mientras acariciaba el suave pelaje del animal—. Fredy suena a nombre de aventurero, y creo que tú y yo vamos a vivir muchas aventuras.
Pasaron las horas y la plaza se convirtió en su patio de juegos personal. Jorge encontró una rama larga y lisa que Fredy perseguía con entusiasmo, saltando sobre los charcos que quedaban de la lluvia de la mañana. Jorge aprendió que a Fredy le encantaba que le rascaran detrás de las orejas y que tenía la curiosa habilidad de encontrar piedras con formas extrañas. Por un momento, Jorge olvidó todo lo demás; no había tareas, no había preocupaciones, solo estaban él y Fredy bajo el cobijo de los grandes sauces.
Sin embargo, a medida que las sombras se alargaban y el cielo empezaba a teñirse de violeta y naranja, Jorge supo que era hora de volver a casa. Se levantó del césped y se sacudió los pantalones. Fredy se quedó sentado, mirándolo con una mezcla de esperanza y tristeza. El perro no tenía collar, ni placa, ni a nadie que lo esperara en la entrada de la plaza. Jorge miró hacia la salida del parque y luego miró a Fredy. Sintió un nudo en la garganta al pensar en dejar a su nuevo amigo solo en la oscuridad de la noche.
—No puedo dejarte aquí, Fredy —dijo Jorge en voz alta, con una determinación que sorprendió incluso a sí mismo—. Eres mi amigo ahora, y los amigos siempre se cuidan.
Jorge se acercó a Fredy, le acarició la cabeza por última vez en la plaza y comenzó a caminar hacia la salida. Al principio, dio unos pasos y se detuvo para mirar atrás. Fredy no se movió, como si no estuviera seguro de si tenía permiso para seguirlo. Entonces, Jorge le hizo un gesto con la mano y silbó suavemente. Los ojos de Fredy se iluminaron, dio un salto de alegría y corrió hacia Jorge, colocándose justo a su lado. Juntos, el niño de la camiseta amarilla y el perro de la oreja doblada cruzaron el arco de piedra de la plaza. Jorge no sabía qué dirían sus padres, pero mientras sentía el calor de Fredy caminando a su lado, supo que aquella era la mejor decisión de su vida. Se alejaron bajo la luz de las primeras estrellas, listos para comenzar una vida llena de juegos, lealtad y, sobre todo, una amistad inquebrantable.
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