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Gratis · elegí una vozKeijie tenía 12 años y era una niña muy buena. Le encantaba leer, ayudar a su abuela en el jardín y jugar con Firulais, el perro de la familia. Luis, su vecino, tenía 10 años, y bueno… Luis era un poco travieso. No es que fuera malo en el fondo, pero le gustaba hacer bromas y a veces, solo a veces, se portaba mal. Firulais, por otro lado, era un buen perro, amable y juguetón. Siempre movía la cola y le encantaba lamer las manos de Keijie y de la abuela. A Luis, Firulais le ladraba un poco, pero no porque no le gustara, sino porque Luis siempre intentaba quitarle su juguete favorito, una pelota roja chillona.
Un día, la abuela de Keijie horneó galletas de chocolate. ¡Eran las mejores galletas del mundo! Keijie y Luis, que misteriosamente siempre aparecía cuando había galletas, estaban sentados en la mesa de la cocina, esperando pacientemente (Keijie) e impacientemente (Luis) a que se enfriaran. La abuela puso un plato lleno de galletas en la mesa y dijo: "¡Ya podéis comer! Pero solo una cada uno, hasta después de la cena."
Keijie cogió una galleta con cuidado y la saboreó lentamente. Luis, en cambio, la engulló en dos bocados. Luego, miró el plato lleno de galletas con ojos golosos. "¡Mmmm, qué ricas!" dijo, con la boca llena de migas. Keijie lo miró con una ceja alzada. "Recuerda lo que dijo la abuela, Luis. Solo una."
Luis suspiró. "Ya lo sé, ya lo sé… pero es que están tan buenas…" De repente, una idea traviesa cruzó por su mente. Esperó a que Keijie se levantara para ir a buscar un vaso de leche, y ¡zas! Cogió una galleta del plato y la escondió en su bolsillo.
Cuando Keijie regresó, Luis actuaba como si nada hubiera pasado. Pero Keijie era muy observadora, y notó una sospechosa mancha de chocolate en su labio. "Luis… ¿te has comido otra galleta?" preguntó Keijie, con tono acusador.
Luis se puso rojo como un tomate. "¡Yo no he hecho nada!" exclamó, intentando sonar inocente. Pero la galleta en su bolsillo lo delató. Firulais, con su agudo olfato, empezó a ladrar y a saltar alrededor de Luis, intentando alcanzar el bolsillo donde estaba escondida la galleta.
"Firulais, ¡no!" gritó Luis, intentando alejar al perro. En la confusión, la galleta salió volando del bolsillo y aterrizó… ¡en la cabeza de Firulais! Firulais, sorprendido pero feliz, se comió la galleta de un bocado.
Keijie no pudo evitar reírse. Luis, por su parte, estaba furioso. "¡Esa era mi galleta!" gritó, señalando a Firulais. "¡Ahora no tengo ninguna!"
Keijie se acercó a Luis y le puso una mano en el hombro. "Luis, no deberías haber robado la galleta. La abuela se enfadará mucho si se da cuenta." Luis bajó la mirada, avergonzado. Sabía que Keijie tenía razón.
"Lo siento," murmuró. "Tenías razón, Keijie. No debería haber robado la galleta."
Keijie sonrió. "Lo importante es que has aprendido la lección. Ven, vamos a decirle a la abuela lo que ha pasado."
Luis y Keijie fueron a buscar a la abuela, con Firulais corriendo detrás de ellos, moviendo la cola. Le contaron toda la historia, desde el principio hasta el final. La abuela escuchó atentamente, con una expresión seria en el rostro.
Cuando terminaron, la abuela suspiró. "Luis, estoy decepcionada contigo," dijo. "No está bien tomar cosas que no te pertenecen. Pero me alegra que hayas reconocido tu error."
Luego, sonrió. "Y como ambos habéis sido sinceros, os daré una galleta más a cada uno… pero solo después de la cena, ¿entendido?"
Keijie y Luis asintieron con entusiasmo. Esa noche, después de la cena, disfrutaron de sus galletas de chocolate, sabiendo que la honestidad siempre es la mejor política. Y Firulais, aunque no recibió otra galleta, se contentó con lamer las migas que habían caído al suelo, feliz de estar rodeado de sus amigos.
Desde ese día, Luis intentó ser un poco menos travieso, y aprendió que es mucho mejor pedir permiso que tomar algo a escondidas. Y Keijie, bueno, Keijie siguió siendo la misma niña buena de siempre, siempre dispuesta a ayudar a los demás y a perdonar a sus amigos. Y Firulais, por supuesto, siguió siendo el mejor perro del mundo, siempre amable, juguetón y dispuesto a comerse cualquier galleta que cayera del cielo.
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