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Juanfer era un niño con un secreto. No era un secreto malvado, pero sí un secreto que lo hacía sentir muy solo. A Juanfer, la verdad, no le gustaba jugar con sus amigos. Cada vez que intentaba unirse a sus juegos, algo salía mal. Si perdía en las carreras, se enojaba muchísimo. Si no lo elegían primero para el equipo de fútbol, ¡ay, ay, ay! El enojo se apoderaba de él como un monstruo peludo y gruñón. Y entonces, Juanfer lanzaba sus juguetes. Coches volaban por los aires, muñecos salían disparados, y las piezas de Lego se desparramaban por todo el jardín.
Un día, mientras sus amigos jugaban alegres al escondite entre los árboles, Juanfer estaba sentado solo en un columpio, pateando la tierra. Sintió que el monstruo de los berrinches comenzaba a crecer dentro de él. Sus mejillas se pusieron rojas, sus puños se apretaron, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. “¡No quiero jugar! ¡Siempre pierdo!”, gritó al vacío.
De repente, escuchó una vocecita suave. “¿Por qué no quieres jugar, Juanfer?”
Juanfer se sobresaltó y miró a su alrededor. Detrás del columpio, vio a una ardilla con unos ojos grandes y curiosos. “¡Una ardilla que habla!”, pensó Juanfer, sorprendido. “Porque… porque me enojo. Y cuando me enojo, lanzo mis juguetes. Y entonces nadie quiere jugar conmigo”.
La ardilla saltó al columpio y se sentó a su lado. “Ya veo,” dijo la ardilla. “Conozco muy bien a ese monstruo de los berrinches. Se alimenta de la frustración y la impaciencia. Pero, ¿sabes qué? Tiene un punto débil: la respiración”.
Juanfer frunció el ceño. “¿La respiración?”
“Sí,” explicó la ardilla. “Cuando sientas que el monstruo de los berrinches está creciendo dentro de ti, detente un momento y respira profundamente. Cuenta hasta diez. Y luego, vuelve a intentarlo. A veces, solo necesitamos un poco de tiempo para calmarnos”.
Juanfer, aunque escéptico, decidió intentarlo. Al día siguiente, sus amigos lo invitaron a jugar al béisbol. Juanfer aceptó, pero en el fondo estaba nervioso. Sabía que era malo bateando. Y, efectivamente, falló los primeros tres lanzamientos. Sintió que el monstruo de los berrinches comenzaba a despertar. Sus manos sudaban y sentía un nudo en el estómago. Pero recordó las palabras de la ardilla. Cerró los ojos, respiró profundamente y contó hasta diez.
Cuando abrió los ojos, se sintió un poco más tranquilo. No había bateado, pero tampoco había lanzado su bate al suelo. Sus amigos lo animaron: “¡Vamos, Juanfer! ¡Tú puedes!”.
En el siguiente lanzamiento, Juanfer golpeó la pelota. No fue un jonrón, pero llegó lo suficientemente lejos como para correr a primera base. ¡Había bateado! Juanfer sintió una alegría inmensa, mucho más grande que la frustración que sentía antes. Sonrió a sus amigos y siguió corriendo.
Desde ese día, Juanfer empezó a practicar la respiración cada vez que sentía que el monstruo de los berrinches se acercaba. No siempre funcionaba de inmediato, pero poco a poco aprendió a controlar su enojo. Descubrió que jugar con sus amigos era mucho más divertido cuando no estaba enojado. Aprendió a aceptar que a veces perdía, y que no pasaba nada. Lo importante era divertirse.
Un día, Juanfer encontró a la ardilla de nuevo en el parque. “¡Gracias!”, le dijo Juanfer. “Me ayudaste a domar al monstruo de los berrinches. Ahora puedo jugar con mis amigos sin enojarme”.
La ardilla sonrió. “Me alegro mucho, Juanfer. Recuerda, el monstruo siempre estará ahí, pero tú tienes el poder de controlarlo. Y recuerda también, que tus amigos te quieren, incluso cuando te enojas. Solo quieren que te diviertas con ellos”.
Juanfer asintió, sonriendo. Ahora entendía. Jugar no se trataba de ganar o perder, sino de compartir, de reír y de disfrutar con sus amigos. Y eso, era mucho más valioso que cualquier juguete que pudiera lanzar.
Desde ese día, Juanfer y sus amigos jugaron juntos sin berrinches ni juguetes voladores. Juanfer aprendió que el verdadero juego era aprender a controlar sus emociones y a disfrutar de la compañía de sus amigos. Y aunque a veces todavía sentía el monstruo de los berrinches, ahora sabía cómo domarlo, con una respiración profunda y una gran sonrisa.
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