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Gratis · elegí una vozUna vez, en un pueblito escondido entre las montañas, vivía una niña llamada Juanita. Juanita era curiosa como un gatito y valiente como un león. Un día, mientras paseaba por el cementerio (no porque le gustara mucho, sino porque era el camino más corto a la tienda de helados), vio algo inusual. Un grupo de niños, más o menos de su edad, se movía sigilosamente entre las lápidas.
La curiosidad picó a Juanita como una abeja juguetona. Se acercó con cuidado, sintiendo un cosquilleo de emoción y un poquito de miedo. Los niños susurraban entre ellos, sus voces apenas audibles como el murmullo del viento. Juanita observó que se dirigían hacia una laguna pequeña y abandonada, cubierta de nenúfares y rodeada de árboles llorones.
"¿Por qué vamos a ese lugar?" preguntó Juanita, uniéndose al grupo. Su voz sonó un poco más alta de lo que pretendía, haciendo que algunos de los niños se sobresaltaran.
Uno de los niños, un chico con pecas y una sonrisa traviesa, respondió: "Vamos a la Ciudad Perdida. Dicen que está sumergida bajo la laguna."
Juanita abrió los ojos como platos. ¿Una Ciudad Perdida? ¡Eso sonaba a aventura! Sin pensarlo dos veces, decidió acompañarlos.
Cuando llegaron a la laguna, vieron una especie de puente hecho de piedras cubiertas de musgo que se adentraba en el agua. Era angosto y resbaladizo, pero los niños lo cruzaron con cuidado, uno tras otro, como pequeños exploradores. Juanita sintió un escalofrío al entrar en contacto con el agua fría.
El puente los llevó hasta el otro lado de la laguna, donde la vegetación se espesaba y el aire se volvía más húmedo. Después de caminar un rato entre la maleza, de repente, ¡allí estaba! La Ciudad Perdida. No era una ciudad reluciente como las que veía en los libros. Era un conjunto de pequeños cerros cubiertos de hierba y unas cuantas chozas pequeñas, hechas de barro y paja. Solo una choza era notablemente más grande que las demás.
"¡Wow!" exclamó Juanita, asombrada.
"¡Vamos a explorar!" gritó el chico con pecas, y los niños se dispersaron, cada uno buscando un rincón para investigar.
Un grupo de niños, incluido el chico con pecas, entró en una de las chozas pequeñas. Dentro, la oscuridad era casi total, pero después de que sus ojos se acostumbraron a la penumbra, pudieron ver pequeños huesos esparcidos por el suelo, así como ollas y tazas diminutas. Todo era tan pequeño que parecía de juguete.
"¡Mira esto!" exclamó una niña, mostrando un hueso diminuto. Los niños estaban asombrados, imaginando a las personas pequeñas que podrían haber vivido allí.
Juanita, por su lado, también fue con otros niños a otra de las chozas pequeñas. Ella también vio lo mismo que los demás niños: los huesos pequeños, las ollas y las tazas diminutas. La ciudad parecía abandonada desde hacía mucho tiempo, pero aún conservaba un aura de misterio.
De repente, Juanita sintió un escalofrío. No era frío, era una sensación extraña, como si alguien la estuviera observando. Salió corriendo de la choza, sintiendo la necesidad de respirar aire fresco. Fue entonces cuando vio la choza más grande, que se alzaba imponente sobre las demás. La curiosidad la venció al miedo, y se asomó con cautela por la entrada.
Dentro de la choza, a la luz tenue de una fogata, vio a un señor. Era un hombre anciano, con el rostro arrugado por el tiempo y la barba larga y blanca. Parecía estar meditando, con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas. Juanita se sorprendió tanto que retrocedió un paso.
Tenía que contarles a los demás. Corrió a buscar a los niños, tropezando con las piedras y la hierba alta. Finalmente, los encontró reunidos cerca de la entrada de una de las chozas.
"¡Chicos, chicos!" jadeó Juanita, sin aliento. "En esa choza grande... ¡hay un señor!"
Los niños se miraron entre ellos, con los ojos llenos de sorpresa y un poco de temor. ¿Un señor en la Ciudad Perdida? ¿Quién era? ¿Y qué estaba haciendo allí? La aventura acababa de tomar un giro aún más emocionante.
¿Qué harían ahora? ¿Se acercarían al señor? ¿O seguirían explorando la Ciudad Perdida por su cuenta? El misterio de la laguna y la ciudad oculta apenas comenzaba a desentrañarse.
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