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Había una vez, en un pequeño pueblo donde las chimeneas siempre soltaban humo con olor a canela, una niña llamada Kassandra. Kassandra no era como los demás niños; mientras otros corrían tras balones o trepaban árboles, ella prefería perderse entre las páginas de los libros. Vivía en una casa antigua con su abuelo, un hombre de barbas blancas que custodiaba una biblioteca tan vasta que parecía no tener fin.
Una tarde de lluvia, mientras el agua repiqueteaba contra los cristales, Kassandra decidió explorar el rincón más profundo del ático. Allí, bajo una manta de polvo y olvido, encontró un libro diferente a todos los demás. No tenía título en el lomo, pero estaba forrado en un terciopelo azul tan intenso que parecía un pedazo de cielo nocturno. Al tocarlo, sintió un calorcito juguetón en las yemas de sus dedos. Con curiosidad, Kassandra abrió el libro y, de repente, una luz dorada y vibrante inundó toda la habitación.
—¡Oh! —exclamó Kassandra, cubriéndose los ojos.
Cuando la luz se atenuó, las páginas del libro estaban vacías de letras, pero llenas de vida. De entre las hojas surgió una pequeña criatura alada, hecha de destellos y suspiros. Era un Hada de los Cuentos. Su voz sonaba como campanillas de cristal.
—Pequeña lectora —dijo el hada—, el Reino de la Imaginación está perdiendo su brillo. La gente ha dejado de soñar despierta y la Niebla del Olvido está devorando nuestras historias. Solo alguien que ame los cuentos de verdad puede devolvernos la luz.

Sin pensarlo dos veces, Kassandra aceptó el desafío. Al rozar la primera página blanca, el mundo a su alrededor se desvaneció. Ya no estaba en el ático, sino en un jardín extraordinario donde las flores tenían pétalos que parecían páginas de seda y los árboles susurraban rimas al viento. Sin embargo, los colores del jardín eran pálidos, como si alguien les hubiera pasado un borrador.
Kassandra caminó por un sendero de tinta plateada hasta llegar a un río de cristal. Allí, un viejo búho con gafas de sol buscaba desesperadamente algo en el agua.
—Se han ido —se lamentaba el búho—. Las palabras finales de todos los cuentos se han hundido y ahora nadie sabe cómo terminan las historias. Sin finales, no hay esperanza, y sin esperanza, la luz se apaga.
Kassandra miró la corriente y vio que, efectivamente, la Niebla del Olvido, una masa gris y pesada, avanzaba desde el horizonte, borrando el paisaje a su paso. Comprendió que no necesitaba buscar palabras perdidas, sino crear nuevas. Se sentó en la orilla, cerró los ojos y recordó todas las historias que su abuelo le había contado. Recordó la valentía de los caballeros, la astucia de los zorros y la bondad de las hadas.
Empezó a narrar en voz alta: —Había una vez una niña que no tenía miedo a la oscuridad, porque sabía que dentro de ella vivían las estrellas...

Con cada palabra que Kassandra pronunciaba, una chispa dorada brotaba de su corazón y se lanzaba hacia el cielo. El río comenzó a brillar de nuevo y las flores del jardín recuperaron sus colores vibrantes: rojos intensos, azules eléctricos y amarillos solares. La Niebla del Olvido retrocedió, asustada por la calidez de la voz de la niña.
El hada apareció de nuevo, girando alegremente alrededor de Kassandra. —¡Lo estás logrando! Tu imaginación es la fuente de toda nuestra energía. ¡Sigue adelante!
Kassandra continuó inventando finales maravillosos. Narró cómo los dragones se convertían en guardianes de nubes y cómo los bosques aprendían a cantar en coro. El Reino de la Imaginación resplandecía ahora con una intensidad nunca antes vista. La luz de los cuentos brillantes era tan fuerte que incluso el ático de su abuelo, allá en el mundo real, se iluminó por completo.
De repente, sintió un suave tirón en su hombro. Al abrir los ojos, Kassandra estaba de vuelta en su casa. El libro de terciopelo azul seguía en su regazo, pero ahora sus páginas ya no estaban vacías. Estaban llenas de ilustraciones hermosas y letras doradas que narraban su propia aventura. El sol se asomaba tras la lluvia y un arcoíris cruzaba el cielo.
Desde aquel día, Kassandra se convirtió en la Guardiana de la Luz. Cada noche, subía al ático no solo para leer, sino para escribir y soñar. El abuelo sonreía al ver el brillo que emanaba de la habitación de su nieta, sabiendo que mientras existiera una niña como ella, las historias nunca morirían y el mundo jamás se quedaría a oscuras. Y así, entre suspiros de papel y sueños de tinta, Kassandra y su luz vivieron felices, iluminando cada rincón del corazón de quienes se atrevían a abrir un libro.
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