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Gratis · elegí una vozJulián era un chico de once años, flaco como un junco, con el pelo castaño revuelto y unos ojos marrones que brillaban con curiosidad. Vivía en la hermosa provincia de Mendoza, Argentina, rodeado de viñedos y la imponente Cordillera de los Andes. Julián iba al colegio San Vicente Ferrer, una escuela enorme que albergaba tanto primaria como secundaria. Lo que más le gustaba de su colegio era su ubicación: ¡estaba justo enfrente de una plaza! Una plaza llena de árboles añosos, bancos de madera y una fuente cantarína. Esa plaza, llamada Plaza de Agosto, había sido inaugurada un 6 de agosto muchos años atrás.
Julián era un chico deportista. Después de las clases, corría a entrenar básquet o fútbol, dependiendo del día. Le encantaba la sensación de correr, de pasar la pelota, de marcar un gol o encestar un triple. Pero lo que más le gustaba era observar la Plaza de Agosto desde la ventana del gimnasio. Veía a los abuelos jugando al ajedrez, a los niños corriendo y riendo, a las parejas tomadas de la mano. La plaza parecía un mundo en miniatura, lleno de historias esperando a ser contadas.
Un día, mientras Julián esperaba su turno para lanzar tiros libres, notó algo extraño en la plaza. Un grupo de personas vestidas con ropa antigua estaban reunidos alrededor de la fuente. Parecían discutir acaloradamente, gesticulando y señalando hacia el centro de la fuente. Julián entrecerró los ojos. No reconocía a ninguna de esas personas. ¿Quiénes eran y qué estaban haciendo?
La curiosidad picó a Julián como una abeja. Al terminar el entrenamiento, en lugar de irse directamente a casa, se acercó a la plaza. El grupo de personas ya no estaba, pero la fuente parecía diferente. El agua no fluía con la misma alegría de siempre, y una extraña neblina la rodeaba.
Julián se acercó con cautela. De repente, escuchó una voz débil que provenía del interior de la fuente. "¡Ayuda! ¡Por favor, alguien que nos ayude!" Julián se asustó, pero su valentía pudo más. Se asomó al interior de la fuente y vio… ¡a unas pequeñas criaturas! Eran seres diminutos, con alas brillantes y ropas coloridas. Parecían hadas, pero mucho más pequeñas y con un aire de tristeza en sus rostros.
"¿Quiénes son ustedes?", preguntó Julián, sorprendido. Una de las criaturas, la más anciana, se acercó a él con dificultad. "Somos los Guardianes de la Plaza de Agosto", dijo con voz temblorosa. "Nuestro hogar, la fuente, está perdiendo su magia. Aquellos que viste antes son los Olvidadores. Quieren borrar la memoria de la plaza, su historia, su significado. Si lo logran, la plaza desaparecerá y nosotros con ella."
Julián sintió un escalofrío. No podía permitir que eso sucediera. Él amaba la Plaza de Agosto, era parte de su vida, de su escuela, de su Mendoza natal. "¡Los ayudaré!", exclamó Julián. "¿Qué puedo hacer?"
La anciana hada le explicó que los Olvidadores estaban robando los recuerdos de la gente que visitaba la plaza. Cada risa, cada abrazo, cada conversación era succionada por una máquina que habían escondido cerca de la fuente. Para detenerlos, Julián debía encontrar la máquina y destruirla.
Julián, con la ayuda de las hadas que le indicaban el camino, comenzó a buscar la máquina. La encontró escondida detrás de un gran árbol, camuflada entre las raíces. Era una caja metálica con cables y luces parpadeantes. Julián sabía que no podía destruirla solo. Necesitaba ayuda.
Corrió a su colegio y buscó a sus mejores amigos: Sofía, una chica inteligente y curiosa, y Tomás, un chico fuerte y valiente. Les contó todo lo que había visto y escuchado, y les pidió su ayuda. Sofía y Tomás, aunque incrédulos al principio, confiaron en Julián y aceptaron ayudarlo.
Juntos, idearon un plan. Mientras Sofía distraía a los Olvidadores contándoles historias sobre la plaza (historias que ella misma inventaba, pero que los mantenían entretenidos), Tomás usaría su fuerza para desconectar los cables de la máquina. Julián, con la ayuda de las hadas, buscaría la forma de destruirla definitivamente.
El plan funcionó a la perfección. Sofía mantuvo a los Olvidadores ocupados con sus historias, Tomás desconectó los cables de la máquina y Julián, siguiendo las indicaciones de las hadas, encontró un pequeño botón rojo en la parte trasera de la caja. Lo apretó con todas sus fuerzas y… ¡BOOM! La máquina explotó en una nube de humo y chispas.
Los Olvidadores, asustados por la explosión, huyeron despavoridos. La neblina que rodeaba la fuente se disipó y el agua volvió a fluir con alegría. Las hadas, agradecidas, rodearon a Julián, Sofía y Tomás, llenándolos de besos y abrazos.
"Gracias, gracias, gracias", repetían las hadas. "Han salvado la Plaza de Agosto y a nosotros con ella." Julián, Sofía y Tomás se sintieron orgullosos de lo que habían logrado. Habían demostrado que, incluso siendo niños, podían hacer la diferencia.
Desde ese día, Julián, Sofía y Tomás se convirtieron en los Guardianes Secretos de la Plaza de Agosto. Siempre estaban atentos a cualquier señal de peligro y se aseguraban de que la magia de la plaza nunca se perdiera. Y cada 6 de agosto, celebraban el aniversario de la plaza con una gran fiesta, recordando la historia de la Plaza de Agosto y la importancia de proteger nuestros recuerdos y nuestra identidad.
Julián aprendió que ser flaco no era una debilidad, sino una ventaja para moverse rápido. Aprendió que sus ojos marrones podían ver más allá de lo evidente. Y aprendió que la Plaza de Agosto, al igual que él, era especial y merecía ser protegida. Y así, Julián, el chico de Mendoza, se convirtió en un héroe, no por marcar un gol o encestar un triple, sino por salvar la magia de su plaza y la memoria de su pueblo.
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