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Gratis · elegí una vozKeiryn y Mariana eran las mejores amigas del mundo. Vivían en una casita color turquesa cerca de la playa, donde las palmeras se balanceaban al ritmo del viento. Cada día, después de la escuela, corrían a la arena cálida para jugar. A Keiryn le encantaba construir castillos de arena, mientras que Mariana prefería recolectar conchas marinas de todos los colores y tamaños. Un día, mientras exploraban una pequeña cala escondida detrás de un grupo de rocas, Mariana gritó: "¡Keiryn, mira!"
En una poza de agua cristalina, rodeada de algas y pequeñas anémonas, nadaban dos caballitos de mar. Uno era de un color naranja brillante y el otro, de un verde esmeralda. Keiryn y Mariana se quedaron maravilladas observándolos. De repente, una sombra enorme cubrió la poza. Las niñas levantaron la vista, asustadas. Lo que vieron las dejó sin aliento: ¡era un megalodón!
Pero este megalodón no era como los que habían visto en los libros. No tenía dientes afilados ni una mirada amenazante. En lugar de eso, tenía ojos grandes y amables, y una sonrisa que parecía invitar a jugar. El megalodón, que parecía enorme comparado con las niñas, se acercó lentamente. "Hola", dijo con una voz suave y retumbante que hacía vibrar la arena. "Me llamo Meg".
Keiryn y Mariana se miraron, asombradas. "Hola, Meg", respondió Keiryn, un poco nerviosa. "Yo soy Keiryn, y ella es Mariana".
"¿Qué hacen por aquí?", preguntó Meg, curioso.
"Estábamos viendo los caballitos de mar", dijo Mariana, señalando la poza.
Meg se asomó a la poza y sonrió. "Son muy bonitos. Yo los cuido. Esta cala es mi hogar".
Keiryn y Mariana pasaron toda la tarde jugando con Meg. Les contó historias de las profundidades del océano, de los peces que brillan en la oscuridad y de los corales de colores. Les explicó que no todos los megalodones eran malos, que él prefería comer algas y plancton a los peces. Las niñas le contaron sobre la escuela, sus amigos y sus sueños.
Cuando el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo de naranja y rosa, Meg dijo: "Tengo que irme. La noche es mi momento de explorar el océano".
Keiryn y Mariana se despidieron de Meg, prometiendo volver al día siguiente. Mientras caminaban de regreso a casa, comentaban emocionadas su nueva amistad. "¿Te imaginas tener un amigo megalodón?", exclamó Mariana. "¡Es increíble!", respondió Keiryn.
Al día siguiente, volvieron a la cala. Meg las estaba esperando, nadando alegremente en la poza. Les enseñó a bucear y a reconocer diferentes tipos de algas. Jugaron a las escondidas entre las rocas y cantaron canciones debajo del agua.
Pero un día, cuando llegaron a la cala, Meg no estaba. Keiryn y Mariana lo buscaron por todas partes, pero no lo encontraron. Estaban muy preocupadas. De repente, escucharon un ruido proveniente de una cueva cercana. Entraron con cuidado y lo que vieron las dejó heladas: Meg estaba atrapado entre unas rocas enormes.
"¡Ayúdenme!", gritó Meg, con voz débil. "Una tormenta movió estas rocas y me han atrapado".
Keiryn y Mariana sabían que tenían que hacer algo rápido. Corrieron a la playa y buscaron a los pescadores del pueblo. Les contaron lo que había pasado, pero los pescadores no les creyeron. "¿Un megalodón amigable? ¡Eso es imposible!", dijeron.
Pero Keiryn y Mariana no se rindieron. Sabían que tenían que salvar a su amigo. Pensaron y pensaron, hasta que a Keiryn se le ocurrió una idea. Recordó que su abuelo, que era ingeniero, tenía una máquina para mover rocas pesadas. Corrieron a casa de su abuelo y le contaron todo.
El abuelo de Keiryn, aunque al principio se mostró escéptico, confió en sus nietas y accedió a ayudarlas. Juntos, llevaron la máquina a la cala y comenzaron a mover las rocas. Después de mucho esfuerzo, lograron liberar a Meg.
Meg estaba muy agradecido. "¡Gracias, Keiryn, Mariana, y abuelo! Me han salvado la vida", dijo con una sonrisa.
Los pescadores del pueblo, que habían estado observando desde lejos, se quedaron asombrados al ver al megalodón amigable. Se dieron cuenta de que se habían equivocado y aprendieron que no se debe juzgar a nadie por su apariencia. A partir de ese día, Meg se convirtió en el protector de la playa, cuidando de los caballitos de mar y jugando con Keiryn y Mariana, quienes demostraron que la amistad puede superar cualquier obstáculo, incluso la leyenda de un temible megalodón.
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