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Gratis · elegí una vozJosé era un niño muy curioso, aunque también un poco miedoso. Vivía en una casita pequeña al borde de un gran campo, un campo que, según los ancianos del pueblo, estaba lleno de secretos y… ¡terrores! José no creía mucho en esas historias, pero la verdad es que el campo, de noche, daba un poco de repelús. Las sombras se alargaban, los árboles parecían monstruos y el viento… ¡uuy, el viento soplaba susurros extraños! Una noche, mientras José miraba por la ventana, una luna llena, redonda y brillante, apareció en el cielo. Pero no era una luna normal. Esta luna… ¡tenía una cara! Una cara sonriente y traviesa. La luna le guiñó un ojo a José. –¡Hola, José! –dijo la luna con una voz suave como el algodón. José, sorprendido, casi se cae de la silla. –¿Q-quién… quién eres tú? –tartamudeó. –Soy la Luna Lunática, y he venido a invitarte a una aventura en el campo. Dicen que tienes miedo, ¡y eso no puede ser! ¡Los campos son maravillosos, sobre todo de noche! José, a pesar de su miedo, sintió una curiosidad inmensa. La Luna Lunática parecía tan amigable… –P-pero… ¿no da miedo? –preguntó. –¡Tonterías! –respondió la Luna Lunática. –El miedo está solo en tu imaginación. ¡Vamos, sal y verás! Y así, José, armado con su linterna de luciérnagas y un gran coraje (bueno, un coraje pequeñito, pero coraje al fin y al cabo), salió al campo. La Luna Lunática iluminaba el camino con su luz plateada. Al principio, José caminaba con mucho cuidado, mirando a todos lados. ¡Cada sombra le parecía un fantasma! Pero la Luna Lunática lo animaba. –¡Mira, José, esas son solo las sombras de los árboles! ¡Y ese susurro es el viento jugando con las hojas! Poco a poco, José empezó a relajarse. Empezó a notar el olor dulce de las flores silvestres, el canto suave de los grillos y el brillo mágico de las luciérnagas. La Luna Lunática le mostró cosas increíbles: un nido de pájaros dormilones, un arroyo que brillaba como diamantes, y un grupo de conejos jugando a la escondida. José se dio cuenta de que el campo no era un lugar de terror, sino un lugar lleno de maravillas. Empezó a reír y a correr, disfrutando de la aventura. La Luna Lunática lo seguía, iluminando su camino y contándole historias divertidas. Le contó de las estrellas que caían del cielo para convertirse en flores, de los búhos que eran los sabios del campo, y de los duendes que tejían telarañas brillantes con hilos de plata. De repente, escucharon un ruido. Un ruido fuerte y extraño que venía de un rincón oscuro del campo. José sintió que el miedo volvía a apoderarse de él. –¡¿Qué es eso?! –preguntó, temblando. La Luna Lunática se acercó al rincón oscuro y con su luz iluminó… ¡un pequeño erizo atrapado en una lata! El erizo estaba asustado y no podía salir. José, olvidándose de su miedo, corrió a ayudarlo. Con mucho cuidado, sacó al erizo de la lata y lo liberó. El erizo, agradecido, lo miró con sus ojitos brillantes y luego se fue corriendo. –¡Lo has hecho muy bien, José! –dijo la Luna Lunática. –Has vencido tu miedo y has ayudado a un amigo. José se sintió muy orgulloso de sí mismo. Se dio cuenta de que el verdadero terror no estaba en el campo, sino en su propia mente. La Luna Lunática sonrió. –Es hora de volver a casa, José. Pero recuerda, el campo siempre estará aquí, esperándote con sus maravillas. José se despidió de la Luna Lunática y regresó a su casita. Se metió en la cama, feliz y cansado. Esa noche, soñó con el campo, con la Luna Lunática, con los conejos, las luciérnagas y el erizo. Al día siguiente, José volvió al campo. Ya no tenía miedo. Ahora sabía que era un lugar mágico, lleno de secretos y aventuras esperando ser descubiertas. Y cada noche, cuando la Luna Lunática aparecía en el cielo, José le sonreía, agradecido por haberle enseñado a vencer sus miedos y a amar la naturaleza. Desde entonces, José se convirtió en el protector del campo, cuidando de sus animales y sus plantas, y compartiendo sus maravillas con todos los niños del pueblo. Y así, el campo, que antes era conocido como el campo del terror, se convirtió en el campo de la alegría y la aventura, gracias a José y a la Luna Lunática.
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