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Gratis · elegí una vozJuan Diego era un niño muy imaginativo. Vivía en una casita pintada de colores brillantes, rodeada de un jardín lleno de flores que parecían bailar con el viento. A Juan Diego le encantaba jugar. Tenía muchos juguetes: coches rojos, aviones azules y un oso de peluche muy suave, pero su juego favorito era jugar al perrito. No tenía un perrito de verdad, pero su imaginación era tan grande que podía crear uno con solo pensarlo.
Un día soleado, Juan Diego salió al jardín. El sol brillaba con fuerza y los pájaros cantaban alegres melodías. “¡Hoy voy a jugar al perrito!”, pensó. Se puso a cuatro patas, movió la colita imaginaria y empezó a ladrar: “¡Guau, guau!”.
De repente, vio una pelota roja rodando por el césped. “¡Oh, una pelota!”, exclamó Juan Diego, ahora actuando como un perrito emocionado. Corrió tras ella, moviendo su colita imaginaria con entusiasmo. La atrapó con la boca (bueno, con sus manos, ¡pero él se imaginaba que era su boca de perrito!) y la llevó orgulloso a sus pies. “¡Buen chico, Juan Diego!”, se felicitó a sí mismo.
Siguió jugando en el jardín. Se escondía detrás de los rosales y luego saltaba, ladrando alegremente, como si estuviera sorprendiendo a algún intruso. Olfateaba las flores, fingiendo que buscaba algún hueso enterrado. Hasta intentó cavar un hoyo con sus manos, pero la tierra estaba demasiado dura.
Mientras jugaba, escuchó un ruido. Era un maullido suave y lastimero. Juan Diego, en su papel de perrito, se detuvo en seco. “¿Qué habrá sido eso?”, pensó. Siguió el sonido y encontró a un pequeño gatito atigrado atrapado en las ramas de un árbol.
El gatito maullaba con desesperación. Juan Diego sintió pena por él. Olvidándose por un momento de su juego de perrito, se acercó al árbol. “¡No te preocupes, gatito!”, le dijo. “¡Ya te voy a ayudar!”.
Intentó alcanzar al gatito, pero estaba demasiado alto. Entonces, recordó que tenía una escalera en el garaje. Corrió al garaje, arrastró la escalera hasta el árbol y la apoyó con cuidado. Subió los peldaños, uno por uno, hasta que estuvo lo suficientemente cerca del gatito.
Con mucho cuidado, extendió la mano y acarició al gatito. El gatito ronroneó suavemente y se dejó agarrar. Juan Diego lo bajó del árbol y lo depositó suavemente en el suelo.
El gatito, libre por fin, se frotó contra las piernas de Juan Diego, agradecido. Juan Diego sonrió. Se sentía feliz de haber ayudado al gatito. De repente, escuchó una voz que lo llamaba.
“¡Juan Diego! ¡La comida está lista!”, gritó su mamá desde la ventana de la cocina.
“¡Ya voy, mamá!”, respondió Juan Diego. Se despidió del gatito y corrió a lavarse las manos. Durante la comida, le contó a su mamá sobre el gatito atrapado en el árbol. Su mamá lo felicitó por ser tan buen niño.
Después de la comida, Juan Diego volvió al jardín. El sol ya no brillaba con tanta fuerza y los pájaros habían dejado de cantar. Se sentó en el césped y pensó en su juego de perrito. Se dio cuenta de que había sido más divertido ayudar al gatito que jugar solo.
De repente, escuchó un ladrido. ¡Un ladrido de verdad! Miró a su alrededor y vio a un perrito pequeño, de color blanco y negro, moviendo la cola alegremente. El perrito se acercó a Juan Diego y le lamió la mano.
Juan Diego se sorprendió. ¿De dónde había salido este perrito? Miró hacia la calle y vio a una señora que se acercaba corriendo. “¡Firulais! ¡Firulais! ¡Aquí estás!”, gritó la señora.
La señora llegó hasta donde estaban Juan Diego y el perrito. “¡Ay, muchas gracias por encontrar a mi perrito!”, le dijo a Juan Diego. “Se me escapó mientras paseábamos por el parque”.
Juan Diego acarició a Firulais. Le encantaba su pelaje suave y su cola que no dejaba de moverse. “Es muy lindo”, le dijo a la señora.
“¿Te gustan los perritos?”, preguntó la señora. Juan Diego asintió con entusiasmo. “¡Muchísimo!”, respondió.
La señora sonrió. “¿Por qué no vienes a visitarnos al parque mañana? Firulais estaría encantado de jugar contigo”.
Juan Diego se puso muy contento. “¡Sí, sí quiero!”, exclamó. Se despidió de la señora y de Firulais, y volvió corriendo a su casa. Estaba ansioso por que llegara el día siguiente.
Esa noche, Juan Diego soñó con perritos. Soñó con Firulais, con el gatito que había rescatado y con su perrito imaginario. Se dio cuenta de que la imaginación era maravillosa, pero que la amistad y la ayuda a los demás eran aún más importantes. Al día siguiente, Juan Diego corrió al parque y jugó con Firulais. Ya no necesitaba imaginar un perrito, ¡tenía uno de verdad!
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