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Gratis · elegí una vozJorge, con sus once años y una mochila llena de curiosidad, estaba en Tokio. ¡Tokio! La ciudad de las luces brillantes, los robots gigantes y la comida extraña. Estaba allí con su madre Esther, su padre Jorge (sí, se llamaban igual), su abuelo Miguel, su abuela Encarna y su yaya Amelia. Era el viaje de sus sueños.
El primer día, decidieron visitar el famoso templo Senso-ji. Era un lugar mágico, lleno de incienso perfumado, farolillos rojos y gente vestida con kimonos. Jorge, fascinado por una estatua dorada de un dragón, se separó del grupo. Cuando se dio cuenta, estaba solo. ¡Perdido!
"¡Mamá! ¡Papá! ¡Abuelo! ¡Abuela! ¡Yaya!" gritó Jorge, pero solo el eco respondió. El pánico empezó a crecer como una burbuja en su pecho.
Respiró hondo, recordando lo que su yaya Amelia siempre le decía: "Cuando te pierdas, observa bien a tu alrededor y busca algo familiar". Miró a su alrededor. Nada era familiar, pero entonces vio un puesto de helados con sabores rarísimos: té verde, sésamo negro, ¡incluso wasabi! Se acercó, pensando que un helado le calmaría los nervios.
"Konnichiwa!" saludó la señora del puesto con una sonrisa. Jorge, recordando sus clases de japonés, respondió tímidamente: "Konnichiwa". Pidió un helado de té verde. Estaba delicioso, aunque un poco amargo.
Mientras saboreaba su helado, vio un grupo de niños jugando con un kendama, un juguete de madera tradicional japonés. Se acercó tímidamente y, después de un par de intentos fallidos, logró meter la bola en una de las copas. Los niños lo aplaudieron y lo invitaron a jugar. Aunque no hablaban el mismo idioma, la risa era universal.
Después de un rato, Jorge recordó que estaba perdido. Se despidió de sus nuevos amigos y siguió caminando. El hambre empezó a apretarle el estómago. Vio un restaurante lleno de gente comiendo ramen. El olor era irresistible. Entró, aunque no tenía ni idea de cómo pedir.
Una camarera muy amable, al ver su cara de confusión, le señaló un menú con fotos. Jorge señaló un plato de ramen que parecía delicioso. ¡Y lo estaba! La sopa caliente y los fideos suaves le reconfortaron el alma.
Después de comer, Jorge salió a la calle y se encontró con una tienda llena de figuras de anime y manga. Era un paraíso para él, que era un gran fan de estas series. Entró y se quedó embobado mirando las figuras, los posters y los cómics. Compró un pequeño llavero de Pikachu para su yaya Amelia.
El sol empezaba a caer y las luces de la ciudad se encendían, transformando Tokio en un espectáculo de colores. Jorge se sentía cansado, pero también emocionado por todas las cosas que había visto y hecho. Decidió preguntar a alguien cómo llegar a la estación de tren. Necesitaba volver a la estación donde había visto a su familia por última vez.
Siguiendo las indicaciones de un señor muy amable, llegó a la estación y, para su sorpresa, ¡vio el famoso tren bala, el Shinkansen! Decidió subir a un tren con la esperanza de que le llevara a la estación correcta. Durante el viaje, observó el paisaje que pasaba a toda velocidad por la ventana: campos de arroz, montañas y pequeños pueblos. Era como estar dentro de una película.
Cuando el tren llegó a la siguiente estación, Jorge bajó y miró a su alrededor. No reconocía nada. Empezó a sentirse desesperado. Se sentó en un banco, con la cabeza entre las manos, a punto de llorar.
De repente, escuchó una voz familiar. "¡Jorge! ¡Jorge, hijo!" Era su padre, Jorge. Levantó la cabeza y vio a su familia corriendo hacia él. Su madre, Esther, lo abrazó con fuerza. Su abuelo Miguel le dio una palmada en la espalda. Su abuela Encarna le besó la frente. Y su yaya Amelia, con el llavero de Pikachu en la mano, le sonrió con cariño.
Resulta que habían estado buscándolo por todas partes. La policía les había ayudado y, gracias a que Jorge sabía el nombre del hotel donde se alojaban, pudieron encontrarlo en la estación correcta.
Jorge les contó todas sus aventuras: el helado de té verde, los niños jugando con el kendama, el ramen delicioso, la tienda de anime y el viaje en el tren bala. Su familia lo escuchó con atención, asombrada por todo lo que había hecho solo.
Esa noche, mientras cenaban todos juntos, Jorge se dio cuenta de que, aunque se había perdido, había vivido una aventura increíble. Había aprendido mucho sobre Tokio y sobre sí mismo. Y, sobre todo, había aprendido que, incluso cuando te pierdes, siempre hay alguien que te ayudará a encontrar el camino de vuelta a casa.
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