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Juli tenía doce años y sentía que el mundo, a veces, era un rompecabezas cuyas piezas habían sido mojadas por la lluvia; nada parecía encajar del todo bien. Tenía la piel clara, unos ojos marrones que siempre parecían estar observando algo que los demás no veían, y un cabello castaño que solía llevar recogido en una coleta apresurada. Debajo de sus ojos, unas ligeras ojeras marcaban el mapa de sus noches de desvelo, no por juegos o lecturas, sino por el peso de los pensamientos que daban vueltas en su cabeza como carruseles infinitos.
Estudiaba en el colegio 'Bet El', un lugar de pasillos amplios y un jardín que olía a jazmines en primavera. Sin embargo, para Juli, el colegio se había vuelto un reto mayor que cualquier examen de matemáticas. Estaba en el último año de la primaria, a las puertas de una graduación que sentía más como un abismo que como un puente. Todo a su alrededor estaba cambiando. En su casa, las paredes estaban desnudas y los pasillos llenos de cajas de cartón. Se mudaban. Dejaban la casa de su infancia, el lugar donde cada marca en el marco de la puerta contaba cuánto había crecido.
Pero el cambio más difícil no era la mudanza, ni el vello que empezaba a asomar en sus piernas, ni esos repentinos ataques de llanto o irritabilidad que los adultos llamaban 'hormonas'. El cambio más duro era el silencio en la habitación de su mamá. Su madre estaba luchando contra el cáncer, y esa palabra, corta y filosa, se había instalado en el centro de su hogar como un invitado no deseado que se negaba a irse. Había días en que su mamá sonreía y el mundo recuperaba el color, pero otros días, el cansancio la vencía y Juli sentía que el aire en la casa se volvía espeso, difícil de tragar.
En el colegio, Juli se sentía a menudo como una olla a presión. En medio de una clase de Geografía, mientras el profesor hablaba de climas y relieves, Juli sentía que el calor subía por su cuello. Su corazón empezaba a latir con un ritmo errático, un 'pum-pum' apresurado que le decía que el salón era demasiado pequeño, que las voces de sus compañeros eran demasiado fuertes y que necesitaba, con urgencia, salir de allí.
—¿Puedo salir a tomar aire, profesor? —preguntaba con la voz apenas audible.
El profesor, que conocía la tormenta que Juli llevaba dentro, asentía con la mirada llena de compasión. Juli caminaba entonces por los pasillos vacíos del Bet El hasta llegar al patio central. Allí, se sentaba en un banco de madera bajo un viejo roble. Cerraba los ojos y se concentraba en el aire entrando y saliendo de sus pulmones. 'Inhala paz, exhala miedo', se decía a sí misma, repitiendo una frase que su mamá le había enseñado antes de que las fuerzas empezaran a fallarle.
Un martes, mientras Juli estaba en su refugio bajo el roble, se le acercó la directora. Era una mujer de gestos suaves que siempre llevaba caramelos de miel en el bolsillo.

—Es mucho para una niña de doce años, ¿verdad, Juli? —le dijo, sentándose a su lado sin pedir permiso.
Juli asintió, sintiendo que las lágrimas, esas traidoras que aparecían sin avisar, empezaban a nublarle la vista.
—Siento que si me detengo, todo se va a romper —confesó Juli—. La mudanza, la graduación, mi mamá... y a veces me enojo por tonterías y luego me siento mal. Siento que mi cuerpo no me pertenece.
La directora le tomó la mano.
—Tu cuerpo está construyendo la mujer que serás, Juli. Y tu corazón está aprendiendo a ser fuerte. No tienes que cargar con todo el peso hoy. Solo tienes que dar el siguiente paso. La graduación no es el final, es solo el comienzo de una nueva etapa donde serás más sabia.
Esa tarde, al llegar a casa, Juli encontró a su mamá sentada en el sofá, rodeada de cajas. Tenía un pañuelo de seda de colores brillantes en la cabeza que resaltaba el brillo de sus ojos marrones, tan parecidos a los de Juli.
—Ven aquí, pajarito —le dijo su mamá.

Juli se acurrucó a su lado. El olor a crema de lavanda de su madre la calmó al instante.
—He estado guardando tus dibujos de jardín de infantes —dijo la mamá señalando una caja—. Mira cuánto has avanzado. Vas a ser una graduada del Bet El. Estoy tan orgullosa de ti.
—Tengo miedo de que las cosas cambien más, mamá —susurró Juli.
—El cambio es la única forma de crecer, mi vida. Como las estaciones. Ahora estamos en invierno, pero la primavera siempre, siempre vuelve.
Las semanas siguientes fueron un torbellino. Juli aprendió a identificar el momento exacto en que la presión subía y, en lugar de asustarse, pedía permiso para salir, caminaba cinco minutos y regresaba con la mente más clara. Empezó a escribir en un diario lo que sentía: su rabia por la mudanza, su miedo por la salud de su madre y su emoción contenida por empezar la secundaria.
El día de la graduación llegó con un cielo despejado y un sol radiante. Juli se miró al espejo. Sus ojeras seguían allí, pero sus ojos tenían una chispa nueva. Se puso su uniforme impecable y fue al colegio. El salón de actos del Bet El estaba decorado con guirnaldas azules y blancas. Cuando mencionaron su nombre, Juli caminó hacia el escenario. Sus piernas temblaban un poco, pero cuando miró hacia la primera fila y vio a su mamá, sentada allí, aplaudiendo con todas sus fuerzas y luciendo su pañuelo de colores, Juli sintió que el aire entraba más fácil que nunca.
Recibió su diploma y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de salir corriendo. Se quedó allí, disfrutando del aplauso, del calor de sus amigos y del fin de una etapa. Al salir del colegio, caminó hacia el coche donde su papá ya estaba cargando las últimas mochilas para ir a la nueva casa.
Juli miró hacia atrás, hacia el edificio del Bet El, y le dio las gracias en silencio. Gracias por ser su refugio, por dejarla salir a respirar y por enseñarle que, aunque las nubes sean oscuras, ella tiene la fuerza para esperar a que salga el sol. Subió al coche, se sentó al lado de su mamá y, mientras se alejaban, Juli suspiró. Pero esta vez, no fue un suspiro de cansancio, sino uno de alivio. Estaba lista para lo que viniera después.
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