Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozEn una boca muy ordenada, llena de dientes brillantes y atentos, se celebraba un juicio muy importante. Cada diente estaba en su lugar, listo para escuchar y dar su opinión. Los molares, grandes y sabios, observaban con calma. Los incisivos, siempre curiosos, se asomaban para no perder detalle. Y los caninos, fuertes y decididos, mantenían el orden.
El juez, un diente canino sabio y experimentado llamado Colmillo, golpeó con su cepillo a modo de martillo. ¡Pom! ¡Pom! ¡Pom!
"¡Orden en la boca!", exclamó Colmillo con voz resonante. "Hoy se juzga al diente perdido por abandono injustificado de su puesto."
En el banquillo de los acusados, un diente con una curita pequeña y una mirada triste se levantó lentamente. Era un incisivo joven, y se veía muy arrepentido.
Diente Perdido: "¡Yo no me fui por gusto! ¡Me caí jugando fútbol en el recreo! ¡Fue un accidente!"
El fiscal, un incisivo molesto llamado Filo, con lentes diminutos que se resbalaban por su nariz afilada, levantó su voz con indignación.
Fiscal: "¡Eso no es cierto! ¡Tenemos pruebas! ¡Fuiste víctima de los caramelos pegajosos! ¡Confiesa!"
Un coro de murmullos recorrió la boca. Los dientes se miraban unos a otros, algunos con compasión, otros con desconfianza. Los caramelos pegajosos eran la perdición de cualquier diente.
Colmillo, el juez, alzó su cepillo para silenciar el alboroto. "¡Silencio! Presente la defensa sus argumentos."
La defensora, una muela sabia y maternal llamada Muelita, se acercó al banquillo con una sonrisa tranquilizadora. "Su Señoría, miembros del jurado, mi cliente es un diente joven e impulsivo, pero nunca abandonaría su puesto por voluntad propia. Es cierto que le gustan los dulces, pero ¿quién no? La verdadera culpable aquí es la negligencia en el cepillado."
Muelita se dirigió al jurado, señalando con un palillo a cada uno de los presentes. "Si hubiéramos tenido un cepillado adecuado, los caramelos pegajosos no habrían tenido la oportunidad de atacar a mi cliente. ¡Pido clemencia para el Diente Perdido!"
El Diente Perdido se sonrojó y miró al suelo avergonzado. Sabía que Muelita tenía razón. Últimamente, había estado descuidando su higiene bucal.
El Fiscal Filo, no se rindió. "¡Objeción! ¡La negligencia en el cepillado no justifica el abandono! ¡Este diente puso en peligro la salud de toda la boca! ¡Imaginen si todos los dientes decidieran caerse después de comer un caramelo! ¡Sería el caos!"
Colmillo, el juez, se rascó la barbilla con su cepillo. Era un caso complicado. Por un lado, entendía la pasión del Fiscal Filo por mantener el orden. Por otro lado, sentía compasión por el Diente Perdido.
"¡Testigos a la estrado!", ordenó Colmillo.
El primer testigo fue una pequeña bacteria llamada Bacterita, que testificó con voz chillona: "¡Vi al Diente Perdido comiendo un caramelo gigante y pegajoso! ¡Se le pegó con fuerza y luego… pum! ¡Se cayó! ¡Fue delicioso!"
El segundo testigo fue un trozo de lechuga que había quedado atrapado entre los dientes. "Yo vi todo", dijo la lechuga con voz amarga. "El Diente Perdido no se cepilló después de comer el caramelo. Estaba muy ocupado jugando fútbol. ¡Es un irresponsable!"
El Diente Perdido se sintió cada vez más hundido. Las pruebas en su contra eran abrumadoras.
Muelita, la defensora, intentó un último recurso. Llamó a testificar al Cepillo de Dientes, un objeto viejo y sabio que había visto pasar generaciones de dientes.
El Cepillo de Dientes subió al estrado con pasos lentos y cansados. "He visto muchas cosas en esta boca", dijo con voz ronca. "He visto dientes que se caen por la edad, por la enfermedad, por la negligencia… Pero también he visto dientes que se recuperan, que se fortalecen, que aprenden de sus errores. El Diente Perdido es joven. Tiene potencial. Si le damos una segunda oportunidad y le enseñamos a cuidar sus dientes, estoy seguro de que se convertirá en un miembro valioso de esta comunidad."
Después de escuchar todos los testimonios, Colmillo, el juez, se levantó de su asiento. El silencio se hizo absoluto en la boca.
"Después de una cuidadosa deliberación, el tribunal ha llegado a un veredicto", anunció Colmillo con voz solemne. "El Diente Perdido es declarado… ¡culpable de negligencia en el cepillado!"
El Diente Perdido bajó la cabeza con tristeza.
"Sin embargo", continuó Colmillo, "teniendo en cuenta su juventud y su arrepentimiento, el tribunal le concede una segunda oportunidad. Su sentencia será… ¡un mes de cepillado extra! Además, deberá ayudar a limpiar los espacios interdentales después de cada comida."
El Diente Perdido levantó la cabeza con sorpresa. ¡Un mes de cepillado extra! ¡Era un castigo justo! Aceptó la sentencia con gratitud.
Colmillo golpeó con su cepillo por última vez. "¡Caso cerrado!", declaró. "Y recuerden, dientes de esta boca: ¡la higiene bucal es responsabilidad de todos!"
Desde ese día, el Diente Perdido aprendió la importancia de cepillarse los dientes con regularidad. Se convirtió en el diente más limpio y responsable de toda la boca. Y aunque todavía recordaba el día en que se cayó jugando fútbol, también recordaba la lección que había aprendido: ¡que una boca sana es una boca feliz!
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