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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en el vasto y hermoso Vichada, un niño llamado Juan. Juan amaba su hogar, la selva exuberante, el río Orinoco que cantaba melodías interminables, y sobre todo, amaba jugar al trompo. Todos los días, después de ayudar a su abuela con las gallinas y las matas de plátano, Juan corría a buscar a su mejor amigo, Pedro. Pedro vivía al otro lado del claro, cerca del gran árbol de mango, y era tan apasionado por el trompo como Juan.
Juntos, Juan y Pedro eran invencibles. Sus trompos, cuidadosamente tallados en madera de balso y adornados con colores vibrantes, danzaban y giraban con una gracia increíble. Competían sanamente, riendo y animándose mutuamente. Conocían todos los trucos: el "dormilón", el "puente", el "chicote". Sus trompos eran extensiones de sus propias manos, una manera de expresar su alegría y su amistad.
Un día soleado, mientras jugaban cerca del río, a Juan se le ocurrió una idea traviesa. Vio a Pedro concentrado, intentando un truco particularmente difícil. Sin que Pedro se diera cuenta, Juan recogió una pequeña piedra y, en el momento justo, la lanzó suavemente hacia el trompo de su amigo. El trompo, que giraba con fuerza, se tambaleó y cayó al suelo, deteniéndose abruptamente.
Pedro, frustrado y un poco confundido, miró a Juan. Juan, incapaz de contener la risa, soltó una carcajada. "¡Te hice una broma, Pedro! ¡Mira, mira cómo tu trompo se cayó!" Pedro, inicialmente sorprendido, sintió que la risa de Juan le quemaba por dentro. No le gustaba que se rieran de él, especialmente cuando estaba tratando de mejorar en su juego. Se sintió humillado y enojado.
"¡Eso no es gracioso, Juan!" exclamó Pedro, con la voz temblorosa. "¡Estaba intentando hacer un truco nuevo! ¡Me arruinaste!" Juan, sin entender la magnitud de su broma, continuó riendo. "¡Pero si solo fue una piedrita, Pedro! ¡No te enojes!" La risa de Juan solo empeoró las cosas. Pedro sintió que una ola de ira lo inundaba.
"¡Eres un tonto, Juan! ¡Siempre tienes que arruinarlo todo!" gritó Pedro, y sin pensarlo dos veces, recogió su trompo y salió corriendo, dejando a Juan solo y confundido a la orilla del río. Juan dejó de reír. Vio la figura de Pedro alejándose y sintió un pinchazo en el pecho. No entendía por qué Pedro se había enojado tanto. Él solo quería divertirse.
Los días siguientes fueron extraños y silenciosos. Juan iba al claro, pero Pedro no aparecía. Intentaba jugar al trompo solo, pero no era lo mismo. Le faltaba la risa de Pedro, sus ánimos, su competencia amistosa. Se dio cuenta de que su broma había lastimado a su amigo, y eso lo hacía sentir muy mal. La selva, que antes le parecía tan alegre, ahora le parecía triste y vacía.
Pedro, por su parte, también se sentía mal. Echaba de menos a Juan. Echaba de menos sus juegos, sus risas, sus aventuras en la selva. Pero el orgullo le impedía buscarlo. Pensaba en la broma de Juan y sentía que merecía estar enojado. Sin embargo, la soledad era peor que el enojo. Se dio cuenta de que extrañaba a su amigo más de lo que odiaba su broma.
Un día, Pedro tomó una decisión. Ya no podía seguir así. Sabía que tenía que hablar con Juan y solucionar su problema. Respiró hondo, tomó su trompo, y se dirigió al claro. Al llegar, vio a Juan sentado bajo el árbol de mango, con la mirada perdida. Se acercó lentamente, sintiendo un nudo en el estómago.
"Juan..." dijo Pedro, tímidamente. Juan levantó la vista, sorprendido. Sus ojos se encontraron. Por un momento, ninguno dijo nada. Luego, Juan se levantó y caminó hacia Pedro. "Pedro... lo siento mucho," dijo Juan, con la voz sincera. "No quería lastimarte. Fue una broma tonta." Pedro sonrió un poco. "Yo también lo siento, Juan. Me enojé mucho y no debí gritarte."
Juan y Pedro se abrazaron. El abrazo fue un alivio para ambos. Sabían que su amistad era más importante que cualquier broma o enojo. Decidieron olvidar lo sucedido y empezar de nuevo. Sacaron sus trompos y comenzaron a jugar. La risa volvió a llenar el claro, y la selva pareció sonreír de nuevo.
Ese día, Juan y Pedro aprendieron una valiosa lección: la amistad es un tesoro que hay que cuidar. Las bromas pueden ser divertidas, pero nunca deben lastimar a los demás. Y cuando hay un problema, lo mejor es hablar y solucionar las cosas, porque la amistad es mucho más importante que el orgullo.
Desde ese día, Juan y Pedro siguieron jugando al trompo en el Vichada, pero siempre recordando la importancia de la amistad y el valor del perdón. Y así, vivieron felices para siempre, disfrutando de la belleza de su hogar y la alegría de su amistad.
Al atardecer, cansados pero felices, regresaban a sus casas, sabiendo que al día siguiente volverían a encontrarse para jugar, reír y compartir la magia del Vichada.
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