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Gratis · elegí una vozUna vez, en un pueblo tranquilo rodeado de colinas verdes, vivía una niña llamada Juanita. Era una niña curiosa, con ojos brillantes que siempre buscaban aventuras. Un día, mientras paseaba cerca del cementerio, vio algo inusual: un grupo de niños pequeños reunidos cerca de la entrada. Le despertó la curiosidad, así que, con pasos cautelosos, se acercó a ellos.
Cuando se acercó, notó que los niños susurraban entre ellos, como si compartieran un secreto importante. Luego, vio que todos se dirigían hacia una pequeña laguna abandonada, cubierta de juncos y con un aire misterioso. Juanita, incapaz de contener su curiosidad, preguntó: "¿Por qué vamos a ese lugar? ¿Qué hay allí?"
Uno de los niños, un chico de pelo castaño y ojos vivaces, respondió con un tono enigmático: "Vamos a la ciudad perdida. Dicen que está escondida bajo la laguna".
Juanita abrió mucho los ojos, sorprendida y emocionada. ¿Una ciudad perdida? ¡Sonaba como una aventura increíble! Sin dudarlo, se unió al grupo y juntos se adentraron en la laguna.
Al llegar al borde de la laguna, notaron algo extraño: una especie de puente de piedra sumergido, apenas visible bajo la superficie del agua. Los niños, sin vacilar, comenzaron a seguir el puente, caminando con cuidado para no resbalar. El agua les llegaba hasta las rodillas, y sentían la frescura del agua y el misterio del lugar.
Después de un rato, el puente los llevó a una pequeña isla en medio de la laguna. Desde allí, pudieron ver lo que parecía ser la ciudad perdida. Era un conjunto de cerros pequeños y chozas rústicas, todas hechas de piedra y barro. Solo una choza era diferente, mucho más grande que las demás, como si perteneciera al líder del pueblo.
La emoción invadió a los niños. ¡Habían encontrado la ciudad perdida! Sin perder tiempo, decidieron separarse para investigar el lugar. Juanita y algunos de los niños fueron a explorar las chozas pequeñas, mientras que otros se dirigieron hacia la choza grande.
Los niños que exploraron las chozas pequeñas encontraron cosas asombrosas. Vieron pequeños huesos de animales, ollas de barro en miniatura y tazas pequeñas, todo como si perteneciera a gente muy pequeña. Se maravillaron ante cada descubrimiento, imaginando cómo sería la vida en esa ciudad perdida.
Juanita, por su lado, también se unió a los demás niños en la exploración de las chozas pequeñas. Quedó asombrada al ver los mismos objetos diminutos y se sintió transportada a un mundo antiguo y misterioso. Pero, de repente, sintió un impulso de explorar la choza grande. Con un poco de nerviosismo, se separó del grupo y corrió hacia la estructura más imponente.
Al llegar a la choza grande, respiró hondo y se asomó por una abertura en la pared. Lo que vio la dejó sin aliento: ¡había un señor sentado en un taburete, tejiendo una canasta! Era un hombre anciano, con el rostro arrugado por el tiempo y la mirada serena. Juanita, sorprendida, retrocedió y corrió a buscar a los demás niños.
Cuando los encontró, les dijo con voz agitada: "¡Chicos, chicos! ¡En esa choza grande hay un señor! ¡Está tejiendo una canasta!"
Los niños se miraron entre ellos, con incredulidad y curiosidad. ¿Un señor en la ciudad perdida? ¡Eso sí que era sorprendente! Decidieron acercarse a la choza grande para ver con sus propios ojos. Sin embargo, antes de que pudieran hacerlo, escucharon un sonido extraño que venía de la laguna.
Era el sonido de una campana, una campana que nunca antes habían escuchado. Los niños se detuvieron y miraron hacia la laguna. Vieron que el agua comenzaba a agitarse, y que una niebla espesa empezaba a cubrir la ciudad perdida.
El señor de la choza grande salió y les dijo con voz grave: "Es hora de irse. La laguna reclama su ciudad. Deben regresar antes de que sea demasiado tarde".
Los niños, asustados por las palabras del señor, no dudaron ni un segundo. Corrieron hacia el puente de piedra y comenzaron a regresar por la laguna. La niebla se hacía cada vez más densa, y el agua más agitada. Apenas podían ver el camino.
Finalmente, después de un largo y angustioso camino, llegaron a la orilla de la laguna. Se volvieron para ver la ciudad perdida, pero ya no estaba allí. La niebla la había cubierto por completo, y la laguna parecía un espejo tranquilo.
Juanita y los niños se miraron entre ellos, con una mezcla de alivio y asombro. Habían vivido una aventura increíble, habían descubierto una ciudad perdida y habían conocido a un señor misterioso. Pero también habían aprendido una lección importante: algunos secretos es mejor dejarlos donde están.
Desde ese día, Juanita nunca olvidó su aventura en la ciudad escondida bajo la laguna. Y aunque nunca más volvió a ver la ciudad, siempre recordaría la emoción, el misterio y la magia de aquel día.
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