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Había una vez un niño llamado Jorgito, cuya habitación no era una habitación común y corriente. En las paredes, en lugar de superhéroes de capas brillantes, colgaban pósteres de jugadores con camisetas color crema y una garra dibujada en el alma. Jorgito era el hincha más pequeño, pero con el corazón más grande, del Club Universitario de Deportes. Para él, los domingos no eran solo días de descanso, eran días de fe, de radio encendida y de cánticos que se aprendía de memoria antes que las tablas de multiplicar.
Una tarde de martes, el barrio comenzó a zumbar con una noticia emocionante: se acercaba el 'gran banderazo'. Los hinchas de todas partes se reunirían para marchar hacia el estadio, llevando consigo sus banderas, sus bombos y sus mejores deseos para el equipo. Jorgito sabía que no podía ir con las manos vacías. Quería que su equipo, desde el autobús o desde la cancha, viera que él estaba allí apoyándolos.
—¡Abuelo Tito! —gritó Jorgito corriendo hacia el jardín—. ¡Necesito una banderola! Una de las grandes, de esas que parecen capas de gigantes.
El abuelo Tito, que tenía el cabello tan blanco como la espuma y había visto jugar al mismísimo Lolo Fernández, sonrió con ternura. Él entendía esa pasión, porque era la misma que le había heredado a su hijo y ahora a su nieto.
—Para una gran banderola, Jorgito, se necesita más que solo tela —dijo el abuelo con voz pausada—. Se necesita paciencia, buena mano y mucha historia. Vamos al desván.
Encontraron una sábana antigua, de un color crema suave que parecía brillar con luz propia. La extendieron en el suelo de la sala, moviendo los muebles para que el lienzo fuera total. Jorgito se arrodilló, sintiendo la textura de la tela bajo sus manos. El abuelo trajo tarros de pintura roja, del color de la pasión y de la franja que cruza el corazón de los hinchas.
Pasaron horas trabajando juntos. El abuelo Tito le contaba historias de remontadas épicas, de goles en el último minuto y de cómo la 'Garra Crema' no era solo un estilo de juego, sino una forma de enfrentar la vida: nunca darse por vencido, incluso cuando el marcador parece estar en contra. Jorgito escuchaba con los ojos muy abiertos mientras pintaba con cuidado un gran círculo en el centro y los bordes de la tela. Cada pincelada era un compromiso de lealtad.

—Recuerda, Jorgito —decía el abuelo mientras delineaba las formas—, esta bandera no solo lleva pintura. Lleva nuestros sueños. Cuando la agites en el banderazo, estarás enviando toda tu energía a los jugadores.
La noche antes de la marcha, Jorgito casi no pudo dormir. La banderola estaba colgada en el patio para que se terminara de secar bajo las estrellas. Él se asomaba por la ventana cada cinco minutos para asegurarse de que el viento no se la llevara. Soñaba con el sonido de los tambores y el mar de gente vestida de crema y rojo.
Finalmente, llegó el gran día. El sol brillaba con una intensidad especial sobre Lima. Jorgito se puso su camiseta favorita, se calzó sus zapatillas más cómodas y, con la ayuda de su abuelo, enrolló la preciosa carga. Al salir a la calle, el ambiente era eléctrico. Desde las esquinas se escuchaban los primeros cánticos. Otros niños, jóvenes y abuelos caminaban en la misma dirección, todos unidos por el mismo sentimiento.
Al llegar al punto de encuentro, Jorgito quedó maravillado. Era un océano de banderas. Había bombos que hacían vibrar el suelo y trompetas que anunciaban la fiesta. Cuando llegó el momento de iniciar la marcha, el abuelo Tito ayudó a Jorgito a subir sobre sus hombros. Desde esa altura, el niño desplegó su creación. La tela crema se abrió paso en el aire, bailando con el viento, mostrando sus colores vibrantes.
—¡Mira, abuelo! ¡Nuestra bandera está volando! —exclamó Jorgito con emoción pura.
La marcha avanzó por las avenidas, y Jorgito se sintió parte de algo inmenso. No importaba si eran desconocidos; todos se sonreían, todos cantaban al unísono. Vio a los jugadores pasar en su autobús y agitó su banderola con todas sus fuerzas. Por un segundo, uno de los futbolistas lo miró por la ventana y levantó el pulgar en señal de agradecimiento. Jorgito sintió que tocaba el cielo con las manos.
Al caer la tarde, cansado pero inmensamente feliz, Jorgito regresó a casa de la mano de su abuelo. La banderola ahora tenía algunas manchas de polvo del camino, pero para él, era más hermosa que nunca. Había aprendido que ser hincha no es solo ver un partido, sino construir recuerdos, compartir tradiciones y, sobre todo, mantener viva la ilusión junto a los que más quiere. Esa noche, Jorgito se durmió abrazado a su bandera, sabiendo que, sin importar el resultado del próximo juego, él siempre sería parte de la gran familia crema.
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