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Gratis · elegí una vozJuansin y Javier eran dos niños cubanos que vivían en un bohío muy humilde cerca de los campos de caña de azúcar. Su papá trabajaba duro cortando la caña, y su mamá hacía lo posible para que nunca les faltara un plato de arroz con frijoles. Pero la cosecha había sido mala ese año, y a veces, el hambre los mordía. Un día, su papá, con el corazón apesadumbrado, les dijo: “Hijos míos, tenemos que ir al bosque. Recojan leña, así la venderemos en el pueblo y conseguiremos algo de comida.”
Juansin y Javier, aunque tristes, obedecieron. Se adentraron en el bosque, donde los árboles eran altos y las ceibas centenarias parecían susurrar secretos. Caminaron y caminaron, buscando ramas secas, pero el bosque parecía infinito. El sol comenzó a esconderse detrás de las palmas reales, y el miedo empezó a crecer en sus corazones.
“Juansin, tengo miedo,” dijo Javier, con la voz temblorosa.
“No te preocupes, Javier,” respondió Juansin, tratando de sonar valiente. “Encontraremos el camino de vuelta.”
Pero se habían perdido. La noche cayó, y el bosque se llenó de ruidos extraños: el ulular de las lechuzas, el croar de las ranas, el crujir de las hojas bajo sus pies. Estaban hambrientos, cansados y asustados. De repente, entre los árboles, vieron una luz. Con renovadas esperanzas, corrieron hacia ella.
La luz provenía de una casita, pero no era una casita cualquiera. ¡Estaba hecha de dulces! Las paredes eran de guayaba, el techo de coco rallado, y las ventanas de caramelo. Juansin y Javier no podían creer lo que veían sus ojos.
“¡Mira, Juansin! ¡Una casita de guayaba!” exclamó Javier, con los ojos brillantes.
“¡Y el techo es de coco rallado! ¡Y las ventanas de caramelo!” añadió Juansin, babeando.
Sin pensarlo dos veces, empezaron a comerse la casita. Arrancaban pedazos de guayaba, mordisqueaban el coco, y chupaban el caramelo. ¡Estaba deliciosa!
Mientras comían, la puerta de la casita se abrió, y una anciana salió. Era una mujer corpulenta, con una sonrisa dulce y una mirada bondadosa. Llevaba un delantal lleno de manchas de azúcar y un gorro de cocinera.
“¡Bienvenidos, niños!” dijo la anciana, con una voz suave. “¿Qué hacen comiendo mi casita? Pasen, pasen, deben estar cansados y hambrientos.”
Juansin y Javier, un poco avergonzados, entraron en la casita. La anciana los sentó a la mesa y les sirvió un plato de arroz con leche y buñuelos calientes. Después, los acostó en unas camas suaves y les cantó una canción de cuna.
Pero la anciana no era tan buena como parecía. En realidad, era una bruja malvada que se llamaba Agripina, y le gustaba engordar a los niños para luego comérselos. Al día siguiente, cuando Juansin y Javier despertaron, la bruja los encerró en una jaula.
“¡Ahora sí que los tengo!” se rió la bruja, con una voz chillona. “Los engordaré con dulces y luego los asaré en el horno.”
La bruja alimentaba a Juansin y Javier con todo tipo de dulces: turrones, cocadas, dulce de leche. Pero los niños no querían comer. Estaban tristes y asustados. Un día, la bruja le dijo a Javier: “Niño, calienta el horno, que hoy comeremos pan con lechón.”
Javier, que era muy listo, le dijo: “Bruja, no sé cómo se calienta el horno. ¿Me lo puedes enseñar?”
La bruja, creyendo que Javier era tonto, se acercó al horno y abrió la puerta. “Mira, niño, tienes que meterte así…”
Antes de que la bruja pudiera terminar, Javier la empujó con todas sus fuerzas dentro del horno y cerró la puerta con llave. La bruja gritó y pataleó, pero fue inútil. El calor del horno la consumió.
Juansin y Javier salieron de la jaula y buscaron por toda la casita. Encontraron un cofre lleno de monedas de oro, joyas y piedras preciosas. Lo llenaron con todo lo que pudieron cargar y salieron corriendo de la casita de guayaba.
Después de mucho caminar, encontraron el camino de vuelta a su casa. Su papá y su mamá los recibieron con lágrimas de alegría. Les contaron su aventura y les mostraron el tesoro. Con el oro y las joyas, pudieron comprar comida, ropa y una casa nueva. Y nunca más volvieron a pasar hambre. Juansin y Javier aprendieron que la astucia es más poderosa que la fuerza y que la bondad siempre triunfa sobre la maldad.
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