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Gratis · elegí una vozJosé Libertella era un niño curioso, con ojos brillantes como dos aceitunas y el pelo alborotado como un nido de pájaros. Un día, ¡puf!, apareció en Argentina. No apareció mágicamente, claro. Vino en un barco enorme desde España, un barco blanco con chimeneas altas que escupían humo al cielo. Llegó al puerto de Buenos Aires con su familia y se instalaron en un barrio lleno de casitas bajas y calles arboladas: Villa Lugano.
Villa Lugano era un lugar mágico para José. Allí, las paredes hablaban con grafitis coloridos, los perros callejeros eran los reyes del asfalto y el aroma a empanadas recién horneadas flotaba en el aire. José exploraba cada rincón, haciendo amigos con todos los niños del barrio. Jugaban al fútbol en la plaza, construían castillos de arena en los charcos después de la lluvia y se contaban historias de fantasmas a la luz de la luna.
Un día, mientras José correteaba por la calle, tropezó con un señor mayor sentado en un banco de la plaza. El señor, Don Antonio, era un hombre de pocas palabras, pero sus ojos transmitían una sabiduría antigua. Tenía un bigote blanco y espeso y siempre llevaba un sombrero de fieltro.
"¡Ay!", exclamó José, sobándose la rodilla.
Don Antonio sonrió y le ofreció una mano para levantarse. "Ten cuidado, muchacho. El mundo está lleno de trampas, pero también de sorpresas."
José se sentó junto a Don Antonio y comenzaron a charlar. Don Antonio le contó historias de su juventud, de cuando era marinero y navegaba por los siete mares. José, a su vez, le habló de sus aventuras en Villa Lugano.
Un día, Don Antonio le dijo a José: "Tengo algo para ti, muchacho. Un tesoro."
José abrió los ojos como platos. ¿Un tesoro? ¿De oro y joyas?
Don Antonio se levantó del banco y entró en su casa. Al cabo de unos minutos, salió con un instrumento musical en sus manos. Era un bandoneón, un instrumento parecido a un acordeón, pero con un sonido melancólico y profundo.
"Este es mi tesoro, José", dijo Don Antonio. "Es un bandoneón. Lo he cuidado durante muchos años, pero ya estoy viejo y mis dedos no son tan ágiles como antes. Quiero que tú lo tengas."
José se quedó sin palabras. Nunca había visto un bandoneón de cerca. Lo tomó en sus manos con cuidado, como si fuera un objeto sagrado. El bandoneón era viejo y estaba un poco desgastado, pero brillaba con una luz especial.
"Pero, Don Antonio, yo no sé tocar el bandoneón", dijo José.
"No importa, muchacho", respondió Don Antonio. "La música está dentro de ti. Solo tienes que dejarla salir."
Don Antonio le enseñó a José los rudimentos del bandoneón. Le mostró cómo colocar los dedos en los botones, cómo abrir y cerrar el fuelle, cómo producir los primeros sonidos. Al principio, José tocaba notas desafinadas y melodías incoherentes. Pero con paciencia y perseverancia, poco a poco, fue aprendiendo a dominar el instrumento.
José pasaba horas practicando con el bandoneón. Se encerraba en su habitación y tocaba hasta que le dolían los dedos. Al principio, sus padres se quejaban del ruido, pero pronto se acostumbraron y empezaron a disfrutar de la música de José.
Con el tiempo, José se convirtió en un virtuoso del bandoneón. Tocaba con pasión y sentimiento, transmitiendo a través de su música todas las emociones que sentía. Su música era alegre y triste, melancólica y esperanzadora, como la vida misma.
José formó un grupo musical con sus amigos del barrio. Se llamaban el Sexteto Mayor. Tocaban tango, la música de Buenos Aires, la música que hablaba de amor, de desengaño, de la vida en la ciudad.
El Sexteto Mayor se hizo famoso en toda Argentina y luego en todo el mundo. Viajaron por todas partes, llevando su música a los escenarios más importantes. José Libertella, el niño que llegó en barco desde España, se había convertido en un gran músico, un embajador de la cultura argentina.
Pero a pesar de su fama y su éxito, José nunca olvidó sus raíces. Siempre regresaba a Villa Lugano, a su barrio, a su gente. Visitaba a Don Antonio en la plaza y tocaba para él las melodías que había aprendido. Y Don Antonio, con una sonrisa en los labios, sabía que su tesoro había caído en las mejores manos.
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