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Había una vez, en una ciudad francesa llamada Nantes, un niño de ojos curiosos y cabello alborotado llamado Julio. Mientras otros niños jugaban a la pelota o a las escondidas, Julio prefería sentarse a la orilla del río Loira. Allí, observaba cómo los grandes barcos de velas blancas se despedían de la tierra firme para adentrarse en el misterioso abrazo del océano Atlántico. Julio no solo veía madera y sogas; él veía dragones marinos, ciudades escondidas bajo las olas y máquinas que aún no existían pero que ya vivían en su imaginación.
Julio nació en una casa llena de mapas y brújulas. Su padre, un abogado muy serio, quería que Julio también fuera abogado. Las leyes son sólidas como las rocas, Julio, decía su padre. Pero Julio pensaba que las nubes eran mucho más interesantes porque cambiaban de forma cada segundo. Un día, cuando tenía apenas once años, Julio decidió que no podía esperar más para ver el mundo. Se escabulló de casa y convenció al capitán de un barco llamado Coralie para que lo aceptara como grumete. Quería viajar hasta la India y traerle un collar de coral rojo a su prima Caroline. Pero justo antes de que el barco desplegara sus alas de tela, su padre lo atrapó. Prométeme que de ahora en adelante solo viajarás en tu imaginación, le dijo su padre. Julio asintió, pero en su mente, esa promesa no era un castigo, sino una invitación secreta.
Pasaron los años y Julio creció. Se fue a vivir a París, la ciudad de las luces. Aunque estudiaba leyes para complacer a su familia, su corazón latía al ritmo de los engranajes y las hélices. Pasaba horas en la biblioteca nacional, devorando libros sobre astronomía, ingeniería y geografía. No tenía mucho dinero, así que a veces prefería comprar un libro nuevo que un trozo de pan. El conocimiento es el mejor banquete, decía mientras su estómago rugía un poquito. En París, conoció a inventores y científicos que le hablaban de globos aerostáticos y de la electricidad, que en aquel entonces era casi como magia.
Una tarde de lluvia, Julio se sentó frente a su escritorio con una pluma de ganso y una hoja en blanco. Cerró los ojos y recordó el río de su infancia. De repente, las palabras empezaron a brotar como un manantial. Escribió sobre un hombre valiente que cruzaba el cielo en un globo gigante. El libro se llamó Cinco semanas en globo. Cuando la gente lo leyó, se quedó maravillada. ¿Cómo podía alguien imaginar algo tan increíble? Pero Julio apenas estaba comenzando. Su mente era una fábrica de asombros.
Un día, Julio se preguntó: ¿Qué pasaría si pudiéramos viajar por debajo del agua como los peces?. En esa época, los barcos solo flotaban, pero Julio imaginó el Nautilus, un submarino metálico y elegante, comandado por el misterioso Capitán Nemo. Imaginó ventanas redondas desde las cuales se veían bosques de algas brillantes y pulpos gigantes con ojos como platos. Escribió Veinte mil leguas de viaje submarino, y de pronto, todos los niños de Francia querían ser exploradores del abismo.
Julio no se detuvo ahí. Una noche, mientras miraba la luna llena que brillaba sobre los tejados de París, pensó: ¿Y si lanzamos un proyectil que llegue hasta allá arriba?. Diseñó en su papel una cápsula espacial, mucho antes de que existieran los cohetes de verdad. Sus lectores pensaban que era un mago, pero Julio decía que solo usaba la lógica y la curiosidad. Todo lo que un hombre puede imaginar, otros podrán hacerlo realidad, solía decir con una sonrisa.
Pero Julio también amaba la Tierra. Un día, leyó sobre un caballero inglés muy puntual llamado Phileas Fogg, que hizo una apuesta: dar la vuelta al mundo en solo ochenta días. En aquel entonces, eso parecía imposible. Julio llevó a sus lectores por trenes que cruzaban selvas en la India, barcos de vapor que desafiaban tormentas en el Pacífico y trineos que volaban sobre la nieve. Con cada página, el mundo se hacía más pequeño y la aventura más grande. Los niños aprendieron que no importaba el color de la piel o el idioma que se hablara; todos compartían el mismo planeta hermoso y lleno de secretos.
Julio Verne se convirtió en el Capitán de la Imaginación. En su estudio, rodeado de miles de fichas donde anotaba datos científicos, creó historias que hablaban del futuro. Imaginó máquinas que permitían hablar a distancia, ciudades con rascacielos de cristal y trenes que viajaban por túneles bajo el mar. A veces, se sentía un poco cansado porque su mente nunca descansaba, pero entonces recibía cartas de niños de todo el mundo diciéndole que, gracias a sus libros, querían ser científicos, marineros o astronautas.
En su vejez, Julio volvió a vivir cerca del mar, en una ciudad llamada Amiens. Desde su ventana, seguía mirando el horizonte. Ya no necesitaba escaparse en un barco de verdad, porque tenía miles de barcos de papel navegando por las bibliotecas de todo el mundo. Sabía que su viaje nunca terminaría mientras un niño abriera uno de sus libros y dijera: ¿Y si...?.
Julio Verne nos enseñó que la curiosidad es la brújula más poderosa del mundo. No importa si estamos en nuestra habitación o en el patio de la escuela; con un buen libro y una pizca de fantasía, podemos viajar al centro de la Tierra, caminar sobre la superficie de la Luna o descubrir tesoros en el fondo del mar. Julio cerró los ojos por última vez un día de primavera, pero sus sueños siguen volando, nadando y corriendo por cada rincón del universo. Y así, el niño que quería un collar de coral rojo terminó regalándole al mundo entero el tesoro de la aventura eterna.
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